Botín

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Colombia ha sido un pobre botín: un botín dilapidado, perdido en el océano.

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10 de diciembre 2015 , 06:49 p.m.

Donde hay un botín hay un político. Tal vez sea eso –y la sospecha de estar asistiendo a una sátira del mundo: de su codicia, de su empobrecimiento– lo que ha enrarecido la noticia lírica, épica y dramática de que el rastreado galeón San José por fin ha sido hallado en el fondo del mar. Qué tal el Presidente gritando “¡encontramos el galeón!” como gritando desde el mástil. Qué tal sus críticos profesionales denunciando al día siguiente que “quieren arrebatarnos el tesoro”, ja (sí que nos habría servido el espíritu crítico de Juan Lozano en los largos años del uribismo), como miembros de una colombianísima sociedad sin capitales que pelean a muerte por sus porcentajes de papel, ensillan bestias invisibles y riegan la leche de tanto pensar qué hacer con ella. Qué tal España preguntando, como aquel que aún no lo quiere, por el oro que robaba entonces.

Colombia ha sido un pobre botín: un botín dilapidado, perdido en el océano. Quizás sea eso –y la historia ambivalente de esta tierra– lo que ha estado retiñendo la noticia con cuentagotas del hallazgo del galeón español. Fue hundido por los invasores ingleses en junio de 1708, en ese mar, frente a Barú, que hoy es el cementerio de mil galeones más, camino a llenar las arcas de Felipe V con un tesoro de doscientas toneladas. Se lamentó la noticia cuando Colombia era España amurallada en Cartagena. Se fue olvidando y sumergiendo porque América se independizó de un Imperio que a duras penas podía ser un país. Se volvió un pie de página de nuestra historia mientras tratábamos de encontrar una nación en las guerras civiles. Y desde 1982, apenas la empresa gringa Sea Search lo avistó a 210 metros, fue un litigio: otro.

Y la Sea Search se enfrentó en los tribunales, por su mitad, con siete gobiernos criollos. Y la Corte Suprema de Justicia decretó, “por si las joyas...”, que serían colombianas “todas las piezas recordatorias que tengan valor histórico”. Y el Congreso denunció la negligencia del Estado para “recuperar el tesoro de los colombianos”. Y la Cancillería española recordó, ante el hallazgo, que la Unesco le ampara porque el galeón no era –no es– un barco privado, sino uno “abanderado por el pabellón nacional”. Y hoy, cuando no nos definen los actos, sino los 'ringtones', comienzan a escucharse los lugares comunes de un nacionalismo de doblones y de pelucas empolvadas para la gloria de los parodiadores y la extrañeza de las nuevas generaciones: “¡yanquis: go home!”, “¡los españoles quieren saquearnos otra vez!”.

Qué colombiano es que seamos los más españoles cuando se habla, por ejemplo, del sangriento sitio de Cartagena de abril de 1741. Con qué vehemencia fue destruida la placa en nombre de los ingleses caídos en aquella batalla. Con qué empeño el abogado Jaime Ordóñez ha buscado durante cerca de veinte años los 100 millones de dólares que necesita –habló con Spielberg, habló con Banderas– para hacer su película sobre el cerco fallido. Con qué fijeza ha estado defendiendo el congresista conservador Pedrito Pereira (sí, Pedrito) su proyecto de ley para conmemorar el asedio español de 105 días que dejó masacrada a Cartagena a finales de 1815: pretende obligar al Ministerio de Cultura, como en cualquier dictadura, a producir una película propagandística con los dineros del fondo de cinematografía, limpios e independientes.

Qué peligro: el Estado premiando a los narradores doblegados, poniendo en escena la historia.

Donde hay un político hay un botín. Tal vez sea eso, que han hablado más los proselitistas que los historiadores, que han contado más los patrioteros que los exploradores, lo que ha convertido la épica del galeón San José –y de la gloria de Cartagena– en esta sátira sobre el oportunismo.


Ricardo Silva Romero

www.ricardosilvaromero.com

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