'Ucaramanga', el relato de un hincha del equipo que volvió a la 'A'

'Ucaramanga', el relato de un hincha del equipo que volvió a la 'A'

Después de 2.484 días en la sombría segunda división, nadie quiere saber algo de la 'B'.

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29 de noviembre 2015 , 01:14 a.m.

“¡uenos días!”. Así saludaron en la mañana del viernes muchos de los hinchas del Atlético Bucaramanga cuando llegaban a sus trabajos con una sonrisa arqueada de oreja a oreja. Después de 2.484 días en la sombría segunda división del fútbol colombiano, ninguno de sus hinchas quiere saber algo de la ‘B’.

Por eso el pasado 26 de noviembre, cuando tradicionalmente la noche ya es fresca en la ‘Ciudad de los Parques’, el estadio Alfonso López era un hervidero con 22 mil almas que se querían salir de sus cuerpos para celebrar el retorno al cielo de la A, la primera división del rentado nacional. Los que estábamos en la distancia, viendo la transmisión por televisión, estallamos en un solo grito adobado en el llanto de ver cristalizado el anhelo: “Siiiií ¡Por fin!”

Siete años en la B para un equipo de los llamados ‘históricos’ es demasiado. ‘Los históricos’, ese combo de clubes que después de 50, 60 ó más años en la Primera División fueron cultivando fanáticos, independientemente de sus resultados, son extrañados en las principales plazas del país. Ahí aún están Quindío, Unión Magdalena, Pereira y por supuesto el más famoso y laureado, y por ende castigado, el cuatro veces subcampeón de la Copa Libertadores, el América de Cali.

La B, mejor conocida gracias al patrocinador como Torneo Aguila, es un campeonato en el Purgatorio. El dinero es un espejismo porque los clubes hacen milagros para conseguir patrocinadores que obviamente son más escasos porque hay menos interés mediático y en lo deportivo, aparecen equipos armados con futbolistas muy jóvenes nacidos en las informales canteras, o con algunos jugadores de buena edad pero que no lograron descrestar a clubes más grandes y, finalmente, con jugadores que ya en el otoño de sus carreras le hacen el quite a sus dolores de meniscos con tal de seguir activos económicamente hablando, jugándose la titularidad en canchas secas con mechones de césped y donde desde cualquier lugar de la tribuna se oye el paso de una moto.

Pero la B no solo es una pequeña muerte en vida para los jugadores y los clubes; también lo es para sus hinchas que se desaniman y que dejan de ir al estadio a alentar a su equipo. El Bucaramanga también lo sufrió, pero afortunadamente no tanto como otros equipos. Mientras muchos de los hinchas le han pasado la factura a sus clubes con el castigo de la indiferencia, los fieles hinchas del Atlético Bucaramanga siguieron ahí, acompañando, alentando, en el rugido del aguante auriverde.

Y esa es una de las cosas más difíciles de entender: ¿Cómo es que un club como el Bucaramanga logra tener tanta fidelidad de tantos jóvenes que apenas eran niños cuando el equipo descendió? En ese momento, el bastión del equipo era otro imberbe, Sherman Cárdenas, que salió desconsolado, roto en llanto cuando en el 2008 el equipo descendió a la B en una noche negra. La respuesta, me perdonarán, no es nada científica: El Bucaramanga no es un equipo de fútbol, es un estado de ánimo ubicado geográficamente entre la frustración y la esperanza, pero casi siempre lejano de los rincones del éxito.

La prueba reina es que de los equipos ‘históricos’, solo Pereira y Bucaramanga son los únicos que no han ganado títulos de Liga. Mientras Nacional, Millonarios y América suman un firmamento de estrellas en sus escudos, los leopardos tienen ese récord que muchos reconocen como deshonroso y otros sencillamente lo llamamos: “Bucaramanga”.

Los hinchas, en general, son un germen que se inspira por el triunfo. Cuando en los años cincuenta Millonarios fue lo que fue, una auténtica constelación de estrellas con futbolistas de talla mundial, era fácil ser hincha de los albiazules. Casi que era contra natura no ser fanático de los Pedernera, DiStéfano y Cozzi; en los setenta Willington Ortiz se robaba las miradas en el Deportivo Cali haciendo diabluras por las bandas y en los ochenta muchos se subieron al bus de la victoria del América que ahí ganó muchos hinchas, y en los noventa, el Nacional de Medellín se trepó en los afectos de muchos colombianos.

Por eso, la fidelidad que tiene el Bucaramanga resulta desconcertante para muchos que ven a esos hinchas amarillos –los guerreros de la popular barra de la Fortaleza Leoparda– como rarezas cuando llegan a sus ciudades cantando el himno del departamento “¡Santandereanos, siempre adelante!...” con un entusiasmo y fuerza que no se sabe de dónde sacan luego de precarios viajes de más de 12 horas en bus, con poca comida y menos dinero. Esa generación de millenials alienta al auriverde como si viviera ganando copas por todo el continente y a toda hora. Esos son los hinchas que hoy pueden reclamar el ascenso a la A como suyo, porque su garra, su aguante son de gesta épica en cada fecha.

Muchos de esos jovencitos no saben quiénes fueron Janiot, Hermann el ‘Cuca’ Aceros o Américo Montanini; ni siquiera Miguel Osvaldo González, Eduardo Emilio Vilarete, Janio Cabezas, el ‘Piripi’ Osma o Jorge Ramoa. Muchos de ellos ignoran que fueron venerados como deidades paganas por sus talentos y que escribieron una historia que hoy otros recuerdan. No vi jugar a Montanini y Youtube no tiene cómo dejarnos tatuadas sus jugadas, pero quienes lo vieron lo recuerdan como ‘La Bordadora’ por su capacidad para coser trazos en el campo llevando el balón pegado al botín. Algunos de esos viejos hinchas lo comparan con DiStéfano, pero con mucha menos atención mediática.

Años después, en los ochenta, ‘El Negro’ González se cansó de meter goles con una media de 30 por temporada, y en los noventa Ramoa vino a dejar su experiencia con una zurda divina, impecable. Ramoa no pudo ser estrella de la selección argentina porque fue opacado en sus buenos años en Boca Juniors en la misma posición y con la misma pierna izquierda por un peladito que salió del barrio Villa Fiorito y se robó los flashes de las cámaras: Diego Armando Maradona. Ramoa era su suplente.

Por eso, este estado de ánimo llamado Bucaramanga, no es un puñado de jugadores, es un sentimiento que hoy resulta confuso porque ganar no es algo tan natural. En 2016, sus hinchas esperamos que se resignifique ese valor simbólico y el triunfo en las cuidadas canchas de la A deje de ser algo exótico y sí, muy frecuente.

Seguiremos llamándonos Bucaramanga en el escudo y en las fichas de la Dimayor, pero por ahora, por al menos unas horas, no queremos saber nada de la B.

VÍCTOR SOLANO
*Periodista.
En twitter es @Solano.

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