2015, un terrible año para Dilma Rousseff

2015, un terrible año para Dilma Rousseff

Escándalo de corrupción en Petrobras, crisis económica y un desastre ambiental enlodan su gestión.

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05 de diciembre 2015 , 06:52 p. m.

El lunes pasado la Nasa divulgó fotografías satelitales de la desembocadura del río Doce, en el litoral de Espirito Santo, en Brasil. Las imágenes mostraban una mancha gigantesca entrando en el mar, una mezcla de barro con residuos tóxicos.

La masa de color marrón, proveniente de la rotura de dos presas en una mina del interior del país, es el resultado de un desastre natural sin precedentes que sirve como fotografía de la situación del país, sumada a un torrente de malas noticias que han repercutido en el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff.

Al día siguiente, martes, la realidad arrojó más desechos: los datos económicos del tercer trimestre. La contracción de 1,7 por ciento destrozó las previsiones aun más negativas y elevó a depresión la tendencia recesiva de los últimos meses. Hoy, el PIB brasileño es un 4,5 por ciento menor que el de hace un año.

Parecía difícil aumentar las tribulaciones de Rousseff, pero en esas llegó el miércoles y el mundo se detuvo. El anuncio del presidente del Congreso, Eduardo Cunha, de que aceptaba el pedido de impeachment (proceso de destitución) contra Rousseff confirmó el annus horribilis de la Presidenta. Y aun así, asomó la cabeza para defenderse.

“Son acusaciones inconsistentes. No existe ningún acto ilícito practicado por mí, no recae sobre mí ninguna sospecha de desvío de dinero público”, dijo en una comparecencia inesperada, luego del anuncio de Cunha. Fuentes del palacio de Planalto aseguran que la mayor indignación de Rousseff es porque se cuestione su honestidad.

En eso coincide alguien que conoce a la Presidenta desde hace 40 años, su exprofesor en la Universidad Luiz Gonzaga Belluzzo, economista de referencia en Brasil. A su juicio, “ella es incorruptible, tiene una personalidad muy recta. Tanto que a veces le falta un poco de flexibilidad política. Pero de que es incorruptible no hay duda”.

La idea de un ‘impeachment’ hubiera parecido ciencia ficción si se augura el primero de enero del 2015. Ese día Rousseff tomaba posesión por segunda vez, recordando lo que había avanzado en octubre, cuando fue reelegida con el 51,64 por ciento de los votos: “Quiero ser una presidenta mucho mejor de lo que he sido”. Pero de buenas intenciones no se vive, así que pasó el carnaval, y con él el fin del verano brasileño, también en sentido figurado. A partir de marzo vino la cuesta abajo: la corrupción rampante en Petrobras empezó a ser castigada con operaciones sucesivas que incluyeron detenciones –hasta entonces inimaginables– de los mayores empresarios y contratistas del país, apellidos nobles que hoy intentan zafar de sus penas pagando grandes multas a la Fiscalía: el presidente de la constructora Andrade Gutierrez abonará unos 250 millones de dólares por obtener la libertad condicional, además de colaborar con la justicia para incriminar a políticos que participaban de los sobornos. He aquí una consecuencia de la corrupción que ha arrastrado a Dilma Rousseff al borde de la destitución, pues si bien no solo caen presos miembros del Partido de los Trabajadores (PT) o afines al Gobierno, se ha entendido que Petrobras se ha hundido en los años de gobiernos del PT y que ella, Rousseff, es responsable directa.

Por todo ello, en marzo y abril se vivieron grandes jornadas de protesta contra su figura. Convocadas por colectivos nacidos al calor de las redes sociales y alineados con la derecha del espectro político, consiguieron atraer a ciudadanos de toda condición, llevando a casi dos millones de personas a las calles en una sola jornada. Frente a los cacerolazos y gritos que pedían su destitución, ella declaraba que “no puede ser que no se acepten las reglas del juego democrático. Las elecciones acabaron, hubo primera y segunda vuelta. No puede haber una tercera”.

Pero pasaban los meses y se reproducían las protestas, sin la fuerza de marzo pero con gasolina suficiente para amplificar lo que ya reflejaban los sondeos de popularidad. Nunca un presidente había tenido un seguimiento tan negativo desde los tiempos del destituido Fernando Collor de Melo, a inicios de los noventa: Rousseff se ha movido todo el año entre el 8 y el 10 por ciento de aprobación. En un intento de dar estabilidad política, en octubre anunció una reforma ministerial de gran calado, también para ofrecer una imagen más austera, al recortar el número de carteras. No había dinero en la caja, el país entraba en recesión técnica y la sociedad pedía gestos. Ante todo esto, cabe la pregunta: ¿es Dilma la culpable de todos los males de Brasil?

“A ella más bien le explotó todo en las manos este año”, opina Belluzzo. “A finales del año pasado hubo un choque de tarifas, la inflación subió a casi el 10 por ciento y el desempleo aumentó. Es difícil que esas variables puedan retroceder a corto plazo”, añade.

Para rematar el desaguisado, el Tribunal de Cuentas reprobó también el balance del Gobierno referido al ejercicio pasado, por irregularidades fiscales. Era la primera vez que lo hacía en casi 80 años, y podía desembocar en una solicitud de destitución. Al mismo tiempo, la Presidenta ya venía jugando una partida de cartas a todo o nada con el presidente del Congreso, Eduardo Cunha, del PMDB, primero aliado, luego amargo compañero de viaje y finalmente opositor declarado y llave del impeachment. Acorralado por las acusaciones de corrupción y abandonado por el PT, el miércoles Cunha anunció que aceptaba un pedido de ‘impeachment’ contra la Presidenta, para completar la peor semana del peor mes del peor año para Dilma. Los analistas coincidían en meses pasados en que si Rousseff lograba terminar el 2016, sería infinitamente más tranquilo. Pero el 2015 se le quedó largo. Y lo más grave: para ella no ha terminado.

Quiere que sea rápido

Dilma Rousseff quiere acelerar el procedimiento de ‘impeachment’, preocupada por la ingobernabilidad y la tormenta perfecta que atraviesa el país. “Por la salud de la democracia, debemos defenderla contra el golpe”, dijo la mandataria izquierdista, expuesta a un juicio político.

ARTURO LEZCANO GONZÁLEZ
Para EL TIEMPO
Río de Janeiro.

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