Diciembre

Diciembre

Solo este culto impensado, el consumismo, ofrece con descuento -y en presente- el paraíso.

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03 de diciembre 2015 , 07:07 p.m.

No es el fin del mundo, sino el fin del año. Pero este centro comercial que empezó diciembre desde el principio de noviembre –esta lucha a muerte por los parqueaderos azules de las mujeres embarazadas, esta muchedumbre de endeudados atracándose a sí mismos en las cajas de los almacenes sudorosos, esta vendedora recalcitrante que quiere obligarme a “adquirir la tarjeta de crédito de la cadena” pero al toro no lo capan dos veces, este vigilante que con la mirada puesta en su hastío me exige la factura para dejarme salir de acá, esta pareja compitiendo contra esa anciana, como peleándose una solución y una dicha, por un saco de la canasta de rebajas que empezará a descoserse en un par de días, y esta fila histérica para pagar las horas de parqueo– es lo que llaman el infierno: esta Navidad que es una conspiración de todos contra todos.

Ni siquiera es el martes 1.º de diciembre. Es apenas el viernes 27 de noviembre de este 2015. Pero sálvese quien pueda, señoras y señores, porque –según me recuerda el arrinconado, forzado señor de información– “hoy estamos de Black Friday”. Que es el día siguiente al gringuísimo “Día de Acción de Gracias”. Que al comienzo fue llamado así, en los astutos Estados Unidos, pues era una resaca, pero luego, cuando empezaron a morir desafortunados e infelices de la vida real sepultados por estampidas de compradores (y a Forbes le dio por publicar textos tipo ‘Ganadores y perdedores del Black Friday 2015’), se ha dicho que su nombre se refiere a la jornada más congestionada del año. Desde 1930 ha marcado allá arriba, en fin, el comienzo no de la Navidad, sino de las compras navideñas.

Porque –no lo digo con nostalgia ni con indignación, sino con extrañeza– desde que alrededor del dinero se fue dando una religión tácita, sobrentendida, con sus propios ritos, las fiestas comienzan cuando comienzan las compras. Solo este culto impensado, el consumismo, ofrece con descuento –y en presente– el paraíso: “¡llame ya!”. Sabemos que la única manera de tenerlo todo es no quererlo; intuimos que comprar, “¡saldos 50 %!”, pocas veces es idea nuestra; sospechamos que si el consumo nos recompensara, si no estuviéramos tan hechos a la insatisfacción y aún se fabricaran abrigos que los padres pudieran heredarles a los hijos, entonces los pobres ricos quebrarían, y todos con ellos. Pero estamos en este centro comercial, consumidores consumidos, simples mortales en busca de remedio, haciendo una fila que nos iguala: “¿tarjeta de puntos?”.

Ya está aquí el fantasma de la Navidad presente. Ha llegado este diciembre –esta persona apendejada que aplaude su grito “¡Black Friday!” en las escaleras eléctricas, este gordo que por haber comido tanto se ha visto obligado a atiborrar su carro de mercado de comida de dieta, esta señora cegatona que me pregunta si yo alcanzo a ver si esas galletas de chocolate sí son libres de gluten, este hijo desleal a sus objetos que pronuncia la frase “mamá: es que este lunes es ciberlunes” sin asomos de vergüenza, este reno rutilante hecho en China para volverse obsoleto, esta pareja de toda la vida que se queja del pésimo servicio al cliente, una marca de estilo de nuestra era, a espaldas de los vendedores, y este griterío inútil en el trancón de salida del parqueadero– como una pesadilla sofocante.

Habrá que reírse: “Yuca a $ 500 por Black Friday”, puede leerse en un cartel colombianísimo, de hace ocho días, que sigue circulando por ahí. Habrá que lograr que el consumismo, que ha sido la fe de estos tiempos, no arruine nuestras relaciones ni empobrezca nuestras lecturas ni reduzca nuestras casas a canecas.

Habrá que notar, a regañadientes, una señal de esperanza: que la familia del año pasado es la misma de este.


Ricardo Silva Romero

www.ricardosilvaromero.com

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