Estoy muerto

Estoy muerto

¿Cómo me dejé morir por un titular en esa mañana aciaga?

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01 de diciembre 2015 , 07:08 p.m.

Leí el titular ‘Murió el periodista Carlos Castillo’. Parece ser que la reacción más común del ser humano ante el absurdo es la parálisis y la obnubilación del pensamiento. En ese momento, la parálisis se tradujo en el corazón constreñido, síntoma de muerte, me dije. Por las mañanas razono peor que durante el día, y no razonar debía ser parte de la muerte. Además, el titular en este periódico, en el que escribo hace más diez años, era claro: yo estaba muerto.

Cuando era joven se decía que si EL TIEMPO lo decía, era cierto. Esa era la constatación de la verdad y la certeza. No tenía por qué dudarlo. Pero recordé que los jóvenes irresolutos y díscolos, seguidos por uno que otro adulto, ahora solo creían en Google. Corrí al computador y, efectivamente, comprobé que allí estaba la misma noticia. Estaba en la nube. ¿En qué otro sitio puede estar un muerto? No había duda. Pensé en la tristeza que les estaría causando a mis hijos amados, en las lágrimas de mi esposa y en el “qué vaina” de alguno que otro amigo que todavía me aprecia.
Noticia devastadora, sobre todo para mí. Pero, como después de la tempestad viene la calma, me pregunté por qué yo tenía los dones del movimiento y del raciocinio incipiente y por qué empezaba a sentir leves palpitaciones, que tenían que provenir de un corazón, siempre sufriente, como el mío.

Los muertos pueden ser fantasmas, pero los fantasmas no pueden ser iguales a los vivos. Además, yo no soy un periodista, soy escritor y sociólogo, soy “opinador” o columnista o como se llame, pero no tengo el alto grado de periodista. Pensado esto, busqué la prueba reina que, como todo lo que sé, lo aprendí con el cine: me puse un espejo de mano cerca de los labios y, ¡eureka!, había un vaho que ocultaba a medias mi rostro sorprendido. ¡Respiraba, estaba vivo!

¿Qué había pasado? ¿Cómo podía ser tan torpe? Acudí, entonces, a lo que todo alfabetizado debe hacer: leer los contenidos que están debajo de los títulos. Allí encontré que había fallecido un renombrado periodista que podría ser un homónimo, pero que era mucho más, se trataba de Carlos Alberto Castillo Lugo. Triste noticia, pero por lo menos EL TIEMPO no mentía. Y en consecuencia, Google, que no es nada sin la información de EL TIEMPO, tampoco mentía.

Aclaradas las cosas, dando gracias a la vida por la vida que había recuperado, caí en cuenta de lo tonto que soy. ¿Acaso no había enseñado comunicación social en la Universidad del Rosario? Mis esfuerzos de ese breve curso se orientaron a que los estudiantes vieran más allá de lo que los medios ponían ante sus ojos. Pedía que pensaran en los intereses de los que hacían las noticias, los reportajes, las crónicas y, por supuesto, las notas de opinión. Qué noticias no salían. Tenían que arrancar las falsas portadas de publicidad de ciertos periódicos y revistas. Debían pensar qué orientación tenían los propietarios de los medios, por cuáles políticos se orientaban sus intereses, cuáles eran la prioridad y el orden con que presentaban los hechos, quiénes escribían en sus páginas, si había sesgos en la interpretación de los hechos y, sobre todo, si los titulares correspondían a los contenidos. El curso empezaba por ver y comentar 'El ciudadano Kane', de Orson Welles, en 1941, todavía de palpitante actualidad.

Sí. El titular es muy difícil. Es casi imposible reducir en pocas palabras la esencia de la noticia. Por lo tanto, sabiéndolo, ¿cómo me dejé morir por un titular en esa mañana aciaga?

Que dijera: aprovecho estas líneas para enviar mis condolencias a la familia de mi tocayo. Solo lo conocí brevemente, pero tengo todas las voces que hablan de su calidad profesional y su dignidad como ser humano.

Carlos Castillo Cardona

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