La paz es para el futuro

La paz es para el futuro

Si no se logra la paz, la sociedad se condena a vivir en el infierno o en el purgatorio.

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28 de noviembre 2015 , 08:21 p.m.

Tal vez uno de los errores que estamos cometiendo es que la paz es para el futuro, pero lo que se interpone e impide avanzar es el pasado. No estamos concentrados en crear un mejor futuro, sino en el pasado, cuando ocurrieron las masacres, los abusos, las desapariciones, los secuestros, los desalojos, los atentados, los asesinatos y todo lo que nos atormenta. De ese pasado estamos obligados a desprendernos. Por eso es preciso tratar de referir la solución al futuro, para que en la discusión que preceda un eventual acuerdo no pesen tanto las responsabilidades, castigos y compensaciones de lo que ya sucedió, sino que se trate de evitar que vuelvan a ocurrir.

Si no se logra la paz, la sociedad se condena permanentemente a vivir en el infierno, o por lo menos en el purgatorio. Y esto no es porque existan infranqueables diferencias religiosas que tienen efectos muy negativos sobre la distribución de poder y de oportunidades, como en Irlanda del Norte, o diferencias religiosas o de nacionalidad que conllevan amenazas y peligros de sometimiento de una de las partes, o de expulsión, como sucede en Israel, ni se trata de un récord de dominación de un grupo racial por otro, como sucedía en Sudáfrica y en otros países africanos.

En Colombia, la mayoría de la población anhela la paz y está dispuesta a hacer concesiones importantes para alcanzarla. Esto quedó ampliamente demostrado cuando se anunció prematuramente que se había llegado a un acuerdo sobre justicia y se dieron la mano el Presidente y ‘Timochenko’. El regocijo público fue general, y mínima la atención a los detalles del acuerdo. Posteriormente, las precisiones de las partes han logrado restablecer la desconfianza.

Al parecer, lo que no deja avanzar la paz es el pasado. Del lado del establecimiento no están preparados para aceptar que han tenido responsabilidad por lo que ha ocurrido y pretenden que el peso de la culpa recaiga exclusivamente sobre la guerrilla, haciendo gala de un exceso de confianza moral. Y la guerrilla, también exhibiendo exceso de confianza moral basada en premisas diferentes a las del establecimiento, quiere involucrar a todo el mundo. Como dice Álvaro Sierra, en una de sus columnas en este diario, “el problema es que la democracia no ha sido tan buena” y que las Farc no son víctimas involuntarias que han sido arrastradas al conflicto para defenderse de los poderosos. Hasta a las ideas les cabe responsabilidad por la degradación y persistencia de la guerra (Jorge Giraldo Ramírez, ‘Las ideas en la guerra, Debate, Bogotá, 2015).

Lo que se necesita es un reconocimiento de responsabilidad por todos los que la tengan, lo que no va a ser fácil, a menos que haya flexibilidad en cuanto a su lenguaje y su alcance y se acuerden protocolos para hacerlo. No se debe esperar que se remueva hasta la última piedra para demostrar la verdad sobre hechos que nos perturban y que los castigos reflejen la severidad de los crímenes. Para avanzar hay que perdonar, hasta donde lo permitan las normas internacionales y cumpliendo con los criterios sobre esclarecimiento de la verdad y resarcimiento a las víctimas que se han formulado, sin dejar a nadie por fuera. Se puede indultar a todos los que no han cometido crímenes atroces y aplicar la justicia transicional para todos los casos en los que el indulto no es legalmente aplicable. La decisión de quienes se acogen debe ser personal, no impuesta a priori como pretenden hacerlo las Farc con ex- presidentes y otros altos funcionarios del Estado y con jerarcas de la Fuerza Pública, o los que sostienen que dicha justicia solamente se refiere a los alzados en armas.

RUDOLF HOMMES

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