Jesucristo hoy, según el padre Alfonso Llano

Jesucristo hoy, según el padre Alfonso Llano

El jesuita Alfonso Llanos cumplió 90 años de vida y 59 en la Compañía de Jesús.

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11 de diciembre 2015 , 08:51 p.m.

“Oh, Espíritu Santo. Amor del Padre y del Hijo. Inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar...”. Su voz reflexiva, firme y piadosa la escuchan sus discípulos con convicción profunda de estar frente a uno de sus mejores maestros espirituales: el padre Alfonso Llano, sacerdote jesuita que lleva 12 años dictando los talleres que motivan a conocer mejor a Jesús y seguir sus pasos, y está cumpliendo 59 años de ordenarse sacerdote, en la Compañía de Jesús, y tiene 75 años de jesuita.

Abogados, médicos, ingenieros de sistemas, civiles, economistas, periodistas y sicólogos se han congregado en los salones de la comunidad jesuita para escuchar la enseñanzas del padre Llano, ese sacerdote que usted leyó en las páginas de este periódico, en su columna ‘Un alto en el camino’. O puede haber leído alguno de sus 20 libros, cuyas posturas religiosas han causado controversia.

El padre Llano narra en Confesión de fe católica cómo en sus funciones de acólito y un día, en la celebración del día del Sagrado Corazón de Jesús, 9 de junio de 1938, estaba cerca del comulgatorio, en el altar mayor de la iglesia de San Ignacio de Loyola, cuando, mientras encendía las velas del lampadario, escuchó una voz que le decía: “Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas”.

Con solo 12 años, ese día decidió que tenía que seguir a Jesús. Don Alejandro y doña María, sus padres, devotos y creyentes de la Iglesia católica, no pudieron hacer nada ante la decisión de su hijo, quien viajó de Medellín al colegio-seminario Nazaret en Albán, Cundinamarca, en enero de 1939, con el fin de ingresar al noviciado de la Compañía de Jesús, ubicado en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá. La madre trató de persuadirlo para que siguiera en el seminario Diocesano de Medellín, pero él le respondió: “Mamá, jesuita o nada”.

“Para Jesús, la obediencia a su Padre fue esencial en toda su vida. Todo su obrar, de la niñez a la cruz, la somete con total autonomía, a la voluntad de su Padre. La primacía de conciencia nace de anteponer la voluntad de su Padre a todas las instancias creadas, así sean sus padres: María y José”, explica.

El padre Llano era el hijo predilecto de doña María y don Alejandro. Sus hermanos, Julio, Gabriel, Mariela, Óscar y Luz Helena, conformaban la familia Llano Escobar. Hoy sobreviven el mayor, Gabriel, próximo a cumplir 94 años, y su hermana menor, Luz Helena.

Ante la decisión, irrebatible, su padre optó por darle un viaje en barco. “Entonces, mi padre me sugiere que escriba lo acontecido en el viaje. Escribí unas líneas; luego de leerlas, me dijo que no servía para escritor”, dice.

Su decisión fue un acto de tanta convicción que hoy afirma: “Lo seguí con una generosidad y alegría... Yo no vacilé en dejar a mi madre y mi padre. Hice los votos perpetuos para ingresar a la Compañía de Jesús en Santa Rosa de Viterbo, y al poco tiempo mi padre murió, el 4 de septiembre de 1943. Estoy seguro de que enfermó del corazón luego de ver que su hijo predilecto se separara de la familia”.

Décadas más tarde, en 1969, “estaba yo en Alemania adelantando estudios de teología, cuando recibí la llamada de un hermano que me informaba que mi madre estaba grave, y regresé al país el 21 de noviembre”. Lo narra en Confesión de fe crítica: “Nada, quizá, como la muerte del ser humano impacta tan profundamente mi mortal existencia... La de mi madre, el 23 de diciembre de 1969, me sorprendió ya adulto, aunque niño de corazón”.

Le pregunto si en esos momentos la fe sucumbe. “La fe no me ha faltado un día. Siempre sin fallar, desde 1938 hasta hoy, le he sido fiel a mi Señor”.

