El predicamento de los refugiados

El predicamento de los refugiados

El miedo xenófobo no es un fenómeno nuevo, pero tampoco es nueva la voluntad humana de sobrevivir.

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30 de noviembre 2015 , 05:10 p.m.

Los 130 inocentes muertos y los 352 heridos son, sin discusión, lo más lamentable del reciente atentado terrorista en París, pero no menos perversos han sido el miedo generalizado que ha provocado y su efecto negativo sobre el complicado y angustioso predicamento de los refugiados.

Tenerle miedo a un atentado terrorista es en cierto sentido comprensible; aun cuando es poco factible que un ciudadano común y corriente muera en un ataque terrorista, sería más probable morir fulminado por un rayo, ahogado en la tina de baño o sufrir un resbalón en la escalera. Pero el miedo en este caso es mal consejero, porque alienta a desconfiar de lo desconocido, de lo “otro”, de lo extranjero.

La realidad, sin embargo, es diferente. En los últimos catorce años, en Estados Unidos los radicales no musulmanes, principalmente los supremacistas blancos, han cometido la mayor parte de los atentados terroristas, lo que ha duplicado en este país el número de personas muertas por los yihadistas.

No obstante, azuzadas por políticos xenófobos y oportunistas, millones de personas en el mundo entero asocian a los sirios, afganos e iraquíes que buscan refugio fuera de su país con los violentos extremistas que son responsables de su éxodo. El pasaporte sirio encontrado cerca del cadáver de uno de los siete atacantes suicidas en París ha abierto la posibilidad de que al menos uno de ellos se haya aprovechado del flujo de refugiados para viajar de Siria a París. Pero ¿por qué si todos los terroristas eran franceses o belgas se prestarían a sufrir las penurias del camino de los refugiados, pudiendo tomar un avión en Turquía para llegar a Francia? ¿Por qué el pasaporte quedó intacto después de la explosión de la bomba suicida? ¿Lo sembrarían junto al cuerpo del yihadista a propósito, para deshonrar a los refugiados?

El miedo xenófobo no es un fenómeno nuevo; por el contrario, se ha manifestados periódicamente en la historia de casi todos los países de Occidente. Para ocultar su antisemitismo, durante los años 30 y 40 los políticos estadounidenses les negaron la entrada a miles de hombres, mujeres y niños judíos que huían de los nazis, argumentando que entre ellos podría haber espías alemanes. En 1938, casi el 70 por ciento de los norteamericanos se oponía a darles refugio, y un año después otra encuesta preguntó si se debería admitir a 10.000 niños, en su mayoría judíos, y 61 por ciento de los encuestados respondió que no. En la Hungría de Viktor Orbán se construyen barreras de púas para impedir el tránsito de los refugiados, mientras que el 7 por ciento de los polacos ha dicho que no quiere gente de color viviendo en su país.

Impedir que se infiltre un terrorista entre los millones de personas que buscan refugio en otro país es muy difícil, tan arduo como evitar las matanzas de niños en Sandy Hook (Newtown, Connecticut); de adultos en un cine de Aurora (Colorado) o de creyentes en una iglesia de Charleston (Carolina del Sur).

Cuando leo sobre el predicamento de los refugiados no puedo dejar de pensar en el 'Blues del refugiado', el poema del gran poeta inglés W. H. Auden que compendia la angustia de su involuntario peregrinar y su voluntad de vivir:

“Digamos que hay diez millones en esta ciudad
unos viven en mansiones, otros viven en agujeros:
con todo, no hay lugar para nosotros, querida, no hay lugar.

Alguna vez tuvimos una patria y nos pareció justo,
mira en el Atlas y ahí la encontrarás:
no podemos ir a ella ahora, querida, no podemos ir.

En el cementerio del pueblo hay un  árbol viejo
que año con año florece nuevamente:
los viejos pasaportes no hacen eso, querida, los pasaportes viejos no.

El cónsul golpeó la mesa y dijo:
‘Si no hay pasaporte están oficialmente muertos’:
pero aún vivimos, querida, aún estamos vivos”.

Sergio Muñoz Bata

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