'No me eche piropos' analiza el alcance de estos comentarios

'No me eche piropos' analiza el alcance de estos comentarios

El libro de Sofía Carvajal indaga por qué son agresiones a la dignidad de la mujer.

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10 de diciembre 2015 , 07:18 p.m.

¿Cuándo pasa un piropo de ser algo bonito a acoso?

Un piropo callejero es una expresión de acoso al ser una valoración no consentida –y regularmente muy agresiva y sexual– de nuestro cuerpo, ejercida desde el anonimato y con una casi nula posibilidad de interacción. En nuestras sociedades es una práctica cotidiana y reiterativa, por lo que el acoso se manifiesta también en la frecuencia. Sin embargo, lo que se considera bonito o acosador pasa por la subjetividad y todos los componentes culturales, familiares, históricos que puedan influir en ella. Así, hay piropos que pueden cumplir la función de halago para muchas mujeres dependiendo del contexto en el que se encuentren. Que un piropo sea bonito es algo realmente poco común en nuestras sociedades; esta idea suele aparecer al confundirlo con el cumplido.

¿Cuál es la diferencia entre piropo y cumplido?

La académica Judith Schreier plantea esta diferencia para demostrar que es equívoco entender el piropo como una forma de cortesía. Así, por piropo siempre se debería entender el que se hace en la calle, por parte de un desconocido sin ninguna relación previa ni posterior con la persona que lo recibe y que no necesita de respuesta alguna. Se encuentra enfocado a fortalecer la imagen de quien lo dice, no de quien lo recibe. Por cumplido entendemos el que supone la existencia de una relación social previa entre ambas personas o al menos la intención de que se genere, exige una respuesta por parte de quien lo recibe y su intención es halagadora. El cumplido jamás ocurre en el paso efímero de la calle.

¿Ha habido siempre piropos feos (aquellos que contienen ingredientes sexuales) o son productos de la sociedad actual?

La idea romántica de que los piropos de antes sí eran lindos y los de hoy no lo son es muy común y errada. A partir de la literatura se ha podido ver cómo el piropo (callejero y realizado por desconocidos) es una expresión que ha generado rechazo desde siempre por parte de las mujeres. Solo que en otros momentos estaba asociado a un tema de clase social. Es decir, un hombre se dirige a una mujer sin su consentimiento y lo hace además en uso de un lenguaje considerado vulgar y no galante. Esto deriva en algunas expresiones peyorativas que se mantienen hasta hoy como la de piropo de albañil, sin que quiera decir que dependiendo de quien diga el piropo se convierte en abusivo o no. En cambio, en la sociedad actual, la interpelación que se hace de esta práctica se encuentra instaurada desde la defensa de los derechos de las mujeres y el establecimiento de relaciones de igualdad y respeto. El lenguaje que se usaba en el siglo XIX era muy distinto al que se usa hoy, pero generaba también una sensación de incomodidad y agresión para las mujeres. Así que la práctica no cambió, lo que se transformó fue la mirada que ejercemos sobre ella.

En el libro asegura que el piropo establece una relación de poder. ¿Podría explicar esa idea?

La relación de poder en el piropo callejero se manifiesta al otorgar roles a hombres y mujeres: ellos los deben decir / ellas los deben recibir y seguir caminando, en la que los hombres tienen una posición privilegiada: pueden decir lo que deseen sobre una mujer con unas posibilidades mínimas de que sean interpelados, aun cuando lo que hayan dicho sea abusivo. Esta relación de poder se basa en la idea común de que el espacio público es masculino, las mujeres debemos estar llenas de estrategias para habitarlo y así evitar que nuestra seguridad y tranquilidad sean puestas en riesgo. El poder que se ejerce es el de yo digo lo que quiero sobre tu cuerpo y sé que no va a pasar nada; el de aludir a la sexualidad de una mujer sin su consentimiento; estar seguro de no tener ninguna sanción y además poder justificarse en la idea de que es una expresión cultural de identidad de la ciudad.

Usted ubica el piropo en un ámbito de violencia y acoso hacia la mujer en la ciudad. ¿Por qué?

Porque suele hacer (dentro de un gran número de otras prácticas) que las mujeres tengamos accesos condicionados y reducidos a la ciudad. El piropo asigna roles que nos ponen en desventaja, como el tener que privilegiar el silencio como respuesta ante una agresión. Adicionalmente, es una práctica que se refiere a nuestra sexualidad sin ningún tipo de consentimiento. El acoso había estado identificado siempre en espacios como la casa o la escuela, ahora también se reconoce en el espacio público e incluso organismos como Naciones Unidas lo han ubicado como un tema de trabajo prioritario.

¿Qué puede decir de los piropos emitidos por mujeres hacia hombres? ¿Qué tan frecuentes son? ¿Se puede hablar en ese caso también de acoso?

Desde mi experiencia (en entrevistas con hombres y mujeres) he podido conocer que sí ocurren, pero que no llegan a ser tan frecuentes como lo son los de hombres hacia mujeres. Sin embargo, creo que sería un estudio interesante de realizar teniendo en cuenta todas las especificaciones propias en ese cambio de relaciones, en el que seguramente las mujeres reproducimos también algunas formas agresivas. Pero no tengo el conocimiento necesario para referirme a ese escenario.