Aun cuando sospecho la respuesta, le pido que me cuente si tuvo novia. “Ni pensar en novia. Desde que tuve libertad, lo único que pensé fue en seguir a Jesucristo”.

Ser sacerdote

En Confesión de fe crítica, el padre Llano afirma: “Ser sacerdote es ser testigo de Dios en este mundo, es decirles a todos los hombres y mujeres que uno se encuentra en el sendero de la vida, no con palabras, sino con hechos, que existe Dios, que está presente entre nosotros y que se llama Jesús”.

Regreso a las aulas donde el padre Llano dicta la cátedra Jesucristo Hoy. Me he inscrito en el taller del horario de la mañana. Hay aproximadamente 30 discípulos, y en la tarde un grupo similar. El misticismo, la laboriosidad, la disciplina y la alegría con que él imparte sus enseñanzas son las razones que me motivaron a rendirle un homenaje, al cumplir 59 años de ordenarse como sacerdote de la Compañía de Jesús.

El padre Llano, el próximo año, reducirá sus talleres a una clase magistral sobre un tema determinado de interés para la Iglesia, la religión, Jesucristo.

En la Biblia leemos, en el evangelio de San Juan 7, 16- 21: “Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió”. Según el padre Llano, “si uno está dispuesto a cumplir la voluntad de Aquel, podrá distinguir si mi enseñanza procede de Dios o me la invento yo”.

Sus viajes por el mundo

Además de sus viajes de formación, el padre Llano ha recorrido los lugares que le recuerdan a Jesucristo y su paso por este mundo, cada vez más convulsionado, con creyentes o no creyentes.

Cuando le pregunto qué opina de los agnósticos, responde: “Ellos son ahora una moda que se ha impuesto en España”.

Me recuerda su viaje a Rusia, luego de que observo una pintura en su oficina. “Ese es de Rembrandt, padre”, le comento. Y él agrega: “Es El retorno del hijo pródigo. Fui a conocer el verdadero, que está expuesto en San Petersburgo, en el Museo del Hermitage. Fui hace 3 años. Esa imagen fue pintada por el holandés en el siglo XVII, inspirado en la parábola. En la pintura de Rembrandt, el simbolismo de la mano derecha, que es más pequeña que la izquierda, significa una invitación a acariciar, a mimar, a consolar. Es la mano de la madre. Y la otra, la mano izquierda, con falanges más gruesas y grandes, más ancha, representa la mano del Padre Eterno, que acoge, perdona y ama. Son las manos de la madre y el Padre, en gesto de bendición y sanación”.

Evoco ahora el 21 de agosto, cuando el padre Llano cumplió sus 90 años.

Los Llano Escobar (1932): atrás, doña María, Alfonso, don Alejandro y Gabriel. Adelante: Julio, Mariela, Luz Helena y Óscar. Archivo particular

Sus discípulos del taller de la mañana compartimos un almuerzo para celebrarle su cumpleaños; luego se lo festejarían su familia, en Medellín, y sus compañeros de pastoreo de la Compañía de Jesús, y sus alumnos del taller de la tarde.

Cómo no exaltar a este sacerdote que ha compartido su conocimiento, su espiritualidad, su comprensión de Jesucristo, Dios y Espíritu Santo, para convertir a sus seguidores en hombres de fe. Cuántos hijos pródigos ha consolado, escuchado, aconsejado, perdonado, ayudado y reconciliado, en 59 años de sacerdocio, 75 años de jesuita y 50 años de escritor.

Dos lecturas

El padre Llano, en su libro Confesiones de fe, cuenta cómo dos lecturas influyeron en su llamamiento a la vida y sacerdocio en la Compañía de Jesús. “La primera fue el libro Hacia un ideal, origen de muchas vocaciones a seguir los ideales ignacianos. La segunda fue la revista-anuario Nazaret, del seminario menor. Estas dos lecturas despertaron en mí un deseo muy intenso de hacerme jesuita”.

