Cafés bogotanos, historia y nostalgia reunidas en un libro

Cafés bogotanos, historia y nostalgia reunidas en un libro

'El impúdico brebaje. Los cafés de Bogotá 1866-2015' reúne relatos sobre estos establecimientos.

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03 de diciembre 2015 , 11:35 p.m.

No parecía ser el público que asiste de manera habitual a lanzamientos de libros. Y no lo era. Se trataba de personas vecinas de la localidad centro de Bogotá y propietarios o administradores de cafés de ese mismo sector, que llevan un par de años conociéndose gracias al programa ‘Bogotá en un café’, que creó el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural en septiembre del 2013.

Y la ocasión era la mejor para el reencuentro en el famoso y tradicional Salón Florida: la presentación del libro El impúdico brebaje. Los cafés de Bogotá 1866-2015, publicación del instituto para reunir, en casi trescientas páginas, a veinticinco escritores y escritoras que relatan su experiencia o la de otros, cuentan anécdotas, recrean épocas, describen a personajes y a grupos que vivieron o viven en los cafés bogotanos.

Unos cafés que no tienen la magnificencia ni los años de, por ejemplo, el café New York, de Budapest; del Deux Magots o Café de Flore, de París; del Gijón, de Madrid, o del Tortoni, de Buenos Aires, pero sí encierran en sus paredes tanta historia como aquellos, o más.

Los cafés del mundo entero tienen la misma procedencia, distintas épocas, eso sí: salones que nacieron desde mediados del siglo XIX y vivieron su esplendor en la centuria pasada. Esos encopetados salones de añejas ciudades europeas y de la sin igual Buenos Aires, son parientes directos del Windsor, el Automático, el Cisne o el San Moritz y tantos otros que fueron residencia alterna, por años, de poetas, escritores, políticos, estudiantes, periodistas y hasta hombres de negocios en Bogotá, pero también fuera de ella, como El Globo y la Bastilla, en Medellín, o El Bodegón, de Barranquilla.

Cada ciudad y población colombiana tienen uno o más de uno, porque los cafés son los tradicionales espacios de encuentro, de conversación e intercambio social, de juego de billar, temas en los que los colombianos somos especialistas, a pesar de todo.

La escritora alemana Brigitte König, en su interesante ensayo ‘El café literario en Colombia: símbolo de la vanguardia del siglo XX’, trae a colación las palabras del expresidente Alberto Lleras Camargo, entre otros.
“En esos cafés, recintos casi sagrados de mi juventud, consumí muchas más horas que productos de los humildes negocios (...). Se tomaba, desde luego, café, mucho café, negro y amargo; además (...), algunos licores fuertes, whisky, brandy, ron o aguardiente; o grandes jarras de cerveza negra o rubia, que llegaban en toneles... Aquello era barato, al alcance de nuestra pobreza...”.

Y a Germán Arciniegas, que en un artículo en este diario escribió: “Lo del Windsor no se repetirá jamás. Ni tiene nada que ver con los cafés de París o de Viena. Es el café de los hombres solos, que no se quitaban el sombrero y recitaban sonetos, consumiendo tinto o sifón, mientras en la calle rueda el tranvía de mulas, sube el Partido Liberal y, para no romper la costumbre bogotana, llueve a cántaros y se muere de frío”.

De los recuerdos de Lleras y Arciniegas nada o poco queda. Pero no por esto los escritores convocados por Mario Jursich Durán, editor de El impúdico brebaje, rehusaron la tarea.

La historia de los cafés bogotanos ha sido tratada en tesis de grado, ensayos e investigaciones, entre las que sobresalen ‘Los cafés de Bogotá. Historia de una sociabilidad’, de Camilo Andrés Monje, o ‘Cafés y tertulias literarias’, de Ricardo Rodríguez Morales, y sigue habiendo tema, como lo mostraron los autores de este libro.

Revitalizarlos

Para comenzar este recorrido, el primer artículo es de María Eugenia Martínez, directora del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, en el que ubica el proyecto ‘Bogotá en un café’, dentro del plan de Revitalización del Centro de Bogotá. El programa buscó, a través de tertulias, conciertos, 'performances', lecturas de poesía y otras actividades culturales, reunir a los habituales clientes de los cafés del centro de Bogotá, a sus dueños y gerentes, y a quienes aceptaron su invitación, para revitalizarlos.

