La niña embera que sobrevive a todas las tormentas

La niña embera que sobrevive a todas las tormentas

La menor rescatada de la desnutrición sigue en el abandono. La ración del ICBF se agota en 2 días.

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09 de diciembre 2015 , 08:16 p.m.

Nambua (Chocó). Han pasado 11 meses desde que la niña que no sabía sonreír regresó al caserío donde nació. Ya no viste el conjunto rosado ni los moños y cintas que le ponía su madre sustituta en Quibdó. Ahora luce una prominente barriga, lleva una falda sucia como único atuendo y va descalza. Pero parece feliz correteando con otros niños por las chozas levantadas sobre pilotes de madera que cobijan a las 14 familias que habitan Nambua, diminuta comunidad embera del municipio de Bojayá.

No hay adultos a la vista. Unos están en la cabecera municipal, a tres horas remontando el río Bojayá, haciendo papeles para cobrar subsidios, y los demás, en los cultivos de plátano en el monte. Tampoco se encuentra el profesor ese día. Debió partir hacia Quibdó.

Resulta difícil entenderse con los pequeños porque su español es precario o inexistente, utilizan el embera entre ellos. En la escuela, de continuidad intermitente y con la ausencia de material docente, aprenden en su idioma lo básico. Pocos alumnos continúan los estudios más allá de primaria.

La niña sube por un tronco al tambo donde vive con sus tíos y un primo. Es un tablón amplio, con techo de zinc y palma, sin paredes ni divisiones. Le pregunto dónde duerme y taconea con un pie en una esquina, cerca de los troncos sobre los que cocinan. Tragar humo es una de las causas de que los niños indígenas padezcan dificultades respiratorias, la enfermedad más común junto a la tuberculosis y las diarreas por los parásitos.

La vivienda queda cerca del tambo donde la vi por primera vez, en abril del 2013. Entonces estaba desnuda a pleno sol, sentada sobre sus excrementos, rodeada de insectos, raquítica, deshidratada. Los mayores permitieron que me la llevara para entregarla al ICBF. “De todas formas iba a morir”, sentenció uno de ellos. Una vez recuperada, Setilia Mecha y Cesario Hachito, sus tíos, la reclamaron y el comisario de Familia de Bojayá les otorgó la custodia en febrero pasado.

Sobre las 2 de la tarde aparece una pareja de adolescentes, responsables de guisar lo que parece será la única comida del día para todos los menores de edad: plátano cocido con sal, el menú más frecuente. “Apenas dos hijos queremos nosotros”, cuenta Poligenio Tunai Mecha, de 17 años, y mira a su compañera, Yunai, de 16, que pertenece a otra comunidad.

Explica en un español aceptable que en ocasiones cazan guagua y venado y pescan bagre. Cuando hay dinero, compran la carne en Pogue, corregimiento que queda a dos horas por el río. Paso la vista por su choza y, al igual que en el resto, no hallo alimento distinto al racimo de plátano y unas mazorcas de maíz. Casi no quedan gallinas de uno de tantos proyectos productivos fracasados. En lugar de criollas, les entregaron las que solo se alimentan de concentrado, imposible de conseguir en esas lejanías. Por eso, el corral que en febrero estaba nuevo y lleno de animales está acabado y vacío.

Pese a las carencias evidentes y a que el conflicto armado redujo su extenso territorio y les obliga a andar precavidos por el monte, a Poligenio le gusta vivir en su poblado a orillas del caño, en medio de un paisaje exuberante, distante del mundo ajetreado. El control lo ejerce el frente 57 de las Farc y hay rumores de que el Eln está ocupando posiciones. Pero a Nambua, donde solo hay pobreza, lo dejan tranquilo.

De vuelta en Bellavista (nombre del casco urbano del municipio de Bojayá), la tía de la niña acepta a regañadientes la entrevista. Pasa unos días con su esposo, Cesario, gobernador de Nambua, en el hogar que la Asociación Cabildo Mayor Indígena del resguardo del río Uva-Pogue mantiene en el pueblo. A Setilia no le agrada que sigamos la historia de la niña y visitemos el caserío sin avisar.

“Si la viera antes de que le diera medicina antiparasitarios”, exclama Setilia cuando pregunto por la barriga de la niña, y dibuja con las manos el volumen de una embarazada. Señala que aún no va a la escuela, pese a haber cumplido 4 años, porque no los mandan hasta los 6.

Su esposo recuerda que fueron tres familias fundadoras de su comunidad y ya son 99 personas, pero necesitarían multiplicar por cuatro sus habitantes para reunir más recursos. Lo que no contemplan es unirse a alguno de los poblados vecinos. “Preferimos seguir solos”, dice.

Le pregunto la razón para tener a la niña con ellos, si sufren tantas estrecheces. El menor de sus 9 hijos, de 9 años, padece cáncer y debe viajar a Bogotá para controles, y María Inés, la mayor, de 24 años, ya le ha dado 5 nietos a los que a duras penas sacan adelante. “A veces (la niña) ayuda lavar, a cocinar, cortar plátano, trae agua, hace mandados, me sirve para eso. De pronto termina el bachillerato, mis otras hijas dejaron en 4.° y 5.° y allá cogieron marido”, responde sincero.