Era un domingo de Pascua. En la misa oficiada por el obispo jesuita Angel María Ocampo sería consagrado jesuita el padre Llano, luego de hacer sus votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia perpetua a la Compañía de Jesús, en la iglesia de Santa Rosa de Viterbo. Las palabras del obispo Ocampo fueron definitivas: “Eres sacerdote para siempre”. El 3 de diciembre de 1956, el padre Llano fue ordenado en la iglesia de San Ignacio, en Bogotá.

Padre, dígame en una frase qué significa Jesucristo para usted. Me responde con expresión vivaz: “Jesucristo es la persona que le da sentido a mi vida. Me ha hecho libre, feliz; por el cual he estudiado, trabajado. Me gusta conocer a Jesucristo para darlo a conocer, predicar de Él”.

Sigo con mis preguntas: “Padre, ¿el celibato debe mantenerse?”. Sin reparo y con serenidad, responde: “Espero que esto se modifique y se les dé la oportunidad a los sacerdotes católicos de casarse. Así fue en los primeros 10 siglos, pero después vino la intervención del Papa, en el siglo XI”.

Como mi memoria sí falla, olvido que el padre tiene afán, y le pregunto: “¿A la mujer debe permitírsele ser sacerdote en la Iglesia católica?”. Ya en tono más severo, me responde: “Ese es un problema delicado, es cuestión disciplinaria. En el tiempo de San Pablo hubo muchas mujeres con cargos en la Iglesia. Jesús trató con mucha deferencia a la mujer. Es un problema que debe tratar la Iglesia en un sínodo, pero no creo que se dé en este siglo”.

Padre, ¿conoció a la madre Laura? “Personalmente, no la conocí, pero fueron maravillosas sus obras. Conocí a la madre Teresa de Calcuta en un viaje que hice a la India. Una mujer muy humilde, hablé con ella de unas cosas muy concretas. Una mujer muy auténtica, tenía una manera de pensar muy libre y profunda”.

Hubiese querido hablar con más personas acerca del padre Llano, pero finalmente encontré las que Dios me puso en el camino de búsqueda.

El padre rector de la Universidad Javeriana, Jorge Humberto Peláez, lo recuerda como su profesor de Ética en el año 1968.

“Yo fui quien lo reemplazó como decano del Medio Universitario de la Facultad de Medicina, y luego en la de Bioética”.

Le pregunto cómo define al padre Llano, y me responde: “Es un jesuita coherente con su vocación, que le ha dedicado toda su vida al apostolado intelectualmente. Ha prestado un excelente servicio”. Y le reconoce “su espíritu sacerdotal, su deseo de servir a los demás”.

Martha Lucía Sabogal, su secretaria por casi 30 años, admira su vocación sacerdotal. “Es un hombre de mucha fe, muy humano”.

Y sus otros amigos y compañeros de viajes imprescindibles, los teólogos jesuitas y biblistas católicos, que han contribuido al engrandecimiento de su fe, como Karl Rahner, Pierre Teilhard de Chardin, José Ramón Busto, José Ignacio González.

Y los teólogos dominicos Edward Schillebeeckx. Christian Duquoc, Jesús Espeja, y del clero diocesano, Andrés Torres Queiruga, Hans Kung, Karl Josef Kuschel y Pagoda.

Le pregunto al padre Llano cuál ha sido su mayor acto de fe. “Creer en Jesucristo desde el año 1938 hasta hoy y seguirlo”, responde.

Retomo sus palabras escritas en Confesión de fe: “Esta es mi dicha: haber vivido más de 70 años con Él y haber sido escogido para predicar el Evangelio. Mi fe en Jesucristo ha sido la respuesta ardiente y continua a ese llamamiento y a ese amor infinito. Puedo decir humildemente como San Pablo: ‘¿Vivo yo? No. Es Jesús que vive en mí’ ”.

ROCÍO ROMERO CAMPOS*

Especial para EL TIEMPO
* Miembro de ICOM (Organización Cristiana Internacional de los Medios), con sede en Ginebra, Suiza.

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