El escondite de mi abecedario

El escondite de mi abecedario

Un relato del nuevo libro del dirigente empresarial que acaba de ser nombrado embajador en Turquía.

notitle
09 de diciembre 2015 , 08:12 p.m.

Señor, ah difícil ser buen hijo, cuidar de los padres como ellos hicieron con uno, llevarles aunque sea un radio y un ventilador para el ranchito, porque en Otanche calienta muy duro. Pero los otros no dejan que uno ayude en lo que sabe, que es labrar el campo y ver de la mamá, cuidar el siembro y servir de compañía al viejo; es tan difícil ser bueno, señor, los otros no dejan, uno quiere pero no dejan, y al final todo se vuelve un enredo, un peligro, y uno ya ni sabe quiénes son los buenos.

Yo me crié en el campo, ahí nací y desde pelao aprendí a darle azadón al mundo pues fui el único hijo. Mi papá siempre tuvo esa parcela como de dos fanegadas y en la casa solo fuimos cuatro, mi papá , mi mamá María Inés, la abuela Rosita y yo. Para ir al pueblo echamos casi tres horas caminando parejo. Tenemos unos vecinos, somos siete familias campesinas en esa vereda. La nuestra es una finquita que llamamos El Rodadero, pues queda en una hondonada; allí se da bien casi todo, aunque el terreno es pendiente. Como usted mismo dice que quiere saberlo, le voy a contar por qué estoy aquí y cuál es mi historia.

Hace como tres años, después de Navidad, queríamos celebrarle el cumpleaños a mi mamá y cambiarle el cojín a la silla donde sentamos a la abuela que ya casi no puede moverse. En El Rodadero cultivamos yuca, piña, fríjol y frutas, criamos unos cerdos, tenemos una marrana y casi siempre dos o tres lechones. Los alimentamos con granos, cuchuco de maíz y bore rallado. Mi papá dijo, “aliste mijo el mazo, la barbera, el platón de aluminio, una artesa, el cuchillo de hoja ancha y un tarro con querosene, vamos a sacrificar el lechón grande para preparar un asado. Yo les avisé a los vecinos, todos quieren felicitar a María Inés. Qué bueno hacer reír a su abuela pues está muy apagada, tomarnos unas polas y jugar un rato al tejo escuchando música guasca”.

Nos pusimos a trabajar; cogimos el lechón, lo cinchamos en el mesón y mi papá le dio un mazazo fuerte y seco. El animal se desgonzó, dejó de chillar y quedó despatarrado. Alistamos agua tibia y jabón, lo afeitamos y, como el pelo del cerdo es grueso y deja moños en los pliegues de la papada, en las orejas y en el ijar, le untamos el querosene para quemar los vellos duros y dejarlo listo para quitarle las vísceras. Cuando mi papá le arrimó una cerilla al bicho y le prendió candela, el verriondo pegó un grito horrible; no hubo cincha que valiera, brincó de la mesa y arrancó a correr hecho una bola de fuego. Estaba vivo. El animal pasó bajo la cerca del lindero mientras nosotros no salíamos del asombro y mi padre gritaba ¡¡¡maldita sea, maldita sea!!!

Cuando salimos a perseguirlo nos dimos cuenta de que ese balón de candela había ido a parar entre el rastrojo de un maizal seco y mal cuidado del lote vecino, el cual prendió fuego al momento y formó una quema en todo el sembrado. Nos pusimos a cavar zanjas para detener las llamas y en dos horas pudimos controlar el incendio y dar con el bicharraco que acabó como una bola negra y de mal olor, junto a la quebrada. Terminamos cansados y tristes, pero, entre risas y desconsuelos, celebramos el cumpleaños comiendo yuca frita y bebiendo guarapo con los vecinos que vinieron para ayudar. Las mujeres traían baldes con agua y organizaban el guarapo de panela, el ají y un pailón de patacones, mientras hacían bromas con lo del “puerco resucitado”.

