Un tesoro oculto en el corredor del 'Bronx'

Un tesoro oculto en el corredor del 'Bronx'

En el centro de Bogotá, funciona un jardín infantil, paraíso para la niñez del sector.

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11 de diciembre 2015 , 07:42 a. m.

En la carrera 16 con calle 16, corredor de la ‘Calle del Bronx’ en el centro de Bogotá, existe una calle macondiana. Y lo es no solo porque las fachadas lúgubres de la zona alojen las enormes mariposas que Gabo inmortalizó en ‘Cien años de Soledad’, sino porque justo allí, en medio de un deprimido sector dominado por el hampa hay un lugar que contradice todo síntoma de peligro: en esa calle se encuentra el Centro de Desarrollo Infantil (CDI) de la Fundación Social Crecer.

Se trata de un edificio de cuatro pisos con una puerta grande que anuncia el paso a otra dimensión. Una de cuyo interior emergen risotadas infantiles que chocan con el ambiente hostil de la calle. Es como dicen algunos, un oasis en medio de la nada, una perla en medio del fango.

Las carcajadas son las de 224 niños entre los 12 meses y los cinco años de edad que se benefician de ese espacio de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Son hijos de prostitutas, habitantes de calle, consumidores y expendedores de droga, reclusos o familias afro e indígenas desplazadas. “Aquí están esas infancias invisibles que muchos desconocen”, suelta Esperanza Arévalo, directora del CDI.

El lugar fue creado en el 2008 por la Fundación Social Crecer, una organización sin ánimo de lucro que desde hacía 8 años venía capacitando a hombres y mujeres que ejercían la prostitución para que encontraran nuevas y mejores alternativas de ingresos. Fueron ellos quienes pidieron tener un espacio seguro para que sus hijos crecieran, e incluso, propusieron usar un edificio desocupado que otrora, cuentan, fue un hotel.

Y fueron escuchados. Al poco tiempo, la fundación inició gestiones y tomó aquel edificio en comodato para montar un hogar comunitario. Más tarde, en 2013 se constituyó como Centro de Desarrollo Infantil gracias a un convenio con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, el Fondo Acción y la Fundación Cinde Colombia, entidades que anualmente invierten más de 600 millones de pesos en la operación del jardín y han convertido ese edificio en un palacio para esos niños.

Hoy el CDI es un referente para la comunidad vecina que lo ve como un territorio de paz. Por eso, hace seis meses, los propietarios de los negocios y casas de esa cuadra se unieron y pintaron las fachadas y dibujaron enormes, las mariposas de Gabo como una muestra de que algo bueno está pasando en esa calle.

Los niños emberas conforman el 21% de la población infantil del jardín. Claudia Rubio / EL TIEMPO

Recorrer el jardín infantil por dentro hace que el visitante se olvide que está en una construcción enclavada en uno de los sectores más peligrosos de Bogotá. Son 20 salones repartidos entre una ludoteca, un salón de estimulación, una biblioteca, una piscina de pelotas, una huerta y un comedor, entre otros espacios. De hecho, a falta de zonas verdes y parques en el sector, Fondo Acción les financió un parque bajo techo al que llaman el ‘Bosque Mágico’.

“Había una vez una niña muy bonita que se fue al bosque a visitar a su abuelita…”, declama Samuel en uno de los rincones del parque. Tiene 4 años y dice que lo que más le gusta del jardín es que puede contar sus historias. Y parece nacido para ello: a su corta edad sabe varios relatos, entona correctamente, hace gestos, hipnotiza a su público.

“Muchos de los niños que llegan a este lugar tienen problemas de desnutrición, retardo psicomotor, problemas de hiperactividad y de agresividad…pero también son niños con carencias de afecto y de estimulación temprana. Por eso, realizamos muchos talleres con los padres de pautas de crianza para que ellos generen ambientes seguros y protectores en sus hogares y le den continuidad al trabajo que hacemos aquí durante el día”, señala Arévalo.

A falta de zonas verdes en el sector, el Fondo Acción donó ‘El Bosque Mágico’, un parque bajo techo lleno de juegos para los niños. Claudia Rubio / EL TIEMPO

El paso por este jardín ha transformado la vida de muchos infantes. En sus siete años de operación han egresado 320 niños, la mayoría de los cuales han ido a la escuela gracias al acompañamiento y al seguimiento que realiza el CDI de cada caso. “Les buscamos cupo en los colegios para que nuestro esfuerzo no se pierda. Hoy tenemos niños que están ocupando los primeros lugares de su clase”, cuenta la directora.

Un pedazo de tierra embera

Desde el 2010, el CDI también empezó a vincular población embera que ha llegado desplazada del Pacífico colombiano. Hoy atienden a 30 niños de esta etnia en espacios compartidos con niños mestizos y afros pero con actividades adaptadas a su cosmovisión.

Para ello, no solo adecuaron espacios en los salones que asemejan estructuras propias de sus territorios como la maloca –donadas por la empresa Bases Sólidas- sino que además capacitaron a dos madres embera para que les enseñen en su propia lengua.

Mabila Sabugara, tiene 30 años y es madre de 5 hijos, de los cuales, los dos menores se benefician del jardín. Llegó en el 2013 desplazada desde el Chocó porque grupos ilegales querían reclutarla y hace siete meses se convirtió en auxiliar educativa embera. “Me enseñaron cómo jugar con los niños y cómo transmitirles conocimientos. Yo les enseño bailes, tejidos y artesanías propias de nuestra etnia”, cuenta.

Tres pisos arriba, diez coterráneas suyas trabajan en la Kurruma nedo bebadau, que significa ‘Tienda Artesanal’. Se trata de un taller creado hace cuatro meses para que estas mujeres emberas elaboren sus tradicionales tejidos con estándares de calidad y visión de negocio.

“Esta oportunidad es muy buena porque nos han capacitado para darle mayor valor a nuestras creaciones. Es mejor estar aquí que en la calle llevando sol. En cambio aquí trabajo mientras mis hijos aprenden español y no aguantan hambre”, dice María Lisa Queratama.

En la huerta, entretanto, unos niños de su comunidad aprenden el cuidado de las plantas y entran en contacto con la naturaleza por algunos instantes. No es como la selva a la que estaban acostumbrados en su territorio pero para ellos es un pedazo de oasis en esta maraña de asfalto.

Lizeth Salamanca
Redactora HUELLA SOCIAL

 

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