La paz con todos sus horrores

La paz con todos sus horrores

Para analista, un posconflicto puede llegar a hacer sufrir más a la sociedad que la guerra misma.

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10 de diciembre 2015 , 07:19 p.m.

La afirmación “vendrá la paz con todos sus horrores” fue acuñada a finales de la Guerra de los Mil Días.

Unos la adjudican al presidente conservador José Manuel Marroquín y otros al general Paulo Emilio Bustamante, valeroso comandante de los ejércitos liberales en esa guerra fratricida.

La expresión parece contradictoria, pero la experiencia demuestra que es muy cierta. Un análisis superficial de la historia nos muestra cómo muchas guerras y conflictos han traído una paz azarosa y llena de horrores. Así fue el posconflicto de la Guerra de los Cien Años en Europa, la Guerra Civil en Estados Unidos, las dos Guerras Mundiales y sin ir más lejos la paz de Centroamérica que ha traído el problema de las bandas armadas denominadas Maras.

Académicos centroamericanos sostienen que durante lo más enconado del conflicto las respectivas fuerzas guerrilleras no pasaban de 8.000 hombres en cada país, y hoy cada uno de ellos sostiene que en su territorio operan unos 25.000 delincuentes que ya no actúan como grupo armado que busca derrocar al Gobierno, sino como delincuentes comunes y corrientes. Esto significa que el posconflicto a veces hace sufrir más a la sociedad y a las instituciones que la misma guerra declarada.

El caso colombiano puede ir mejor si se hacen los planes para las acciones posteriores a la firma de los acuerdos.

Tres puntos básicos

A mi parecer, hay tres puntos básicos entre muchos otros para asegurar que el posacuerdo transcurra en relativa tranquilidad. Estos son: la justicia que consistirá en no dejar escaparates cerrados con muertos escondidos porque sus fantasmas deambularán eternamente encima de Colombia; segundo, que se asegure el trabajo y la subsistencia para todas las personas que se desmovilicen y también para las tropas que vayan cumpliendo su servicio militar y, tercero, que el Estado colombiano de forma integral cumpla la catarsis y los actos de contrición para lograr el perdón necesario tras dos siglos de irresponsabilidad y pecados por parte del liderazgo.

Creemos los colombianos que la firma de los acuerdos ya es irreversible en los plazos fijados. La visita del hermano del presidente a La Habana parece haberle dado un nuevo aire y nuevos compromisos a las partes. A estas alturas, ya no son necesarios rechazos ni adhesiones, el camino está trazado, la voluntad política existe y el mundo entero exige que Colombia por primera vez en su vida disfrute de la paz. Las ansiedades, los miedos, los odios y las angustias deben terminar. Ya es hora de que los colombianos disfrutemos de este bello país que Dios nos concedió.

Pero el posacuerdo no será la panacea. Ahí es donde comenzarán los “horrores de la paz” que presentían los jefes de la guerra civil si los planes y la logística no están terminados y listos para ejecutar en el momento preciso.

Los cuatro momentos

El comienzo de la paz no permite atrasos ni aplazamientos. La gente se va a desmovilizar y la transición a la vida legal no permite demoras. Los recursos de todo tipo como financieros, las tierras, las instituciones que van a dirigir el proceso y demás necesidades, ya deberían estar en una etapa adelantada de preparación. No podemos esperar a que se firme el cese bilateral y se inicie la concentración sin tener listas las soluciones pactadas. Por ahora los colombianos no sabemos nada al respecto.

Una vez se firme el acuerdo bilateral por medio del cual la guerrilla se compromete a cesar sus hostilidades contra la población, los recursos nacionales y las instituciones, entraremos a la siguiente etapa que es el manejo real de la situación con los hombres listos para dejar las armas mientras las decisiones políticas, jurídicas y de otro tipo pueden seguir discutiéndose en el país o fuera de él.

El problema aquí es que ya tenemos a la gente y no podemos demorar las decisiones. Para este periodo crítico, el Gobierno necesita ejecutivos capaces, de gran patriotismo y sentido del deber porque Colombia no conoce este tipo de situaciones y posiblemente vamos a necesitar asesoría internacional.

Cuatro son los momentos que viviremos una vez se firmen los acuerdos y comencemos el proceso de construcción del posconflicto.

El primero será la concentración de todos los hombres y mujeres que conforman hoy a las Farc. Si pensamos en unas 8.000 personas procedentes de todo el territorio nacional, es posible calcular unas 15 o 20 áreas de concentración, en lo posible ubicadas en las regiones de donde son originarios los guerrilleros. No es aconsejable el desarraigo.