El libro de la periodista Sofia Carvajal es editado por la Universidad Andina Simón Bolívar y Poemia. Foto: Mario Carvajal / Archivo particular

Este cambio de roles que usted plantea me permite llamar la atención sobre la necesidad de que un tema como el acoso callejero sea una oportunidad para cuestionarnos como sociedad formas de violencia que no hemos identificado. Me ha pasado en varias oportunidades que, tras las conversaciones sobre piropos, algunos hombres comienzan a identificar agresión en algo que para ellos simplemente fue normal. Se trata de entender que no es solo un asunto de las mujeres, sino de la sociedad.

Hay personas que achacan a la mujer una parte de culpabilidad en el acoso callejero al que son sometidas debido a la forma de vestirse. ¿Qué ha encontrado en su investigación al respecto?

Cuando estás en la calle y pasas por el lado de un desconocido la única información que esta persona obtiene de ti es tu apariencia física. Así que el aspecto físico está relacionado con la práctica, pero no porque la justifique, sino por las ideas que tiene el agresor de lo que implica, supuestamente, que uses estas prendas. Es decir, las ideas de que los escotes son usados intencionalmente porque esa persona quiere llamar la atención y que se le diga algo, o que entre más piel se vea, más acceso a su intimidad se tiene, son justamente las que han legitimado distintos tipos de violencias contra las mujeres. Es que es un pensamiento hipócrita que se encuentra muy arraigado en nuestras sociedades, pero que es fácilmente controvertible y frente al que hay cada vez más una posición crítica. Los escotes tienen que empezar a dejar de “significar” para lo masculino una posibilidad de agresión.

¿Qué diferencia de perspectivas frente al piropo hay entre las sociedades latinas y las europeas o anglosajonas?

En sociedades como las anglosajona y norteamericana son entendidas como acoso sin ningún tipo de matiz; así al menos lo muestra la investigadora uruguaya Mariana Achugar. En sociedades como las latinas y la española, el piropo está asociado a formas de identidad. Sin embargo, estas son miradas muy generales e idealistas de la práctica. Cuando conversas con mujeres y hombres que la viven, descubres que el objetivo nunca es seducir o enamorar a alguien, como suele aludirse constantemente, y esta aclaración es clave porque la asociación del piropo con identidad es lo que lo hace complejo y genera resistencia para entenderlo como una forma de agresión a las mujeres.

Es necesario comprender que no se están cuestionando formas de enamorar ni seducir o de ser creativo, solo se trata de que sea en condiciones de igualdad y respeto por la otra persona, y eso, en el paso efímero de la calle, no pasa. Un piropo no busca enamorar.

Su libro habla de iniciativas legales para sancionar el piropo en países como España, Estados Unidos, Argentina, Ecuador y Paraguay. En Colombia, sin embargo, no las hay, y no se considera que el piropo sea una forma de acoso sexual. ¿A qué atribuye esta percepción?

Las iniciativas legales para sancionar el piropo como forma de acoso no son nuevas. En la investigación encontré al menos tres a principio del siglo XX en países como Argentina, España y Estados Unidos. Actualmente hay varias experiencias en distintos lugares del mundo. El principal problema con una sanción es la dificultad probatoria. Además, el piropo comparte estatus con otras formas de acoso como masturbación o persecución en espacios públicos, ante los que siempre queda como el más “inofensivo”. Pero, sobre todo, la gente sigue pensando que un piropo es un halago y que hace parte de lo que somos como latinos. Una sanción legal sigue pareciendo extrema e innecesaria.

¿Han tenido éxito campañas contra el acoso, como ‘Atrévete’ y ‘Hollaback’?

Las campañas han sido generosamente positivas. Han puesto en escena un tema de conflicto en las ciudades: ahora se habla de acoso callejero. Y han permitido la reflexión sobre la cuestión y que se oiga la voz de las mujeres. Sin embargo, creo que el camino es todavía largo y queda mucho por hacer, especialmente porque el piropo es un tema muy especial dentro de esa categoría de acoso y requiere que sea tratado con los matices que cada contexto de ciudad le aporta.

¿Cuál es el papel de internet respecto a la difusión de piropos, así como a campañas en contra de ellos?

La red puso el tema en debate en la escena pública y conectó las ciudades. Las personas se dieron cuenta de que era una problemática compartida entre países. Las plataformas sobre las que se apoyan las distintas iniciativas en el mundo contra el acoso callejero son digitales. Sirvieron de soporte y circulación para todo tipo de expresiones, posibilitaron que las emociones confluyeran y se transformaran en movimientos que además, ahora, se apoyan entre ellos para seguir creciendo y cuestionando una práctica agresiva y legitimada culturalmente. Sin embargo, es necesario disminuir la brecha digital.

JUANITA SAMPER OSPINA

Corresponsal de EL TIEMPO

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