Cuál sería nuestra sorpresa al día siguiente, como a las once de la mañana, cuando llegaron siete hombres y dos mujeres que se presentaron como miembros de las Farc. Nos saludaron y dijeron que eran los dueños del maizal quemado y venían a ver cómo íbamos a arreglar el asunto, pues los vecinos les habían contado lo ocurrido.

Regañaron a mi papá y lo trataron como bruto por ser un campesino incapaz de matar un marrano. Mi viejo les explicó que no teníamos plata y les ofreció el otro lechón que estábamos criando. Se rieron y le exigieron un millón de pesos. El comandante de la escuadra notificó a mis padres:

—Como no hay el dinero, nos llevamos al muchacho.

Así, entre el llanto de mi mamá y los sollozos de la abuela, a los 16 años, me hice miembro de las Farc y un mes más tarde me fue entregado mi fusil, un brazalete, un camuflado y unas botas de caucho. Allá aprendí un montón de cosas, tres veces por semana recibí instrucción política sobre las ideas revolucionarias, comencé con lo del sexo, aprendí a manejar armas y explosivos, caminé días y noches enteras, logré salir bien de un bombardeo, alcance a estar en dos refriegas con la tropa pero a más de 300 metros, de un lado al otro del río. Por lo grande y moreno que soy, me metieron en el grupo que salía a los pueblos de Maripí, San Pablo de Borbur y Pauna a recoger plata de boletas dejadas a comerciantes y ganaderos, y a traer remesa de las droguerías y de los graneros. Nunca pude entender todo lo de la guerra, aunque por mi familia sí supe siempre que en este país los campesinos sufren y no reciben casi nada. Viví dos años muy diferentes a todo lo que había sido mi vida y todas las noches, lloré y recé en silencio por mi mamá María Inés, por la abuela Rosita y por José mi taita, los que son todo lo que tengo.

Un jueves, el comandante nos llamó para entregarnos una ropa de jóvenes y para decirnos que al otro día íbamos a Chiquinquirá a cobrar veinticinco millones de contribución de un médico ganadero. Seríamos cuatro, tres compañeros y una camarada, y solo llevaríamos tres revólveres por si teníamos que apretar a alguien. Desde ese momento solo pensé que había llegado el momento de huir de la guerrilla. Mientras dos compañeros recaudaban el dinero de la boleta, la camarada y yo hacíamos de campaneros en los extremos de la cuadra. Allí estuve unos cinco minutos y le pedí a un mototaxista que me llevara a la policía. Entré al comando y de una vez grité, soy guerrillero y vengo a desmovilizarme; pedí protección sin dar detalles hasta que se inició el proceso de reintegración. A los cinco días quedé libre pues no registraba antecedentes y, sabiendo que la inteligencia de las Farc ya tendría orden de asesinarme, no podía quedarme en Boyacá. Con mis papeles en regla y dos mudas de ropa, me fui para Bogotá con cien mil pesos que me fueron suministrados. Llegué al terminal y paré en un hospedaje en Fontibón por recomendación del ayudante de la flota. Pagué veinticinco mil pesos por noche y en la tarde del segundo día, viendo cómo se me acababa la plata, entré en una iglesia donde cantaban rezos y gritaban aleluya. Un señor se me acercó y me preguntó si quería recibir a Jesús en mi corazón, yo le contesté que necesitaba trabajo. Me citó al día siguiente y me hizo aprender una cosa que sigo repitiendo, “Señor, tú eres mi escondite y mi escudo”. Salí de allí con esperanzas y cometí un error. Fui a la empresa de giros y le coloqué diez mil a un vecino de El Rodadero, con el número del celular para que se los entregara a mis papás con el mensaje que dejé con la empleada que me los recibió: “Estoy libre en Bogotá pero no puedo visitarlos”. Eso me convirtió en objetivo militar localizable por la guerrilla.