Allí debe haber autoridad del Estado que tendrá el mando de la situación; Fuerza Pública para la seguridad del área y todas las instalaciones logísticas necesarias para el mantenimiento de los desmovilizados y para el normal desarrollo de su vida social.

Debe haber separación entre la fuerza pública y los miembros de la guerrilla. No es aconsejable la presencia de tropas extranjeras. Colombia debe convencerse por primera vez de que es un país funcional que tiene las instituciones y la solidez política necesarias para atender este compromiso que personalmente no vemos tan difícil.

En esta primera etapa se debe producir el evento crítico de la entrega de armas e iniciar el proceso de preparación para la vida legal y la convivencia ciudadana. Para ello se requieren instructores e instituciones que se encarguen de capacitar a los guerrilleros para vivir en sociedad.

La siguiente situación consiste en iniciar la reinserción para preparar tanto a los guerrilleros como a sus jefes para entrar en la sociedad de manera normal, trabajar, estudiar e incorporarse a la vida nacional.

Los instructores ahora serán más especializados. Se pueden contemplar visitas de empresarios, del Sena, de los gremios agropecuarios y líderes sociales para ir orientando a los guerrilleros hacia la actividad que quieran desarrollar en su vida legal. Unos escogerán la agricultura o la ganadería y para eso necesitaran mucha ayuda para formar pequeñas empresas y ponerlas a funcionar. Estos serán la mayoría y van a necesitar asesoría técnica y líneas de comercialización para asegurarles ingresos y evitar la tentación de volver a la vida criminal. Hay que hacer lo posible para que estén con sus familias en sus zonas de trabajo.

Tener presente la expresión del papa Francisco en su visita a África, donde dijo que lo único que asegura la paz y la convivencia es el acceso a las tres T, que significan Trabajo, Techo y Tierra. Creo que este es el compromiso central del proceso de paz en cuanto a la desmovilización se refiere.

El tercer punto será la práctica para la vida social, que consiste en visitas controladas a las empresas, tierras, colegios, universidades y demás actividades preseleccionadas para que los desmovilizados conozcan el ambiente en el que se van a desarrollar en el futuro.

El Estado debe tener listas todas las alternativas y evitar la peligrosa improvisación y la tendencia casi natural a la informalidad como parece ser nuestra costumbre.

Durante esta tercera etapa los guerrilleros que vayan formalizando sus contactos podrán salir de las áreas para iniciar las prácticas bajo supervisión de las entidades que los reciban. El Gobierno debe conceder beneficios a las organizaciones que reciban desmovilizados y se comprometan en un plan de educación continuada.

Finalmente tendremos el inicio de la etapa de resocialización, que durará el resto de la vida de los desmovilizados. Cada etapa enunciada puede tener una duración de tres a cuatro meses y los encargados de las zonas de concentración deben llevar estrictos controles sobre el desarrollo del proceso de preparación para la vida legal.

La etapa de resocialización consiste en poner ya en contacto formal a los desmovilizados con la sociedad como su nombre lo indica, y de acuerdo con la preparación que han recibido en las áreas de concentración este contacto no debe producir traumas ni choques. La duración mínima de un año en las zonas de concentración debe garantizar un proceso suave y progresivo de acercamiento entre los exguerrilleros y las comunidades.

El último momento les corresponde al Estado y a la sociedad en su conjunto, quienes deben propiciar un nivel de construcción social que permita a las partes acercarse y conduzca hacia el proceso que debe terminar con la reconciliación.

Esta es la parte más difícil de un proceso de paz cuya finalidad debe ser el inicio de la reconciliación. El pecado o crimen, el castigo, el arrepentimiento y la catarsis deben conducir a la etapa final de la anomalía, que es el perdón. Este perdón va a permitir la convivencia, la reconciliación y finalmente la paz. Solo un Estado con una buena construcción social puede aspirar a la paz y reducir sustancialmente los horrores a que hicimos mención al comienzo de este escrito.

Estos horrores en todo posconflicto son la impunidad, el merodeo, el asalto, la inseguridad pública y la anomia. Colombia puede, si hace bien la tarea, evitarlos todos o por lo menos reducir su impacto.

Finalmente, podemos afirmar que parte del éxito del proceso radica en que el Gobierno no puede olvidar al personal militar que va terminando su servicio militar para darles las mismas garantías y facilidades que recibirán los guerrilleros desmovilizados, especialmente en lo concerniente al trabajo, tierra y techo.

Los guerrilleros no pueden recibir más garantías y ventajas que las tropas en ninguno de los campos que tienen que ver con la construcción de la paz.

MANUEL JOSÉ BONNET*
* General retirado. Profesor Investigador de la Universidad del Rosario.
Especial para EL TIEMPO

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