Nacer, crecer y vivir con VIH

Nacer, crecer y vivir con VIH

Jennifer Hernández se enteró de que es portadora del virus cuando era una niña. Esta es su historia.

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30 de noviembre 2015 , 10:22 p.m.

─¿Cuándo te enteraste de que eres VIH positivo?

─Era apenas una niña.

Jennifer Paola Hernández tiene 23 años y nació en Bogotá. Asiste a una universidad y cuenta con un empleo. Sus amigos y compañeros la describen como alguien activa, inteligente y organizada. “Yo quiero destacarme en la vida por ser buena en lo académico y lo laboral, no por tener un letrero en la frente que diga VIH”, afirma la joven de tez trigueña y seguridad al hablar.

Se enteró de que es portadora del virus entre los 10 y 11 años. Recibió la noticia tras preguntarse por qué tomaba medicamentos, vivía en una fundación y no estaba con su familia. Al recibir todas las respuestas, recuerda, no entendió a qué se enfrentaba. “Era una niña. A esa edad solo quieres jugar con los demás niños”.

Su niñez y adolescencia transcurrieron en la Fundación Eudes, organización que ayuda a personas con VIH/sida en Colombia. Allí llegó a los 2 años. Tras dar a luz, su madre biológica falleció a causa del sida. Por escrito le pidió a una médica, con quien forjó una amistad los últimos meses de su vida, que adoptara a su hija.

Al poco tiempo, la médica le practicó algunos exámenes a Jennifer para conocer si era portadora del virus. Los resultados arrojaron que es seropositiva. Así que decidió llevarla a la fundación, donde recibió todos los cuidados necesarios.

A los 4 años comenzó el tratamiento para controlar el virus. A través de jeringas le suministraban jarabes, que a los 7 años fueron reemplazados por pastillas. Cada día su cuerpo recibía hasta 12 fármacos. “Y súmele los que me daban si tenía gripa o alguna otra enfermedad”, agrega.

La discriminación por ser VIH positivo marcó buena parte de su etapa escolar. Al principio no provenía de sus compañeros, sino de los profesores. “Ellos fueron los primeros que reaccionaron y colocaron la barrera del rechazo”, asegura. Una vez, mientras cursaba la primaria, fue sacada del colegio junto a otros niños con su misma condición. El padre Bernardo Vergara, director de la fundación, llegó a la entrada de la institución exigiendo que los reintegraran, argumentando que les estaba violando el derecho a la educación.

En cambio, al inicio del bachillerato sus compañeros fueron los que ejercieron el rechazo. Cuenta que vio mensajes como ‘es que usted tiene sida’ o ‘usted se va a morir’ escritos en su pupitre. “Ellos no se me acercaban, me dejaban a un lado”.

─Así las cosas, ¿por el virus no pudiste tener una adolescencia normal?

─ El VIH no me impidió disfrutar la época del colegio como debe ser.

Jennifer estudia Psicología. Dice que quiere ayudar a otros jóvenes con sus experiencias.

A partir de octavo grado empezó a socializar más. Hacía los trabajos escolares en grupo, consiguió amigos y asistió a fiestas. Incluso, en la fundación le celebraron sus quince años. “Bailé el vals y me cambiaron las zapatillas. Son cosas que uno no espera que sucedan en un lugar como ese”.

Tras graduarse de bachiller –con excelentes calificaciones –, estudió algunos semestres de Medicina. También decidió irse de Hogar Verónica, el albergue que la fundación dispone para niños y adolescentes. Vivió allí hasta los 19 años. “Dejé algunas comodidades y personas que me marcaron mucho para convivir con mi mamá adoptiva, para darme la oportunidad de hacer una vida familiar”. Confiesa que era algo que anhelaba hacer desde niña.

El año que pasó junto a su familia adoptiva fue de aprendizaje. El más importante, asegura Jennifer, fue ingresar al mundo laboral. Primero trabajó vendiendo dulces en un local del centro de la capital y luego lo hizo en una distribuidora de libros, en el mismo sector. Eran empleos informales, donde sus jefes no pedían información sobre su salud.

A mediados de 2013, Jennifer recibió la llamada de un funcionario de la fundación, en la que le comunicaban que Sebastián, uno de los niños con quien compartió en Hogar Verónica, había muerto. Tenía sida y escasos 11 años. Seis meses después falleció Gisella, la gran amiga que hizo en el albergue. Una meningitis acabó con su vida a los 18 años.

A la par que sucedieron esos lamentables hechos, consiguió empleo en la fundación como asistente administrativa e ingresó a una universidad para estudiar Psicología; también empezó a vivir sola. “En una caja tengo fotos y recuerdos de Gisella. Ver eso me remueve el alma, pero también me llena de energía para seguir adelante”. Su voz alcanza a quebrarse, pero esconde la nostalgia y la tristeza con una sutil sonrisa.

Está a punto de terminar el cuarto semestre de la carrera. Para Jennifer, la universidad es desfogue e incentivo. Allí, en comparación con lo acontecido en el colegio, no ha sido discriminada ni por sus compañeros ni por los profesores. Allí olvida los malos momentos del día. Allí solo se interesa por aprender para ayudar a los demás.

“Le conté que soy VIH positivo a una compañera, que es una de mis mejores amigas. También lo sabe el grupo con el que siempre estudio y dos docentes, porque por la patología no puedo entrar a los laboratorios. Tenemos prácticas donde experimentamos con ratas, pero exigen unas vacunas que no me puedo aplicar. Si lo hago, se altera el tratamiento que sigo”, explica.

Actualmente, Jennifer toma dos antirretrovirales todos los días: Raltegravir y Truvada. “El tratamiento para controlar el VIH consiste en siete esquemas, es decir, combinaciones de medicamentos. Cada uno dura aproximadamente cinco años. Se pasa de uno a otro dependiendo de cómo el organismo los asimila”.

Ella se encuentra en el último esquema y está a la espera de los resultados de dos exámenes que se hace para monitorear al virus: el CD4 (que indica el estado del sistema inmunológico) y el de carga viral (que determina la cantidad de VIH en la sangre).

Su actual novio, con quien lleva cuatro meses, ha ido aprendiendo del virus desde el comienzo de la relación. No es portador. Al contarle la verdad acerca de su condición, ella pensó que se iba alejar. “Pero pasó todo lo contrario.

Jennifer quería que él se sintiera tranquilo respecto a tener sexo con una mujer VIH positivo. Así que buscaron la orientación de una médica y un sexólogo, para despejar cualquier duda. “Nos dijeron que podíamos tener una vida sexual normal. Claro, sin irse a los extremos y siempre usando preservativo. Es la única manera en la que él no se va a poner en riesgo”.

Al terminar de contar cómo ha sido su vida, respira hondo, se toma las manos y luego sonríe. Aunque le cuesta, habla del VIH sin tabúes, pues está convencida de que es la mejor forma para erradicar la discriminación y la estigmatización. “Quiero ayudar con mi experiencia a los demás”, puntualiza.

JOSÉ DARÍO PUENTES RAMOS
Redactor ELTIEMPO.COM
jospue@eltiempo.com
@josedapuentes

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