Carta abierta al general Javier Alberto Flórez Aristizábal

Carta abierta al general Javier Alberto Flórez Aristizábal

Javier Flórez escribió una carta a su padre luego de que militares en retiro criticaran su labor.

03 de diciembre 2015 , 09:27 p.m.

Javier Andrés Flórez, hijo del general Javier Flórez Aristizábal (jefe de la subcomisión técnica del Gobierno en los diálogos de paz con las Farc), le escribió una carta a su padre luego de que su labor fuera criticada por algunos militares en retiro.

Carta abierta al General
Javier Alberto Flórez Aristizábal.

Padre, los cuatro soles relucientes en tus hombros reclaman la verdad sobre una vida de sacrificios y entrega absoluta a tus Fuerzas Militares. Lo hacen con fervor porque la infamia muchas veces logra su objetivo, haciendo que los grandes hombres se vean volcados a un final impensable de ostracismo de la historia. Aun recuerdo tu llegada a nuestra casa, hace apenas unos pocos meses, con el rostro estupefacto, preocupado, analítico, pero que se transformó en uno convincente y decidido cuando de tu boca salieron las palabras que todos estábamos esperando: 'me han encomendado una nueva tarea, y estoy dispuesto a aceptarla por mis hombres y por Colombia'.

Para mi madre, para mis hermanas, para tus nietos y para mí, esto significaba posiblemente otra sacrificio, de esos a los que la vida ya nos había acostumbrado. Un nuevo traslado a algún lugar recóndito del país, a un territorio donde tu presencia se hacia indispensable. Pero ninguno de nosotros pudo prever que esta nueva misión, era posiblemente la más difícil de tu vida. A mi personalmente no me sorprendió, porque a pesar de que te has caracterizado por ser ante todo un militar "tropero", es decir, un hombre de armas que se ha dedicado a defender a Colombia de los embates del terrorismo, eres también un hombre de consenso, que reconoces en el otro la posibilidad de llegar a acuerdos allí donde pocos están dispuestos a tratarlo. No en vano, tus superiores, tus compañeros y tus subalternos te estiman por la calidad de ser humano que eres.

Esas virtudes te han convertido en un modelo a seguir para muchos, empezando por quien aquí escribe. Se que nuestra relación ha estado marcada por la ausencia. Una realidad de la que ninguno de los dos es responsable, pero que siempre estuvo allí como la más ingrata de las compañeras. No sé qué es jugar fútbol contigo, o charlar sobre asuntos que solo los hombres entienden. A pesar de ello, jamás me quejé o quise convertir eso en un problema, y no lo hice porque sabía que tenía que compartir a mi padre con el resto de los colombianos. ¿Cómo ser tan egoísta de querer tener a mi padre a mi lado, cuando su misión era librar batallas para garantizar la seguridad de nuestro país?

Incluso aún hoy me acuerdo cuando ya estabas próximo a ser ascendido a general, que todos esperábamos en el comedor de la casa tu llamada para saber tu nueva asignación. Contábamos con que por fin podríamos estar en una ciudad capital, como normalmente sucede con los generales, como comandantes de Brigadas Territoriales. Medellín, Cali, Bucaramanga o Neiva eran sueños rebosantes en nuestras esperanzas; pero el destino te tenía guardado para otra misión, ibas como comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra), unidad insigne del Ejército Nacional, ubicada en la Serranía de la Macarena. De nuevo, la lejanía sería tu destino y la paciencia nuestro paradigma.

Toda tu vida ha sido de sacrificios invaluables, de experiencias impensables, de éxitos rotundos, de pérdidas tristes y dolorosas. Tu eres un héroe para todos nosotros y por ello este nuevo reto será uno más donde tus convicciones se impondrán a las dificultades e inclusive a los tristes momentos de celos institucionales. Padre, piensan mal quienes creen que estás allí esperando algo a cambio. ¿Qué más puede querer un General de cuatro soles, que le ha dedicado 39 años a su institución? Solo los mezquinos pueden pensar algo semejante. Te he escuchado decir muchas veces que ya es hora de dedicarte a tu finca, a tu familia, a nosotros, y estoy convencido que estas aplazando ese momento por la convicción que tienes de aportarle en este tramo de tu vida a la construcción de la paz en este país.

