De Peñalosa a Peñalosa: 15 años después / Voy y vuelvo

De Peñalosa a Peñalosa: 15 años después / Voy y vuelvo

Llegó la hora del alcalde electo empiece a pensar en cómo lidiar con los nuevos tiempos de Bogotá.

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05 de diciembre 2015 , 06:14 p.m.

Auguro que en tiempo relativamente corto la popularidad del alcalde electo, Enrique Peñalosa, podría estar bordeando el guarismo del actual mandatario: 30 puntos. Pasó en su primera alcaldía (1998-2000), donde, además, por poco le revocan el mandato. Solo vino a recuperarse en el último año de gobierno, cuando superó el 50 por ciento de imagen favorable.

Pero, a diferencia del alcalde Petro, cuya popularidad se desinfló prontamente y solo encontró respiro gracias al Procurador General –que al ordenar su destitución provocó que hasta los contradictores se solidarizaran con él– el mandatario entrante tiene un motivo que explicaría ese posible descenso: su disposición a jugarse el capital político con que arranca con tal de sacar avante lo que se ha propuesto.

Peñalosa va a pisar muchos callos; reversará muchas decisiones tomadas en la última década; impondrá una agenda maratónica e imprimirá un ritmo frenético a su equipo de colaboradores. Sabe que cuatro años no serán suficientes para los cambios que ansía. Sabe que el verbo ‘hacer’ tendrá que conjugarse todos los días y a toda hora, y sabe, por supuesto, el costo que ello acarreará.

Así lo ha hecho saber ya en un par de reuniones privadas, en donde ha dejado en claro que si para conseguir un objetivo debe acudir a la cuenta personal de su popularidad, lo hará sin titubeos. Y ese sobregiro estará, no lo duden, en sus apuestas por la ALO, en las obras y peajes del norte, en TransMilenio, en el metro, en la Empresa de Acueducto y más. Y como cualquier cuenta, esta irá disminuyendo su saldo hasta que toque fondo y se acerque a la línea roja. ¿Qué puede precipitar ese escenario?

Por un lado, la forma como Peñalosa maneje el discurso de las realizaciones y la filigrana con que teja las relaciones con el Concejo, es decir, con los partidos políticos allí representados, ávidos de puestos tras cuatro años de sequía. Porque están pidiendo el oro y el moro, y están mostrando los dientes cual homínidos en busca de alimento.

Ahora bien: una cosa era el Peñalosa que gobernó en 1998 y otra el que tendrá que hacerlo a partir del 2016. Han pasado muchas cosas desde entonces y es allí donde radica el verdadero desafío para el nuevo timonel de la ciudad. Hace 15 años, el exmandatario heredó una alcaldía sin los apremios de hoy; la ciudad no registraba tanta división, las arcas no estaban tan comprometidas, se le facilitó armar un gabinete de lujo –hoy le ha costado más trabajo–, el Concejo era más controlable y la ciudadanía menos explosiva.

Es cierto, Peñalosa tampoco es el mismo: llega con la aureola de gran urbanista que no exhibía entonces, de ‘salvador’ de la ciudad, el que impondrá el orden. Pero cuidado: los ciudadanos de hoy tampoco son los de ayer. Buena parte de ellos pertenece a otra generación y concibe la política de forma distinta. Son más pesimistas, desconfiados y menos tolerantes. Y a ello contribuyó, en gran medida, la izquierda.

Baste recordar que hace quince años internet no tenía el poder de hoy, no existían Google ni Twitter, ni Facebook, las influyentes redes sociales del momento; ni los blogueros, ni los youtubers, ni se ensañaban contra un mandatario como se hace hoy con solo ‘viralizar’ una declaración, una imagen, una acción del pasado o una propuesta del presente. Entender este nuevo ciudadano será más importante que cualquier acción de gobierno que se quiera emprender, porque habrá millones de ojos esperando esa oportunidad.

Hace quince años, el nuevo alcalde no heredó lo que heredará del que termina este 31 de diciembre: un cúmulo de decisiones tomadas de manera estratégica para hacer, por lo menos, más difícil su gobierno: los jardines infantiles que invaden la ALO, el chicharrón del SITP, la suerte de San Victorino, la peatonalización inconclusa de la Séptima, el futuro de los recicladores y el nuevo esquema de aseo; las normas en torno a los cerros, la que permite construir sin límite de altura, la incertidumbre de los colegios por concesión, el deprimido de la calle 94 –toda una administración sin poder resolver semejante entuerto–, el metro subterráneo, la infame burocratización del Acueducto... Y falta sumar las voces críticas que desde ya piden espacio para empezar a tallar la gestión del nuevo gobierno, que no son pocas.

Así las cosas, Peñalosa tendrá que hacer rimar su verbo favorito –hacer– con el preferido por la gente: comunicar, comunicar, comunicar.

Hace quince años, la palabra menos apetecida por el hoy alcalde electo era ‘conciliar’. Pues bien, llegó la hora de que empiece a pensar en cómo lidiar con los nuevos tiempos. Tiene a su favor que la gente le dará un compás de espera, que confiará en su experiencia y prestigio y que está dispuesta a ayudar si se lo permiten.

De lo contrario, que se prepare para familiarizarse con el nuevo lenguaje de los ciudadanos de a pie, dispuestos a ‘trollear’ o a generar ‘twitterstorms’ que le puedan amargar más de un rato. Y que se juegue su capital político, para eso es, para gastarlo, no para hacer politiquería, quien quita que, como antes, el fruto de su trabajo se vea recompensado en el último tramo de gestión.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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