Escribientes de Pereira siguen vigentes a pesar de la tecnología

Escribientes de Pereira siguen vigentes a pesar de la tecnología

16 hombres y mujeres demuestran que las máquinas de escribir no son objetos de museo.

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29 de noviembre 2015 , 10:31 a.m.

Hace muchos años, cuando la correspondencia y los trámites se realizaban a mano, tener una máquina de escribir era estar en una 'esfera' de modernidad. Hoy, las máquinas de escribir hacen parte del recuerdo y ocupan, en algunos hogares, el rincón de los aparatos que han sido desplazados por la tecnología, allá con la vitrola, el teléfono de disco y el televisor de tubo.

Pero hay espacios que no se han dejado tocar por la modernidad, y aunque sea poco común, hay personas que viven de trabajar con una máquina de escribir: los escribientes públicos.

Hacia 1962 empezó la historia de los escribientes públicos -también conocidos como 'tinterillos'- en Pereira, en el Palacio Nacional. Durante más de medio siglo han estado en la ciudad, pero en diferentes espacios.

En sus máquinas de escribir redactan y diligencian diferentes documentos, desde solicitudes de oficina hasta cartas de amor. Jaime Ezequiel Bautista lleva 34 años trabajando de escribiente público, ahora ubicado en la calle peatonal frente a la biblioteca del Banco de la República en la capital de Risaralda.

Ezequiel cuenta cómo en 1981 iba pasando por el Palacio Nacional, y saludó a un amigo suyo que trabajaba allí como escribiente, y quien lo motivó -pues Ezequiel estaba desempleado- a ganarse el dinero como 'tinterillo'.

“Para esa época él me mostró el bolsillo lleno de dinero y a mí me asombró, me pareció muy interesante y arranqué comprando estampillas y formularios mientras conseguí una máquina de escribir”, dice. Como en el colegio donde estudió debía entregar las tareas de contabilidad, física y química escritos en máquina, se le facilitó el trabajo de escribiente.

También recuerda que cuando se encontraban en el Palacio Nacional, había mucho más trabajo que en donde se encuentran ahora.

“Tras el terremoto que sacudió la zona en enero de 1999 empezaron a hacer reparaciones en el Palacio Nacional, y a nosotros nos reubicaron en el 2002 en Fiducentro de manera transitoria. Allí estuvimos muy bien, era una buena ubicación, estábamos satisfechos. Y luego nos ubicaron en este espacio (frente a la Biblioteca Banco de la república). Éramos 24 escribientes en el Palacio, hoy ya somos solo 16”.

La llegada de la tecnología con los computadores, el internet, los celulares menguaron significativamente el trabajo para quienes se dedican a este oficio, y es evidente con solo recorrer el lugar en donde trabajan: al frente hay locales en donde realizan los mismos trabajos pero en computador. Pese a la competencia que les dificulta el trabajo, Ezequiel se muestra optimista.

“Sé que llegó la tecnología y la disfruto, pero esto tan rudimentario lo disfruto más, dice. Nosotros hacemos algo que las personas podrían hacer que no son capaces”.

Él explica que para diligenciar un formato, una promesa de compraventa, o un contrato de la venta de un inmueble, no se puede pasarle el documento en blanco a un computador y pedirle que lo llene.

“No, alguien debe hacerlo, sentarse a elaborarlo, pero como la gente no tiene tiempo o no sabe hacerlo, pues tiene que venir a donde los escribientes públicos. Es una actividad sencilla pero muy necesaria aún en estos tiempos de la tecnología”, cuenta.

Alexander Londoño, por su parte, no es tan optimista frente a la situación actual de los escribientes. Lleva 35 años en este oficio, y dice que siempre ha sido difícil.

“Uno le agradece a la ciudadanía que todavía viene, pero uno aquí no tiene ningún incentivo por parte del Gobierno, somos informales y nos ven como desechados”, denuncia. Él aprendió a mecanografiar en el Sena, e hizo algunos cursos de tributaria, y el desempleo lo llevó a este trabajo. “Antes era más rentable, pero uno subsiste, no sé cómo”, dice.

Aunque ya no es en grandes cantidades, todavía se acercan algunas personas a hacer redactar algún ‘papel’: cartas de recomendación, referencias comerciales y laborales, derechos de petición, acciones de tutela; o a que les diligencien otros, como contratos y formularios.

También llegan los estudiantes que buscan quién les haga las tareas; otros, menos frecuentes, que buscan la redacción de declaraciones y cartas de amor o canciones. Y otros -no tan enamorados- que van a que les hagan cartas de extorsión o amenazas.

Estarán por más tiempo

Anteriormente se veían más las cartas de amor, indica Ezequiel, pero ya no es tanto, de vez en cuando aparece un enamorado. Anécdotas hay muchas, como la cómica pero real de la joven que terminó enamorada del escribiente y no del enamorado, pues le pasó a Ezequiel. Alexander, en cambio, no accede a redactar estas cartas, pues dice que le parece un juego.

“El sentimiento es de otra persona, no el mío, no son leales las palabras inventadas por otro, pero hay quienes sí lo hacen y eso se respeta”, explica Londoño.

Según Ezequiel es muy difícil que este negocio se acabe, pues la historia desde épocas muy remotas ya tenía este oficio con los famosos ‘escribas’ aunque no existían aún las máquinas de escribir, entonces sostiene que ahora tampoco es fácil que desaparezcan, pues son una necesidad.

Los precios de la elaboración de documentos van desde 2 mil pesos hasta 15 ó 20 mil, según la dificultad y el escribiente. Ezequiel dice que a veces llega gente muy pobre que no tiene con qué pagar, y es necesario brindarles el apoyo porque el conocimiento no es exclusivo, sino que es un patrimonio de la humanidad, y debe ser un beneficio social.

“Para mí esta sigue siendo una actividad lucrativa, nosotros prestamos un servicio de elaboración de todo tipo de documentos, y además la gente viene a consultarnos”, destaca Ezequiel, mientras Alexander puntualiza en que “así como pueden venir 10 personas o 15, pueden venir 30 o venir 2, eso es como dependiendo del día”.

Muchos escribientes opinan que el Gobierno debería reglamentar este oficio, porque gracias a la experiencia y los años en el oficio adquieren conocimientos de todo tipo, y actúan como los ‘abogados de los pobres’.

“Los trámites se vuelven sencillos porque los estamos diligenciando constantemente. Se vuelve uno ‘todero’, por lo general tiene uno algo que aportar sobre el tema que le hablen”, opina Ezequiel.

“No deberían llamarnos ‘tinterillos’ sino Unidad de Atención a las Demandas Ciudadanas: Peticiones, Quejas y Reclamos. Esto es lo que hacemos”, finaliza.

THALIA STEPHANIE YUMBLA RUIZ
PEREIRA

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