París vivirá diez días decisivos para el futuro del mundo

París vivirá diez días decisivos para el futuro del mundo

Mañana, cuando 195 países se den cita para la Cumbre de la ONU sobre el Cambio Climático, comenzará la cuenta regresiva hacia un acuerdo global que será clave para la supervivencia humana.

28 de noviembre 2015 , 03:57 p.m.

Dos semanas después de los atentados que provocaron la muerte de más de un centenar de personas en París, en la capital francesa se dará cita un mundo amenazado por sequías, crecida de los océanos y migraciones masivas, para intentar frenar una amenaza tan real como el terrorismo: el calentamiento del planeta provocado por la actividad humana.

Tal como estaba previsto, a partir de mañana –planteando un desafío para los servicios de seguridad–, París será la capital de un planeta preocupado por la posibilidad de una catástrofe ecológica. En una ciudadela de 16 hectáreas montada para la ocasión en Le Bourget, al norte de París, se reunirán 195 comisiones nacionales, muchas presididas por los jefes de Estado o Gobierno, desde Barack Obama hasta Xi Jinping, pasando por Dilma Rousseff y Juan Manuel Santos, quien estará durante los primeros dos días.

El objetivo del encuentro, conocido como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21, por su sigla en inglés), es negociar un acuerdo global con miras al año 2100, que limite el incremento de la temperatura a menos de 2 grados centígrados respecto de los registros en la era preindustrial.

En comparación con el nivel del siglo XIX, la actividad humana ya hizo aumentar la media global en un grado, es decir que ya recorrimos la mitad del camino hacia el desastre. El último intento de acuerdo fue en el 2009, en Copenhague, y terminó en un rotundo fracaso. Fue allí donde se habló del límite de los 2 grados, pero las naciones no lograron ponerse de acuerdo sobre cómo cumplir esa meta. Esta vez, la conjunción de alarma global y voluntad política podría favorecer un mejor resultado.

“Hay varias razones que pueden hacer que esta conferencia sea un éxito: el fenómeno se ha agravado, la toma de conciencia avanzó, el debate científico quedó zanjado y China y Estados Unidos cambiaron de posición”, resumió el canciller francés, Laurent Fabius.

En Dinamarca, los líderes mundiales aparecieron al final de la conferencia y no se pusieron de acuerdo. En París operarán al revés: inaugurarán el evento para dar el impulso inicial y luego dejarán que las negociaciones técnicas avancen, con la esperanza de que lleguen a buen puerto el 11 de diciembre. “En el 2009, muchos científicos creían que esa era la fecha límite para revertir el cambio climático. Y fue cuando se produjo el más estruendoso fracaso”, recuerda Manuel Guzmán Hennessey, experto en cambio climático. En ese entonces, la ciencia reclamaba una reducción del 40 por ciento en las emisiones de gases de efecto invernadero –responsables del calentamiento global– para el 2030. “No hicieron caso y ahora hay una distancia enorme entre lo que la ciencia pide y lo que va a salir de París”, advierte Hennessey. De hecho, que al final de estas reuniones haya un acuerdo vinculante (de cumplimiento obligatorio), tras 23 años de negociaciones diplomáticas (desde la cumbre de Río), sería considerado un éxito. De lo que se firme en Le Bourget dependen muchas de las acciones que se tomarán en las próximas décadas. Por ejemplo, reemplazar los combustibles fósiles por energías renovables, como la solar y la eólica, algo “fundamental” de aquí al 2050, en opinión del exministro de Ambiente Manuel Rodríguez, autor del libro Cambio climático: lo que está en juego.

Expertos internacionales coinciden en que el papel de la conferencia es precisamente dar señales políticas de alto nivel para que las economías de todo el mundo cambien su base, que es de combustibles fósiles.

En torno a la mesa de negociaciones habrá intereses tan divergentes como los de las grandes potencias y los de los microestados insulares del Pacífico, amenazados con quedar sumergidos.

Los países en desarrollo, incluidos los de América Latina, esperan del norte industrializado los 100.000 millones de dólares anuales que necesitan, a partir del 2020, para reducir sus emisiones y hacer frente a los estragos que el cambio climático les está provocando en forma de sequías, huracanes y otros fenómenos extremos. Ya recibieron el espaldarazo del papa Francisco, quien, en Laudato Si’, una encíclica sin precedentes, llamó a los países ricos a asumir su responsabilidad.