La mamá de la niña la abandonó al poco de nacer. Del papá, José Hachito, denunciado por maltrato por dejarla sola en el tambo, esperando que se muriera, no se sabe mucho. Se fue de Nambua hace unos meses, con su nueva compañera y los hijos de ambos.

“Cuidarán a la niña mientras estén ustedes encima, no les importa a sus tíos ni a nadie de la comunidad porque no es de nadie, la quieren por el subsidio que reciben”, afirma un embera, buen conocedor de los suyos, que pide no mencionar su nombre.

Desnutrición

Además de dinero, la niña recibe una ración mensual de alimentos que no siempre llega por la desidia y la corrupción, y si lo hace, no se la come ella.

“A los presidentes de los Cabildos se les dice que la comida tiene que ser para los niños, pero no se la dan, se la comen los adultos. En estos cuatro años han llegado 40 casos de desnutrición al centro de salud y esos son solo los casos de los que nos damos cuenta”, indica un funcionario de la alcaldía de Bojayá. Otros mueren desnutridos en sus poblados y nadie se entera. “Los hombres siempre llevan a su esposa a los cultivos porque la ponen a cargar, y dejan a los niños solos”.

La ración que el ICBF envía para un mes, y que está pensada para una criatura desnutrida, se acaba en un par de días. Son seis bolsas de leche, dos de bienestarina, lentejas, fríjol, pasta, cuatro libras de arroz y aceite. En Nambua y otras comunidades de la zona, es costumbre mantener prendido el fogón hasta que se agota lo que tienen a la mano. Y hay productos, como las lentejas, que no les gustan por el sabor y porque es demorado cocinarlas, lo que supone para las mujeres carga extra de leña. Por eso, las venden o las botan.

“Muchos niños nacen gordos, tuvimos uno de 4 kilos, y al mes ya presentan signos de desnutrición y dificultades respiratorias porque los dejan junto a la leña”, cuenta el funcionario. “Trajeron al pueblo a un niño de un año que parecía que nunca lo habían alimentado. Cuando le pusieron una jeringa, la quería agarrar para tomar. Murió como a la hora”.

A las costumbres difíciles de modificar cabe agregar las largas distancias y el alto coste del transporte por río. “Toca reunir varios niños enfermos para pagar entre todos la gasolina. Por eso, el que se enfermó primero llega agonizante”, relata un indígena. “Cuando uno se descuida, el suero se lo está tomando la propia mamá”, recalca una trabajadora del centro médico de Bojayá.

Para el ICBF resulta complejo ejercer su función supervisora. Para ir a Nambua, además de pensar en la seguridad, porque es zona roja, tendrían que desplazar, mínimo tres días, un equipo con trabajadora social, nutricionista y psicóloga. Supone un gasto en viáticos y transporte superior a los 2 millones.

“Se puede hacer, pero no de manera continua por las distancias de las comunidades, que son muchas, los costos, la falta de personal y el orden público. Y si Bienestar no lo hace, los municipios, menos; les falta sensibilidad social para abordar los casos”, señala un funcionario del ICBF en Quibdó.

En el hospital San Francisco de la capital chocoana, que lleva meses sin pagar a médicos y empleados y ofrece un aspecto lamentable, han muertos 12 niños en lo que va de año. “El 27 de junio murió una niña de 4 años con una desnutrición bárbara. Un líder indígena dijo que fue un vaso de leche del hospital la causa. Fueron de los cientos de vasos que nunca le dieron”, denuncia un miembro del personal médico. “Más de la mitad de los niños hospitalizados son indígenas ingresados por desnutrición, insuficiencias respiratorias y tuberculosis. No llegan enfermos sino muriéndose. Es una cuestión cultural porque vemos mamás obesas con niños desnutridos. Con ellos hay que idear un sistema de atención diferente que suponga, entre otras cuestiones, ir a las comunidades a buscar los niños”.

En Pediatría está ingresada una bebé de 6 meses con la piel pegada a los huesos. Solo pesa 3 kilos. Su madre, sin embargo, muestra un aspecto saludable y despreocupado. A cada pregunta sobre su pequeña contesta con una risa, no logro arrancarle una sola palabra.

“No creo que la desnutrición sea por una cuestión cultural porque no existirían niños indígenas. Son varios factores: ausencia del gobierno municipal, departamental y muchas veces del nacional, aunque transfiere los recursos y con frecuencia no llegan y no le hacen el seguimiento”, asegura Plácido Bailarín, líder indígena en Bojayá. “También el conflicto armado, que no permite sembrar ni cazar ni cortar madera con libertad, y ausencia de brigadas de salud”.
La niña crecerá en ese entorno hostil para los pequeños y quizá porque Setilia teme que haya otra visita de este diario, seguirá tratándola con cierto cariño.

Salud Hernández-Mora
Especial para EL TIEMPO

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