Texto 2

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11 de diciembre 2015 , 09:57 a.m.

¿Qué misterios y placeres ostenta este lugar, catalogado como el Machu Picchu de Colombia y un destino que la mayoría de los colombianos no conoce? Muchos. Y los ha ido revelando ante viajeros que atraviesan el mundo para caminar varios días en una exigente travesía. De todo el mundo. Muy escasos los colombianos: apenas uno de cada diez.

Poco a poco, los viajeros van descubriendo los tesoros que regala con generosidad: la vida pura que palpita en la Sierra Nevada de Santa Marta, santuario de la naturaleza único en el mundo que nace en el mar Caribe y se corona en la nieve, a 5.775 metros de altura; ríos cristalinos y de aguas frescas y poderosas, pájaros de plumajes espléndidos –hay documentadas más de 500 especies– y bosques frondosos, como de cuentos de hadas.

Las cascadas que se escurren de las montañas y soplan brisa fresca; las lagartijas y tal vez un jaguar. Esa sabiduría humilde de nuestros hermanos mayores, los indígenas de las cuatro etnias de la Sierra. Un viaje que se convierte en un desafío personal y en un sueño cumplido. Una ciudad de piedra que brota como un milagro en medio de la selva.

Es todo eso y también un reflejo de la historia y de los horrores del conflicto armado colombiano. Un lugar donde sus pobladores decidieron perdonarse y pasar la página de un pasado aún doloroso para empezar una nueva vida con una esperanza colectiva: el turismo. Un lugar donde ya ocurrió la paz.

Esta es la postal más emblemática de Ciudad Perdida. Pero en la zona se calcula que hay unos 500 poblados de similar arquitectura. Foto: Ana María García/ EL TIEMPO

Pero no será fácil llegar a Ciudad Perdida. Sudarás a chorros, como un bloque de hielo que se derrite. Te picarán los mosquitos así te bañes en repelente y te saldrán ronchas en la piel. Caminarás entre cuatro y seis días en la agreste selva y una humedad hirviente del 85 por ciento convertirá tu cuerpo en un horno. Respirarás con dificultad. Sentirás que las piernas te tiemblan mientras arañas cuestas empinadísimas hasta de un kilómetro.

Bueno, pasarás todas esas penurias a menos que seas un caminante experto y goces de un muy buen estado físico. Los más flojos, como yo, dejamos el pellejo en el camino.

Pero no sufrirás. La Sierra te exige, pero te recompensa. Te reta y te renueva. El sacrificio se convertirá en gozo.

***

Salimos de Santa Marta con Wilson Álvarez, guia de Expotur, una agencia de viajes que goza de prestigio en las guías viajeras del mundo. Nos lleva Marcos Aguiar, conocido como Yoto, un hombre que les ha pagado la universidad a sus tres hijos gracias a su trabajo como conductor de la agencia de viajes.

Wilson, samario de 31 años que hasta hace seis se ganaba la vida como mototaxista, será nuestro guía, nuestro amigo, será el bastón y la mano que evite la caída.

Tras dos horas de recorrido en carro, en la vía que de Santa Marta conduce a La Guajira, en la Troncal del Caribe, arribamos a la vereda El Mamey, conocida como Machete Pelao, en el corregimiento de Guachaca. Es el punto de partida y allí nos recibe Neila Montero en su restaurante con una suculenta mojarra frita servida con patacones.
Nos espera Luz Zenith Cañas, gerente de Corpoteyuna, entidad que agrupa a las organizaciones que intervienen en el Comité Trekking: indígenas, campesinos, agencias de viajes y las instancias del Gobierno.

En el camino, los viajeros pueden contemplar las viviendas de los indígenas de la Sierra. Los niños están pendientes para pedir dulces.

Luz Zenith recuerda la historia reciente, esa en la que la Sierra era dominada por los paramilitares y sus cultivos de coca. Hace treinta años, más o menos. Mucha sangre corrió por este territorio sagrado.

Pero a partir del 2005, con la erradicación de cultivos ilícitos y la desmovilización de los paramilitares –sigue Luz Zenith– la tranquilidad volvió a la región, que es la cara norte y suroeste de la Sierra Nevada de Santa Marta, parque nacional natural de 17.000 kilómetros de extensión que arropa a tres departamentos: Magdalena, La Guajira y Cesar.

