La dignidad médica

La dignidad médica

El actuar deshonesto es un mal sin fronteras. Entre los médicos, infortunadamente, no es una rareza.

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02 de diciembre 2015 , 07:20 p. m.

Hoy, 3 de diciembre, se conmemora el Día del Médico en el ámbito panamericano. Bien está, por eso, saludar y congratular en la fecha a los colegas que hacen honor a la profesión, ejerciendo con dignidad y con amor al arte –como recomendaban los médicos hipocráticos–, es decir, dentro del marco ético.

‘Dignidad’ es una de aquellas palabras cuya definición exacta pone en aprietos a quien vaya a intentarlo, no obstante que su significado pareciera obvio. San Agustín decía al respecto: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Pese a lo difícil de su definición, es evidente que la dignidad es un atributo de todo ser humano. Siendo la misma para todos, hay condiciones en que su posesión y pérdida adquieren mayor connotación ética y legal. Díganlo, si no, los efectos que apareja un comportamiento “indigno”, es decir, incorrecto, en actividades de inmensa responsabilidad social, como son el derecho, la religión, la milicia, la medicina...

Los médicos hemos sido muy dados a preservar nuestra dignidad por cuanto la profesión –tenida con razón como “muy noble”– se ha hecho merecedora del aprecio y consideración de la sociedad. Sin embargo, siempre han existido colegas que actúan de manera incorrecta, afectando con ello su dignidad y, por extensión, la del gremio. En 'El dilema del doctor', Bernard Shaw ya ponía el dedo en la llaga: “La clase médica es una confabulación para explotar los sentimientos humanos”, apreciación temeraria, claro está, pues se hizo con carácter general, condenándonos a todos por el pecado de unos pocos.

Una reconocida revista internacional, Ethics & Medicine, dio cabida en el 2009 a un artículo donde se analiza la situación derivada de la relación que algunos profesionales de la salud tienen con la industria farmacéutica y que los autores califican como codicia, o “afán de lucro”, asimilándolo a una enfermedad indigna que pueden padecer médicos de todas las especialidades. Ese padecimiento suele manifestarse de distintas formas: aceptando dinero o regalos costosos por prescribir o recomendar en los medios sus productos; actuando como conferencistas pagos para promocionar drogas o tratamientos de dudosa bondad; manipulando datos de los ensayos clínicos que ayudan a la industria a vender más sus fármacos; en fin, publicando como suyos escritos ajenos o vendiendo resultados prematuros a las organizaciones comerciales.

Los autores del artículo, vinculados a la Universidad de Pensilvania, anotan que los facultativos poseídos de afán de lucro sienten una incontenible urgencia de ganancias y prestigio, que influye desfavorablemente sobre sus investigaciones y el cuidado de sus pacientes. Además, su actuar incorrecto tiene un impacto negativo en la profesión, pues, al hacerse público, la sociedad no ve con buenos ojos a sus médicos.

El desliz ético de que trata el artículo no es un asunto que atañe solo al ejercicio médico en los EE.UU. Es un mal sin fronteras. Entre nosotros, infortunadamente, no es una rareza. El modelo de salud que impuso la Ley 100 de 1993 se prestó para que unos cuantos médicos, en complicidad con algunas casas farmacéuticas, expoliaran los recursos del sistema.

Es penoso tener que abordar temas tan poco gratos, menos cuando celebramos nuestra fecha. Para quienes amamos la medicina y pugnamos por la conservación de la dignidad profesional, es motivo de pesadumbre ver cómo la pérdida de esta es un asunto cada vez más frecuente. Por eso se hace forzoso revisar sin tapujos el actuar médico y la calidad de la formación profesional que se está dispensando en nuestras facultades de medicina, con el propósito de identificar los factores que puedan estar incidiendo en la enfermedad de la codicia.


Fernando Sánchez Torres

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