No te conocen aquellos que hablan de traición a tu ejército o a tus Fuerzas Militares, cuando es precisamente lo contrario. Te estás sacrificando, incluso poniendo en riesgo tu reconocimiento personal, por aportarle tu experiencia al proceso de paz y buscar la mejor manera de lograr ese objetivo nacional sin menoscabar el honor de la institución castrense.

Flaco favor le hacen al país quienes te atacan por haber aceptado este reto. Resulta descabellado pensar que para nuestras Fuerzas Militares, esas por las que tanto has sacrificado, es mejor que no estén miembros de la institución en La Habana. Precisamente la historia nos ha enseñado que cuando se decidió no ser parte de esos espacios entre el poder civil del Estado y los grupos insurgentes, terminaron los últimos siendo unos privilegiados en las urnas y en los cargos del Estado, mientras que los militares terminaron rezagados en el olvido o, peor aun, en cárceles por procesos judiciales muchas veces injustificados y vergonzosos. Eso no puede volver a ocurrir, y la presencia de ustedes en la mesa de diálogo, ya sea como negociadores plenipotenciarios o, en tu caso, como cabeza de la subcomisión técnica, se convierte en una garantía para la institución castrense.

Tu convicción de hombre de armas y tu honor militar son muestras concretas de que no estás dispuesto a ceder en los asuntos que se convierten en esenciales para la Fuerza Pública. Es allí, donde tu presencia resulta esencial.

Soy testigo excepcional de tu interés genuino en aportar sinceramente al fin del conflicto. Tus largas horas de lecturas académicas, tus permanentes reuniones con actores clave para el proceso, tu búsqueda de consensos al interior de la Fuerza, pero sobretodo tu optimismo a pesar de las evidentes dificultades, son muestras fehacientes de tu compromiso institucional. Solo quien ha estado en el fragor intenso de la guerra, sabe que este es el mejor camino para acabarla.

Hoy me siento aun más orgulloso de ti, de tu convicción, de tu genuino interés por alcanzar este objetivo nacional. Y lo hago porque las palabras de un General (r), como lo es Harold Bedoya Pizarro, del que siempre has hablado con respeto, admiración y reconocimiento, no pueden desdibujar una carrera llena de éxitos y de sacrificios personales y profesionales. Desconozco al hombre que habló en ese programa, que insultó a las instituciones que juró defender hace más de 5 décadas, que no esgrimió argumentos, sino juicios de valor dolorosos y falaces. Ese hombre al que tu me enseñaste a respetar por quien era y por lo que representaba en la institucionalidad militar. Y así lo haré ahora, porque su juicio de valor equivocado y lleno de odio, no va a provocar en mí ninguna reacción distinta al respeto que merece, respeto que sin duda no tuvo contigo, con nosotros, ni con la fuerza pública. El honor se ejerce, se practica, no solo se murmura en discursos o entrevistas.

Sigue adelante, apuéstale a la paz a pesar de todas estas dificultades que solo pocos conocen. Avanza sin descanso, con la sobriedad que te ha caracterizado, sin protagonismos a pesar de que muchos te quieran endulzar el oído. Recuerda lo que me dijiste hace unos días, cuando me contaste que muchos querían entrevistarte, que fueras noticia, y siempre has dicho que no, porque tu único interés es el que te asiste para lograr el mejor acuerdo técnico en la materia.

Deja a los confabuladores, confabular; a los aduladores, adular; a los ingratos, olvidar; y a los difamadores, difamar. Nada de eso te debe trasnochar. Las humillaciones, incluso al interior de nuestras amadas Fuerzas Militares, son solo parte del camino necesario para el objetivo de un país es paz. Tu vales más que eso. Que los cantos de sirenas sigan su curso y que los zalameros del poder y el reconocimiento vayan detrás. Su legado será pasajero. El tuyo probablemente eterno.

Te esperamos acá, en nuestra casa, al lado de la chimenea, para que podamos finalmente, cuando así lo desees, comenzar a disfrutar de la vida en familia que hemos aplazado incansablemente. Eso sí, ojalá en un país en paz.

Tu hijo,


JUSTICIA

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