“La gente que vivía de cultivar coca tuvo que buscar una nueva forma de ganarse la vida. Y el turismo fue la mejor opción”, dice la mujer y cuenta que aquí se desarrolla el proyecto del Gobierno ‘Turismo, paz y convivencia’.

Víctimas y victimarios trabajan en los servicios turísticos: como guías, arriando las mulas que cargan las maletas, en los alojamientos. Unidos y sin rencores. Aquí ya ocurrió la paz.

Hernán Berrío, presidente de Asojuntar –asociación que integra cinco veredas–, cuenta que son mil familias campesinas las que viven del turismo.

Son las dos de la tarde y arrancamos. Nos esperan ocho kilómetros de recorrido. Ocho de 24, que aunque no parezcan muchos, se hacen complicados por la geografía de la Sierra: ascensos empinadísimos y bajadas como desfiladeros. Wilson muestra un mapa y lo que se ve es una aterradora serpiente que comienza en los 140 metros y llega a los 1.200 metros de altura, allá en las ruinas de Ciudad Perdida.

El río Buritaca acompaña gran parte del camino. Baja de los picos nevados y sus aguas frías refrescan a los viajeros tras sus caminatas.

Empieza el ascenso por la trocha filosa. La temperatura supera los 30 grados y la humedad nos pone a sudar. El sol pega en la espalda y rogamos a los dioses de la Sierra por algún alivio. Y ocurre un primer milagro: una cañada de agua fresca donde metemos la cabeza.

Más arriba, sobre una piedra, un joven vende agua y refrescos fríos que son la pura gloria. Y así, cuando sientas morirte, te darán el trozo de una patilla roja y jugosa, una rodaja de piña o una naranja madura partida a la mitad.

Aparecerá el río Buritaca y guiará el camino como un manso perro guardián. Hay tres ríos (los otros dos son Don Diego y Guachaca), pero es el Buritaca, con sus aguas briosas pintadas de verde esmeralda, el que correrá a nuestro lado y tendremos que atravesar con los zapatos en las manos.

Avanzamos y Wilson hace un breve resumen de Ciudad Perdida: que fue construida entre los siglos VII y VIII por los taironas y que llegó a ser el hogar de 1.800 personas. Que los españoles no alcanzaron a llegar –por fortuna– porque el clima y los filos de la Sierra les dieron muy duro. Se calcula que en el año 1650 los taironas la abandonaron y se desplazaron hacia la zona norte. Desde entonces, la selva se la tragó y estuvo abandonada más de 400 años.

La historia recuerda que a la Sierra empezaron a llegar desplazados de la violencia después de la década de los 50 del siglo pasado. Y detrás de ellos llegaron los guaqueros al enterarse de que en estas tierras había oro y cuarzos. Arrasaron con todo, rompieron las tumbas, las cerámicas y otros lugares sagrados para extraer esas joyas. Muchos se hicieron millonarios. El saqueo fue criminal.

Y fueron precisamente los guaqueros, tres hermanos de apellido Sepúlveda, los que la encontraron, en 1973, tras descubrir unas escaleras de piedra. Y así se empezó a regar el cuento del tesoro revelado, y tres años más tarde llegarían los arqueólogos del Gobierno y se anunciaría al mundo que Colombia era dueña de un inmenso tesoro arqueológico. Los koguis volvieron a reclamar este reino heredado por sus ancestros. Y desde entonces es un parque protegido por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh).

El alojamiento es en campamentos rústicos, pero muy bien dotados, como este, donde hay que compartir el mismo espacio con otros viajeros. Foto: Ana María García/ EL TIEMPO

Son las 6 de la tarde y tras una caminata de cuatro horas llegamos al primer campamento. Llegamos de últimos, detrás de 30 extranjeros, cuyas edades van de los 20 a los 60 años; guerreros del camino que trepan la montaña sin mucho esfuerzo, con esos morrales gigantes sobre sus espaldas. Se refrescan en las aguas frías del río Buritaca, que baja de los picos nevados. Qué vergüenza. A nosotros nos llevan el equipaje sobre el lomo de una mula.

