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Soto Aparicio: el valor de decir adiós

Soto Aparicio: el valor de decir adiós

El autor de 'La rebelión de las ratas' habló de su vida y del cáncer gástrico que lo aqueja.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de diciembre 2015 , 07:08 p. m.

El inicio de todo

Nací de manera accidental en Socha (Boyacá) el 11 de octubre de 1933. Mi padre era funcionario judicial y fue comisionado a investigar un delito allá, y se acarreó a mi madre que estaba en embarazo, pero a los pocos meses nos trasladamos para Santa Rosa de Viterbo donde viví mi infancia, estudié y escribí mis primeros libros. Luego me casé y me vine a vivir a Bogotá. Mi padre se llamaba Luis Arcesio Soto Martínez y mi madre, Isabel Aparicio Meléndez. Ambos de Santa Rosa de Viterbo.

Su formación de lector

En mi casa había libros y revistas por todas partes, entonces llegué a los libros de manera natural. Si un niño no ve a sus padres con un libro no sabe que los libros existen. Se suele cometer el error de castigar a un niño poniéndolo a leer, y debe ser todo lo contrario, hay que premiar con libros no castigar con ellos.

Lecturas cotidianas

Estudié hasta cuarto año de primaria de manera formal, pero desde que salí del colegio no hice otra cosa distinta que leer, que en sí mismo es estudiar. Toda la vida la dediqué a leer sobre temas que tenían relación con el humanismo, sobre el tránsito del hombre por este mundo, por la manera de preguntarse de dónde viene y para dónde va. Toda mi vida fue estudiar y estudiar, o mejor: leer y leer.

Siempre escritor

Escribo desde que recuerdo. A la fecha he publicado sesenta libros de todos los géneros literarios: poesía, cuento, teatro, ensayo, novela, libretos para programas de televisión, guiones para cine, centenares de artículos especulativos y culturales para revistas del país y del exterior.

Lo que deja la escritura

Con la literatura, en los países latinoamericanos no se gana dinero, pero se gana un capital infinito: el aprecio de la gente. El afecto y la amistad de los lectores son un capital maravilloso, y tal vez, el mayor premio a un trabajo literario. El cariño de la gente para conmigo es inmenso, lo puedo sentir.

Fuera de la escritura

Para pagar el arriendo, la comida los servicios… trabajé en otras cosas fuera de la escritura. Un tiempo largo en la televisión como libretista, algunos años en la sala penal, en Santa Rosa de Viterbo, en la diplomacia, representando a Colombia ante la Unesco, y desde hace algunos años como asesor en una universidad. Y me tocó salir a trabajar desde hace poco, porque, aunque parezca inverosímil, a mis 80 años, no tenía definido el tema de la pensión ni la seguridad social.

Lectores virtuales

Hoy lo virtual es tan importante como lo real, son mundos complementarios. Para el estudio y la vida moderna es una condición inevitable. Yo tengo una obra que no puede estar ajena a esa virtualidad, y espero que un día esté toda en internet.

En Google hay más de 200.000 referencias a mi vida y a mi trabajo (en realidad más de 941.000 a diciembre del 2015). Claro, hay notas erradas, me adjudican títulos de libros que nunca escribí y premios que no gané, pero el 80 por ciento es real. Hay casi cien videos sobre mis intervenciones públicas, lecturas de poemas y grabaciones de entrevistas.

Pantalla en blanco

Soy un hombre disciplinado para el trabajo. Para mí, la página en blanco es una invitación a una fiesta. Nunca tuve temor frente a la página en blanco. Aprendí primero a escribir en máquina que a mano, y luego aprendí a usar el computador.

Rutina del escritor

Concuerdo con Isaías Peña en que escribir es como respirar. Tengo que escribir para sentirme vivo. Mi rutina es trabajar en un libro e ir investigando sobre el próximo. Algunos críticos dicen que escribo mucho, pero es mi manera de ser, y mi manera de contribuir a que la literatura nos haga entender un poco más la vida. Ellos que opinen, que yo hago mi trabajo: escribir.

El pasado 25 de noviembre el escritor boyacense reveló en su cuenta de Facebook que se debate contra el cáncer.

Obsesiones temáticas

No hay tema que a mis años no haya trajinado. Me interesan los derechos humanos, las injusticias, los conflictos sociales, la esperanza, la mujer… considero que el escritor como vocero de una sociedad muda y cobarde debe hablar de todos los temas que le inquieten a esa sociedad. En mis libros pretendí contar la historia de América desde la literatura. Como escritor me interesa asomarme al pasado y al futuro de la vida misma. Y desde mis libros aspiro a dialogar con mis lectores de frente sobre temas de política, religión, sociedad, etc.

