Un Santa Fe ordenado le empató a Huracán y sueña con la Suramericana

Un Santa Fe ordenado le empató a Huracán y sueña con la Suramericana

Logró un 0-0 en Argentina y quedó a 90 minutos del título. Debe ganar en Bogotá.

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02 de diciembre 2015 , 08:49 p. m.

El Huracán no fue tormenta. No arreció como se presentía. No sopló lo suficiente como para arrollar a Santa Fe, que le puso el pecho a cada ventarrón y salió de Argentina airoso, entero, ilusionado. Santa Fe fue por un buen resultado y lo logró con un 0-0 en el juego de ida de la final. Ahora mira la Copa Suramericana mucho más de cerca, le falta poco para llevársela, le falta ganar en Bogotá.

Huracán comenzó con mucha fuerza, soplando, arrinconando a los santafereños, pero lo que parecía que sería una tormenta endemoniada y furibunda se fue volviendo un vientecito tibio, liviano. Inofensivo.

Santa Fe se defendió bien. A eso fue a Argentina. Aguantó esos ataques, que fueron constantes pero que no eran letales. Huracán fue como un remolino que va perdiendo fuerza, que se va desvaneciendo enfrentado a una muralla casi impenetrable, con dos guerreros de acero como Mina y Meza, que dieron cada batalla.

Solo hubo una real amenaza para los cardenales, el atacante local, el ‘9’, Ramón Ábila, quien, exhausto, agotado, se cansó de pelear todo el partido solo contra el mundo, contra aquella muralla. Ábila fue un verdugo solitario. Es un delantero corpulento, de esos que incomodan, que reciben de espaldas y no hay forma de desarmarlos, que se giran ayudándose de su enorme espalda y ganan, y rematan. Así intentó de pierna zurda, de derecha; mandó cada remate violento que se le fue por arriba, por un lado; el único que realmente tuvo dirección al arco se lo atajó Róbinson Zapata. Fue una amenaza constante pero solitaria. Un peligro para tener en cuenta en Bogotá.

Pero que no se piense que Santa Fe fue a Argentina solo a defenderse, a meterse debajo de su arco y aguantar el ventarrón del persistente Ábila. No. Luego de los primeros 15 minutos, el equipo colombiano se liberó. Se dio cuenta de que ese Huracán amainaba. Entonces comenzó sus expediciones al arco rival, lentas, seguras, peligrosas, cuidadosamente elaboradas, como para no fallar.

El estadio, que no callaba, que bramaba con ese rabioso acento argentino, tuvo un leve instante de quietud, de silencio. Fue un segundo en el que debieron sentir que el Huracán se les volteaba. Luis Manuel Seijas luchó un balón dividido, lo ganó, levantó el rostro y encontró un compañero, puso la pelota en el área, directo a la cabeza del ecuatoriano Daniel Angulo, que quiso ser el héroe de la noche, de la final. Metió un frentazo perfecto. Era pelota de gol, el de la victoria, justo para que el delantero exorcizara los otros goles errados, las críticas... Pero su remate, increíblemente, como si los vientos que rondaban aún en la noche argentina hubieran acariciado la pelota, se desvió levemente y golpeó en el travesaño. Esa pelota tronó cuando se estrelló allí, tan fuerte como el clamor local, como el lamento visitante. El siguiente soplido en el estadio debió ser el del alivio que salió de la boca de esos fanáticos incrédulos, pasmados.

Fue la jugada más emocionante de la primera final, y con ella Santa Fe demostró que tenía armas. Y se fue tomando confianza en la cancha. Seijas, fingiendo ser el ‘10’ que no es –Omar Pérez estaba en el banco–, se metió en la mitad del campo, empezó a crear, a pensar. Metió un remate violento que hizo volar al portero Díaz. Le hizo un pase milimétrico a Angulo, que no llegó al balón. Se volvió importante.

El partido fue, entonces, un poco más abierto, como reclamaba la final de la Copa Suramericana, con dos equipos sigilosos, con Huracán metiéndole todos los balonazos posibles –uno, dos, cinco, todos– a Ábila; con Santa Fe buscando a Wilson Morelo, que no pasó inadvertido, pero que tuvo una marcación asfixiante y no brilló.

Por eso los balones buscaban a su compañero, a Angulo, que en la segunda parte tuvo su otra gran oportunidad de gloria, para resarcirse, para desafiar aquella brisa que le desvió la pelota del primer tiempo. Baldomero Perlaza fue quien lanzó un centro al área, justico a la cabeza de Angulo, que definitivamente quería ser el héroe, pero que no fue ni Angulo. Cabeceó mal, arriba, lejos. Se esfumó otra gran oportunidad.

Lo demás fue un juego controlado por un Santa Fe que tuvo ímpetu y mucha personalidad, dejando cualquier conato de temor en el camerino, en el aeropuerto. Peleó cuando tuvo que pelear, jugó cuando tuvo que jugar. Luchó por su final, para no dejarse arrebatar la Copa por la que tanto ha sufrido. Incluso dejó la sensación de que pudo lograr algo más.

Los minutos finales se fueron consumiendo en medio del desespero local, de un Huracán que sabía que el empate no era negocio, que no le servía, que lo comprometía. Del otro lado, el entusiasmo de un Santa Fe que terminó luchando, defendiendo rabiosamente su zona, aunque en realidad sin pasar sustos mayores.

A Santa Fe le queda el juego de vuelta, el partido definitivo para coronar su hazaña, pero ahora necesita ganar en Bogotá. Le faltan 90 minutos.

Síntesis

0. Huracán: Marcos Díaz; José San Román, Martín Nervo, Federico Mancinelli y Luciano Balbi; Federico Vismara y Mauro Bogado; Patricio Toranzo y Daniel Montenegro (m.81, David Distéfano); Cristian Espinoza (m.61, Ezequiel Miralles) y Ramón Ábila. Entrenador: Eduardo Domínguez.

0. Santa Fe: Robinson Zapata; Almir Soto, Yerri Mina, Francisco Meza y Leyvin Balanta; Baldomero Perlaza, Jeison Gordillo y Yulian Anchico (m.89, Sergio Otálvaro); Luis Manuel Seijas; Wilson Morelo (m.73, Miguel Borja) y Daniel Angulo (m.84, Omar Pérez). Entrenador: Gerardo Pelusso.

Expulsados: no hubo

Árbitro: Antonio Arias (par.), amonestó a Mancinelli, Vismara, Seijas, Balanta y Otálvaro.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
@PabloRomeroET

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