Aquí dormiremos. Las camas, pegadas la una de la otra, parecen una colmena de abejas. Tienen buenos colchones, sábanas y almohadas limpias, cubiertas por toldillos para que no se entren los mosquitos. Algunos duermen en hamacas. Las otras dos noches las pasaremos en campamentos similares. Aquí no hay hoteles. No entra la señal de internet ni de celular. Y la energía eléctrica es escasa y a veces no hay. Pero nadie se queja de incomodidad.

Cenamos. Los viajeros, de distintas nacionalidades, armamos una amena tertulia, nos reímos, empezamos a hacernos amigos. El cielo es un lienzo de estrellas. Pero es hora de dormir. Y dormimos arrullados por un concierto de chicharras, de chillidos y cantos de aves nocturnas, de todas esas criaturas fantásticas de la selva. La energía sobrecogedora de la Sierra nos hace sentir dichosos y privilegiados.

El sueño cumplido

Segundo día. La idea es salir lo más temprano posible, máximo a las 7 de la mañana, para que el sol no pegue tan duro. Más tarde no tendrá misericordia. Tras un ascenso de dos horas llegamos a la que viene siendo la mitad del camino, la Mata de Café. Wilson muestra las ruinas de lo que era un cementerio indígena. Profanado y saqueado. Los taironas –dice Wilson– pensaban que después de la muerte el espíritu seguía de viaje y por eso a los muertos los enterraban con sus pertenencias, con tesoros.

Encontramos un pequeño poblado indígena de los koguis llamado Mutanyi, de 20 bohíos levantados en barro, madera y palma de tagua. Los niños se acercan a los caminantes, estiran la mano y pronuncian una de las pocas palabras que saben en español: dulce. Piden mecato.

En varios tramos de la excursión es necesario quitarse los zapatos para atravesar el río. Foto: Ana María García/ EL TIEMPO

De los descendientes de los taironas, sigue Wilson, los koguis son los que más habitan en este lado de la Sierra. Le siguen los wiwas, aunque en menor medida. Los arhuacos y kankuamos están por los lados del Cesar.

Cae la tarde y llegamos al segundo campamento. Los viajeros ya somos amigos y nos refrescamos en el río, cenamos, volvemos a reír. Estamos a un kilómetro de Ciudad Perdida.

Tercer día. Salimos temprano por un sendero bañado por el río. Caminamos una hora en un terreno ondulado, no tan exigente como otros, hasta que llegamos al principio el fin: un aviso informa que ya estamos en Ciudad Perdida. Nos recibe una escalera infinita que bien podría ser el camino al cielo. Son 1.200 escalones de piedra con poco espacio entre el uno y el otro. No mires hacia arriba. De hecho, no es recomendable hacerlo en estas subidas tan tenaces.

Puede ser muy desalentador. Cuando creas que ya vas a llegar, te darás cuenta de que todavía no vas a llegar. Mejor concéntrate en tus pasos y aférrate a tu propio camino.

Así, cuando menos lo esperes, sabrás que estás cerca. Se escuchan voces de algunos viajeros. Casi arrastrándonos, con los últimos alientos, llegamos. Nos reciben con un aplauso y un abrazo. Y dan ganas de llorar. Lloramos.

Hay que tomarse un buen rato para disfrutar el momento de gloria. El júbilo por el reto personal y el sueño cumplido.

Y para contemplar los caminos de piedra que conducen hacia las terrazas circulares que caracterizan la arquitectura tairona. En la parte más alta, donde hay una base del Ejército, una bandera de Colombia ondea con el viento. Y ahí está la terraza principal, esa que aparece cuando se escribe Ciudad Perdida en Google, custodiada por palmas de tagua de más de cien metros de altura, de las que cuelgan flores y nidos de pájaros, como la oropéndola.