Una de las primeras tareas fue levantar un censo de los cafés del centro de Bogotá y ayudar a la conservación de muchos de los que se hallaban en mal estado. La idea es ampliar este censo y el programa a las localidades de la ciudad. No hay barrio donde no exista un café, cafetería o similares, alrededor de los cuales se den cita los vecinos.
Se pueblan las páginas del libro con recuerdos, anécdotas, historias y relatos, como el del escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez, quien cuenta cómo los cafés han sido importantes actores en sus novelas gracias a ese ambiente que vivió por años, siendo estudiante desertor de Derecho en la Universidad del Rosario, cuando cambió el pupitre del aula de clase por un asiento en el café El Pasaje.

Al volverlo a habitar, su relato es tan preciso que no deja de recordar el fétido olor y el mal estado de los orinales, en esa época en la que se hizo cliente habitual y cuando devoró la obra de Cortázar, Borges y Vargas Llosa, casi sin respirar. Quería ser uno de ellos. Al regresar a El Pasaje, lo encontró muy similar, pero ya con baños para hombres y mujeres, y sin los olores de antaño.

‘Mire, pero no toque. O toque, pero no tanto’, crónica de Isabella Portilla, es el recuento sobre las coperas de los cafés bogotanos y de muchos cafés del país, quienes, además de las propinas de los clientes, ganaban por las copas de más que hacían beber a esos clientes, que las consideraban sus amigas, camaradas, confidentes y las visitaban día de por medio.

Mujeres que fueron de las pocas que habitaron los cafés. En los años treinta o cuarenta del siglo pasado era una osadía que una mujer “decente” pisara un café, y todo un acto de ruptura que departiera de tú a tú con sus cotidianos clientes.
Esta faceta la describe, con lujo de detalles y anécdotas increíbles, la periodista Camándula, quien cuenta cómo su tía Emilia Pardo Umaña, la primera mujer que se sentó en la redacción de un periódico, fue tal vez, también, la primera mujer en sentarse en los cafés de la avenida Jiménez con carrera 7.ª, donde florecieron muchos de ellos por su cercanía con los principales periódicos, las oficinas de abogados y las universidades.

Emilia era una tertuliana más. Departió con sus compañeros periodistas del vespertino El Espectador y con los colegas de El Siglo y EL TIEMPO (que serían también sus compañeros de trabajo años más adelante), con los políticos, los escritores, poetas e intelectuales, abriéndoles las puertas, de par en par, a otras mujeres que, como ella, fueron clientas sin prejuicios de esos establecimientos en los que se ‘cocinaron’ importantes proyectos creativos y políticos y se rajó de los pocos notables que no hacían parte de la clientela de los cafés.

Felipe Martínez Cuéllar recrea en su crónica acontecimientos vividos en El Automático, café que se asocia siempre con el poeta León de Greiff y con todo el grupo de Los Nuevos, y que el autor extiende a ese puñado de noveles artistas visuales que encontraron en sus mesas espontáneos críticos que bendecían o maldecían sus obras.

La crónica de Carlos Granés da cuenta de la fundación ya no de un café, sino de una chocolatería que se ha asimilado a los cafés, como fue La Florida, creada por su abuelo y su padre, en la calle 20 con carrera 7.ª, en 1936. Hoy sigue en pie en un local ubicado una cuadra al norte. Ese local, que vendía panes y bizcochos con recetas europeas y, claro está, café y mucho chocolate con tamal, es otro de los sitios emblemáticos de ese centro de Bogotá del que ya quedan pocos lugares con tanta historia reunida.

José Luis Díaz Granados, Juan Esteban Constaín, Eduardo Escobar, Ricardo Silva Romero, Darío Jaramillo Agudelo, Jaime Andrés Monsalve, Marcela Cuéllar, Nubia Esperanza Lasso, Katerine Ríos y muchos más escritores conocidos, y otros no tanto, recrean esa atmósfera de los cafés de antaño que ha renacido no solo a expensas del instituto, sino, tal vez también, casi sin buscarlo, con los cafés Juan Valdez, que se vienen extendiendo por algunas zonas de Bogotá, reviviendo la costumbre de tomar un buen tintico a cualquier hora del día.

Ese ayer de los cafés no podría estar completo sin el recuerdo gráfico. 'El impúdico brebaje. Los cafés de Bogotá 1866-2015' trae una completa galería de fotografías de los mejores fotógrafos de ayer y de hoy, como la que abre el libro del inolvidable Sady González, en la que muestra el también inolvidable café La Cigarra, de 1944, y cierra con un reportaje gráfico sobre la preparación del café de la fotógrafa palmireña Margarita Mejía.

Nostálgico y actual. Realidad y ficción. Jóvenes y veteranos. Mujeres y hombres. Conjunción de historias y saberes aglutinados en este libro, para leerlo y mirarlo saboreando una buena taza de café en alguno de los viejos o nuevos locales que cada quien encontrará a la vuelta de la esquina de su casa.

Myriam Bautista
Especial para EL TIEMPO

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