Del lado contrario figuran los escépticos que ponen en duda este fenómeno. Si bien cada vez son menos y la ciencia ha asegurado que tiene certeza en un 97 por ciento de este fenómeno, su voz sigue siendo audible; por ejemplo, en Estados Unidos, donde dos de los candidatos favoritos en las encuestas para ganar la investidura republicana a la Casa Blanca, Donald Trump y Marco Rubio, dijeron públicamente que consideran una farsa los postulados básicos del cambio climático.

José Manuel Sandoval, coordinador de la Estrategia Colombiana de Desarrollo Bajo en Carbono, piensa que el acuerdo será exitoso si crea un sistema de monitoreo que verifique qué tanto aporta cada país a la reducción de emisiones de gases.

En ese sentido, otra de las incertidumbres es qué tan obligatorios serán los compromisos adquiridos en París. “Hay amplia conciencia de que un acuerdo global es posible, necesario y urgente, pues representa la última oportunidad de mitigar lo que están provocando las emisiones”, afirma la costarricense Christiana Figueres, máxima responsable de la ONU para el Cambio Climático. Dentro de diez días sabremos si tiene razón.

‘Todos ponen’ en la tarea de reducir las emisiones

El orden mundial que imperaba en la década de 1990 hizo que no todos los países estuvieran obligados a reducir sus emisiones para cuando se firmó el Protocolo de Kioto. Por ejemplo, los más desarrollados, como las naciones europeas, sí lo tuvieron que hacer, mientras que países como China, que para ese momento no era un gigante industrializado, no tuvo metas cuantificables.

Ahora, con una nueva configuración geopolítica, en virtud del crecimiento económico de China y otros países, como Brasil e India, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) ha verificado que las potencias no son los únicos emisores. Por eso, en la conferencia de Varsovia del 2013, se decidió que cada país iba a presentar su propia meta de reducción de emisiones. Esto es lo que se conoce como Contribuciones Nacionales Previstas y Determinadas (INDC, por su sigla en inglés).

José Manuel Sandoval, coordinador de la Estrategia Colombiana de Desarrollo Bajo en Carbono (Ecdbc), explica que estos compromisos son tal vez el logro más destacado de París, porque esta vez “todos ponen por el clima”. No solo las grandes potencias.

A mediados de este mes, según el World Resources Institute, con estos compromisos se alcanzaba un acuerdo que lograría reducir a 2,7 grados centígrados el aumento de la temperatura.

Cada país fue autónomo en elegir su tipo de meta, lo que quiere decir que no todos cumplirán de la misma manera. Por ejemplo, los países desarrollados le apostaron a reducir un porcentaje de sus emisiones respecto de un año base. Es el caso de Estados Unidos, que eligió el 2005 como referencia y se comprometió a reducir entre 26 y 28 por ciento sus emisiones para el 2025.

Analistas consideran esta cifra histórica porque, después de China, Estados Unidos es el mayor responsable de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. En el caso de China, su decisión no tiene que ver con lo que emitió en el pasado, sino con lo que hará en el futuro. El gigante asiático acordó que alcanzará su tope de emisiones a la atmósfera en el 2030.

Otros países, como Colombia, optaron por reducir sus emisiones en un porcentaje respecto de lo que emitirán en el futuro. Por ejemplo, en 15 años, si la industria, el comercio y otros sectores continuaran operando como hoy lo hacen (algo conocido en inglés como business as usual), el país emitiría 330 millones de toneladas de carbono. A lo que se comprometió es a que esta cifra sea 20 por ciento menor, o sea 264 millones de toneladas de CO2. Esto se logra cambiando las prácticas en la industria.

Otras naciones de la región le apostaron a limitar su reducción a algún sector económico. Es el caso de Ecuador, cuyo objetivo es renovar su sector de energía y, de manera más específica, la generación eléctrica y los sistemas de transporte.

Tal vez el más ambicioso de la región fue Costa Rica, que se fijó ser carbono-neutral en el 2021, es decir que, además de reducir sus emisiones, compensará las que produzca mediante acciones forestales y otras medidas, según analizó el portal especializado ConexiónCOP.

Otros países que no tienen tanta responsabilidad con las emisiones proponen un conjunto de políticas para mejorar su eficiencia energética, como implementar soluciones sostenibles, usar menos combustibles como el petróleo y apostarles a las energías eólica y solar.

Manuel Rodríguez, el primer ministro de Ambiente que tuvo el país y experto en negociaciones sobre el clima, asegura que, más allá de estas metas, si no hay mecanismos de financiación claros no será posible que los países en desarrollo logren alcanzarlas.

EL TIEMPO
Con información de AFP

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