El hombre cristiano me presentó al dueño del lavadero de carros donde empecé a trabajar en condiciones muy malas. Me hicieron recordar los discursos que por las mañanas nos daba el comandante Efrén en el monte: “Los asalariados sufren pues los patrones a veces son muy codiciosos”. Me pagaban quinientos pesos por cada carro lavado siempre que limpiara más de treinta en el turno. Me cambié a una pieza en la casa de un compañero de trabajo por cien mil al mes con desayuno y una agua de panela con calado por la noche. Llevaba un mes y medio en el lavadero cuando una tarde, acabando el turno a las seis, observé tres tipos en la tienda del frente y sospeché de ellos. Me metí al baño a cambiarme y cuando vi las botas de uno de ellos por debajo del portalito y su mano agarrándolo de lo alto, le di con todas mis fuerzas un portazo en la cara tirándolo al piso, le pegué una patada en el cuello y arranqué a correr. Escuché un disparo y volteé la esquina mientras los otros auxiliaban al herido. No paré de correr durante media hora hasta que llegué a la brigada en Puente Aranda, donde los de la PM me detuvieron en la garita de entrada hasta que un subteniente salió y revisó mis papeles de desmovilizado y ordenó atenderme. Inmediatamente, llamó a los de reintegración para que vinieran a buscarme. Después de completar dos días en un salón de visitas de la brigada por donde pasaron muchos soldados a mirarme como a un bicho raro, el ejército aceptó mi petición de recibirme como soldado raso y enviarme lejos, donde no pudiera ser blanco fácil de las Farc.

Estoy asignado aquí en Puerto Carreño, en el nuevo batallón, donde me quieren aunque a veces me llaman el farco. El coronel me estima y no he tenido ningún problema. Recibo una plata con mi nueva identidad. Ahora tengo nombre medio gringo, Jeison. Me gustaría más llamarme James. Pero en todo caso estoy bien. Unos esmeralderos medio paracos hicieron su limpieza sucia en Otanche y a mis papás no los han molestado ni los unos ni los otros. Tengo un código especial con el que puedo hablar por teléfono los domingos con mis padres y de vez en cuando enviarles una platica del bono que recibimos. Esa es mi historia señor, soy un campesino de 19 años con experiencia militar. Aquí estoy a salvo y quiero permanecer un tiempo, a ver si un día esa paz de la que tanto hablan llega y puedo volver a El Rodadero.

—Es muy especial su historia, usted es un veterano de guerra a los diecinueve años. Me ha costado creer que todo este relato de su vida sea verdadero. Contiene tanto dolor, tanta enseñanza, y no es fantasía. Mientras se da el cambio que los colombianos queremos y millones de personas pueden volver a ver sus familias y a preparar un asado con cuidado, usted podría hacer el curso de suboficial y lograr unos ahorros para su familia.

—No puedo, señor, no tengo forma.

—¿Cómo así, por qué no?

—No sé leer ni escribir. En la guerrilla fingí que leía los folletos de instrucción mientras un camarada me los explicaba. Y aquí no saben que soy analfabeta. ¿No se dio cuenta usted que mi charla es simplona y a trompicones?

—Eso no puede ser. Veré si puedo hacer algo. Como vengo de la capital y el coronel me respeta, usted no se preocupe que yo encontraré la manera de que le ayuden. Espero verlo otra vez, Jeison, déjeme darle un abrazo.

Me fui donde el coronel, hombre decente quien había regresado después de hacer su posgrado en España. Conocía algunos de mis escritos y me trataba con amabilidad. Le expliqué que no era admisible ni reglamentario tener un soldado en esa condición, a lo cual replicó expresando que no tenía idea sobre las limitaciones del reintegrado. Se comprometió a designar dos soldados bachilleres quienes recibirían la orden y el permiso para darle la instrucción básica en lectoescritura y me aseguró que en corto tiempo podría constatar las nuevas competencias del joven veterano de los varios ejércitos. Así fue, habrían transcurrido unos tres meses cuando llamé al coronel y le pedí que me permitiera hablar con Jeison. Estaba muy contento y me preguntó si podía escribirme una carta. También me pidió que le enviara revistas y alguno de mis libros. “Es que en el armario del dormitorio cada uno tiene su gaveta con candado”, comentó. “Allí tengo lo que me gusta leer, ese es el escondite de mi abecedario”.

Juan Alfredo Pinto S.
Especial para EL TIEMPO
@juanalfredopin1

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.