Los reconocimientos

Tengo la fortuna de haber recibido numerosos homenajes en vida, que es como se deben hacer. Tengo seis doctorados honoris causa, otorgados por universidades de Estados Unidos, Argentina, Italia y tres en Colombia. Hay seis colegios en el país que llevan mi nombre, el más reciente es un colegio enorme que tiene cuatro sedes y más de cuatro mil alumnos; y es muy curioso, porque el Distrito tradicionalmente les pone nombre a sus instituciones de escritores ya fallecidos. Por lo tanto, es un triunfo de la comunidad educativa que pidió colocarle mi nombre… aunque claro, (risas) eso es como una voz de alarma para decirme que ya pronto, del más allá, me van a llamar a relación.

(...) Y cuando calle, mis libros hablarán por mí. Pero sin duda, el mejor premio que recibí es la fidelidad de mis lectores en cincuenta años de carrera literaria.

Las traducciones

De los libros publicados hay algunos traducidos al chino, al ruso, al serbocroata. Y es curioso, pero no hay un libro mío, que yo sepa, traducido al inglés o al francés.

‘La rebelión de las ratas’

Ese es mi libro más conocido, pero tengo veinticinco o treinta novelas más importantes que esa en todo sentido. Lo que pasó y sigue pasando, es que los profesores de español y literatura son muy perezosos y se quedaron anclados en la lectura de un solo libro de mi autoría. Ese es un buen libro, claro que sí. Para escribirlo me convertí en minero por mucho tiempo. Y sin duda, es mi libro más traducido y más editado. Se ha convertido en un símbolo y un motivo para hablar sobre la justicia social. Ahora hay un grupo de profesores de la Universidad Nueva Granada, donde trabajé en estos últimos años, que tienen el proyecto de hacer una edición especial de ese libro en asocio con la editorial Panamericana, que tiene los derechos, con testimonios de mineros de carbón de todo el mundo.

El libro más autobiográfico

Cada escritor es un mundo, y cada libro es una manera distinta de ver el mundo. La Demonia, un libro que habla sobre la prostitución de los medios de comunicación, es sin duda el libro que más se parece a mí.

Sobre la educación

La educación de antes era un monólogo espantoso y la de ahora un diálogo constructivo entre profesor y alumno. En educación hemos avanzado bastante, pero nos falta muchísimo. Hace poco el Congreso aprobó que se incorporara la Cátedra de la Paz. Yo estuve abogando por eso durante muchos años, y hace falta todavía otra cátedra que se llame “la cátedra del amor”. Un estudiante puede ser especialista en botánica, pero si no sabe de la paz ni del amor, es una amenaza social.

La enseñanza de la literatura

Usar la literatura para enseñar gramática es un error gravísimo. La gramática es una ciencia como las matemáticas… Y la literatura es todo lo contrario, una invitación a romper todos los moldes. Recuerdo que en mi cuarto año de primaria me pusieron a leer la página catorce de La marquesa de Yolombó para buscar en ella los adverbios de tiempo y de modo. ¡Espantoso! Es un error terrible.

Para jóvenes escritores

El que no lea jamás podrá escribir ni siquiera una carta. Yo no tengo ni idea de ninguna norma gramatical u ortográfica, pero en mis páginas no cometo un error porque aprendí a escribir leyendo. Fui lector precoz, y hasta hace poco, lector de dos libros semanales. Escribir es posible y es una cosa absolutamente maravillosa. Siempre que empiezo un nuevo libro considero que no he escrito nada antes de ese libro, porque cada experiencia es nueva y extraordinariamente rejuvenecedora.

Los editores

No permití nunca que un editor le quitara una coma a un libro mío. Mi primera novela Los bienaventurados ganó un premio mundial en Madrid, en 1960, y me dijeron que le iban a poner un corrector de estilo y les dije: “Renuncio al premio”. Los correctores de estilo me merecen todo el respeto imaginable, pero no tolero uno ni siquiera a treinta kilómetros de distancia.

La muerte

Morir es lo más cierto de la vida. Pero no es justo que para llegar a la muerte se obligue a los seres humanos a un sufrimiento desmedido. ¿Qué sentido tiene el dolor? Ninguno: es absurdo, es abusivo, es una maldición que no debe caerle encima a una persona indefensa. Morir debería ser, para el que muere, tan fácil como nacer, para el que nace. Después del nacimiento queda el milagro maravilloso de la vida. Después de la muerte, ¿qué? ¿Y para qué esa antesala pérfida y sádica del dolor? Me ha tocado (no en suerte; tampoco sé si en desgracia) una de esas enfermedades irreversibles y perversas. Pero voy a vivir hasta el último instante, hasta el aliento final, hasta el postrer destello. ¿Después? No sabremos, nunca sabremos, si habrá un después.

MARCO A. VALENCIA CALLE
Especial para EL TIEMPO
E-mail: valenciacalle@yahoo.com
Twitter: @valenciacalle

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