Este es el comienzo del fin de la travesía hacia Ciudad Perdida. Para llegar a las primeras terrazas hay que subir 1.200 empinadas escaleras. Foto: Ana María García/ EL TIEMPO

Allí encontramos a Santiago Giraldo, doctor en antropología, arqueólogo y uno de los colombianos que más han estudiado a Ciudad Perdida. Trabajó durante ocho años en el Icanh y lleva otros seis como director para América Latina de la organización Global Heritage Fund, que junto con el Icanh desarrolla actividades de conservación y proyectos comunitarios. Mira a su alrededor y dice que todo este paraíso es su oficina.

Cuenta que este es apenas uno de cerca de 500 poblados que se calculan en las caras norte y oeste de la Sierra. Documentados hay 300.

¿Qué era este lugar? Un pueblo indígena donde la gente hacía lo mismo que en cualquier otro pueblo, dice Santiago. No se sabe si era el más importante y sagrado, pero sí se ha establecido que se hacían rituales, fiestas y eventos políticos. Y estas terrazas, dice, sí son la muestra más espectacular y elaborada de su arquitectura.

Según las cuentas del parque –añade Santiago–, en el 2014 fueron diez mil los turistas que hicieron la caminata hacia Ciudad Perdida, también conocida como Teyuna o Buritaca 200. De estos, apenas el diez por ciento son colombianos.
¿Por qué tan pocos viajeros nacionales en este paraíso nacional? Porque muchos no saben que existe, dice Santiago.

Y porque los colombianos tienen otro concepto de las vacaciones, les huyen a las incomodidades y no están acostumbrados a expediciones tan exigentes como estas. Además –opina– la guerra nos prohibió viajar por nuestro país durante décadas.

Otra panorámica de Ciudad Perdida. Al fondo hay una base del Ejército donde ondea una bandera de Colombia. Foto: Ana María García/ EL TIEMPO

No sabemos de lo que nos estamos perdiendo, de un paraíso múltiple: sagrado, arqueológico y biodiverso. De la Sierra, proclamada en 1979 por la Unesco como Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad. De un destino que es, en un mismo lugar, un parque nacional natural y un parque arqueológico. En las guías de viajes se habla de todo eso y por esa razón el trekking de Ciudad Perdida es considerado uno de los mejores del mundo.

Pero el turismo masivo no le interesa al parque –sigue Santiago–. Mientras menos gente, más se puede conservar. No quieren un turismo invasivo como el de Machu Picchu, a donde cada día ingresan más de 3.000 personas.

Y se escuchan comentarios de los viajeros, que también son peregrinos, pues la Sierra sabe decirles que hay que caminar con un propósito: por una promesa, por un sueño, por liberarse de las cadenas.

“Este lugar es mágico. Te da libertad y energía”, dice la española Esther Hernández. “No se arrepentirán de nada. Aquí nos veremos de nuevo”, dice el holandés Sander Mouw.

Caminamos y llegamos a la casa de Rumaldo Lozano. Es el mamo de Teyuna. “Los mayores lo que decían es que este sitio era el corazón del mundo. Un sitio para la protección de las personas, los animales, los árboles, el agua”, dice con un español a medias mientras mastica una bola verde de hoja de coca. Mascar coca (mambear) es una tradición vital para los indígenas de la Sierra.

El mamo Rumaldo Lozano cuenta que Ciudad Perdida era para sus ancestros el corazón del mundo, un lugar para la protección. Foto: Ana María García/ EL TIEMPO

Él cree que nunca debieron arrancar de la tierra el oro y los cuarzos que terminaron en las manos de los guaqueros y en los cofres de cristal de los museos. Porque esas joyas, enterradas en la selva, tenían su función: el equilibrio del planeta. Por eso, dice, las consecuencias del cambio climático y los desastres naturales. Por eso teme que algún día los hombres y los animales terminen matándose por el agua del río.

En sus ceremonias, los hermanos mayores de la Sierra –como ellos se consideran– les piden a sus dioses que eso no suceda nunca y que la Madre Tierra sea misericordiosa. Nos despedimos con gratitud del mamo Rumaldo.
Y ahora nos enfrentamos a un nuevo reto. Tenemos que devolvernos. Hay que recoger los pasos y eso no exigirá menos sudor. Hay que enfrentarse con gallardía a ese mapa de la Sierra que parece una aterradora serpiente. Pero el regreso no será menos glorioso.

Es fácil encontrarse en Ciudad Perdida.

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