Editorial: Las verdades del plebiscito

Editorial: Las verdades del plebiscito

Cuanto más sólida la convicción de los votantes, más robusta será la paz que se construya.

04 de diciembre 2015 , 07:54 p.m.

Todo apunta a que el presidente Juan Manuel Santos podrá cumplir su promesa de darle al pueblo colombiano la oportunidad de pronunciarse sobre los acuerdos que se alcancen en La Habana antes de que estos entren en vigencia. La inminente aprobación en el Congreso –está pendiente la conciliación entre los textos que hicieron tránsito en Senado y Cámara– de la ley estatutaria que despeja el camino de un plebiscito lo deja muy cerca de honrar su palabra. Solo resta el control de constitucionalidad, a cargo de la Corte.

De entrada, hay que decir que un referendo que obligaba a incluir cada uno de los ítems –de forma individual– de un texto que puede superar las 200 páginas es inviable. También lo es una asamblea constituyente como instancia de refrendación, en tanto esta supone una nueva negociación. De ahí que solo restaba un plebiscito, que permite una dinámica similar a la que se utiliza en el Congreso de Estados Unidos para la aprobación de tratados de libre comercio, denominada ‘vía rápida’. Aquí el Legislativo no entra a discutir cada uno de los puntos, sino que se pronuncia sobre el conjunto del acuerdo logrado.

Sin embargo, y como ya lo planteamos, esta ruta no está libre de riesgos. El primero, el precedente que se crea. Por ello se debe enfatizar una vez más que no solo estamos ante una situación verdaderamente excepcional que la amerita –así como lo ha argumentado el Gobierno–, sino que su articulado ha de ser muy claro, como hasta ahora lo es, en que los cambios que introduce para la herramienta del plebiscito solo serán válidos para esta ocasión, sin duda especial.

El segundo, que la cantidad de votos que obtenga el ‘sí’ sea suficiente para superar el nuevo umbral –unos 4,4 millones de sufragios–, pero que lo haga de manera tan apretada que termine por afectar seriamente la legitimidad de este paso y, en consecuencia, de todo el proceso. Por tanto, el reto que ahora tiene ante sí el Gobierno, que no estaba obligado a buscar tal refrendación. Deberá sacarle el máximo provecho posible, hacer una campaña impecable, contundente, a fin de que, más que un triunfo del ‘sí’, lo que se consiga sea un hecho político de gran envergadura, fundamental para consolidar el terreno firme en el que se planten las bases de la paz que se construirá luego de que se estampen las firmas en el acuerdo final.

Es bueno aclarar, como lo hizo esta semana el primer mandatario frente a una eventual aprobación de los acuerdos, que estos no se implementarán automáticamente al ordenamiento jurídico. Será necesario el trámite de leyes y reformas constitucionales que permitan introducirlos. Así mismo, que, de triunfar el ‘no’, por el carácter vinculante del plebiscito, el documento que contenga lo pactado con las Farc deberá ser archivado, y será preciso barajar y recomenzar en caso de persistir en la búsqueda de una salida por la vía negociada.

Queda claro el desafío para el Gobierno: una labor pedagógica que se traduzca en una movilización masiva que le dé su aval a la paz. Para ello debe hacer una pausa y darle un revolcón a más de un aspecto de la manera como hasta ahora ha comunicado los logros del proceso. Cuanto más sólida la convicción de quienes acudan a las urnas, más robusta será la paz que se construya.


editorial@eltiempo.com

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