Por al aire volvió la vida a las laderas

Por al aire volvió la vida a las laderas

Los cables redefinieron la historia del metro. Nemesio Gallego es testigo de esta transformación.

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27 de noviembre 2015 , 10:36 p.m.

De lunes a sábado, dos veces al día, Nemesio Gallego vuela.

Primero, a las 5:15, cuando el cielo de Medellín continúa en sombras y por las pendientes y gradas del barrio San Javier las lámparas guían a unos pocos obreros, oficinistas y niños uniformados.

Su viaje comienza en la estación Aurora del metrocable. Hileras de somnolientos esperan por un asiento en las cabinas de las Línea J, alcanzados a esa hora por la neblina del corregimiento de San Cristóbal, hasta donde llega este transporte.

Ellos, para los que el deber despunta antes de las 6:00, calculan 20 minutos de espera, que son poco si se compraran con la estrechez y retrasos de hace ocho años, tiempo en que solo dos flotas de buses sacaban a la gente del corregimiento.

Nemesio Gallego toma el metrocable de San Javier dos veces al día: a las 5: 15 de la mañana y a las 6:30 de la tarde. Foto: David Sánchez Mejía/EL TIEMPO

El caos se aquieta en las cabinas, y a Nemesio le gusta mirar al frente, a las montañas del oriente, donde aún titila el alumbrado público. A esa hora también se filtra un concierto de gallos y de agua, justo cuando el metrocable pasa sobre la quebrada La Iguaná serpenteándose entre los ranchos de los barrios Vallejuelos y Olaya Herrera y la fastuosa conexión de la vía a Occidente, estrenada con bombos en octubre pasado.

El contraste inquieta desde arriba. La vía de 4,1 kilómetros, como sacada de una postal, atraviesa el corazón de Vallejuelos y bordea al Olaya, cuyas calles angostas parecen desde el aire una cuerda floja por la que se aferran tres tipos de acróbatas: una ruta de bus, más de 5.000 habitantes y las casas, algunas encaramadas en edificios de cinco pisos y la mayoría pendiendo de tablas clavadas en tierra.

Nemesio, vendedor de lotería en el costado oriental del Parque Berrío, sigue el recorrido en tren hasta la estación San Antonio del metro, en el Centro de la ciudad.

Allí, frente al ascensor, lo espera Fabio, un habitante de calle que por un buñuelo con café, y por devoción, lo arrastra a través de la carrera Bolívar y ensambla las partes del puesto de venta con la pericia que da la costumbre.

Fabio deshace nudos y retira ganchos, tornillos, cuerdas, plásticos. Con el aguacero pierde algo del ritmo, pero consigue acoplar un paraguas y un tablero del que cuelgan los billetes de lotería a la silla de ruedas de su amigo, que dejó de caminar hace 18 años por el impacto de una bala en las vértebras cervicales, cuando intervino en una pelea del Centro.

'El mono' es otro de los guardianes que se aparece todos los días en la vida de Nemesio para ayudarle a armar y desarmar su puesto de venta de lotería en el Parque Berrío. Foto: David Sánchez Mejía/EL TIEMPO

Nemesio permanece 12 horas en su pedacito de calle con vista a la iglesia La Candelaria y a las fuentes del Banco de la República. Una sonda le ahorra ir a un baño público y casi siempre olvida almorzar. Vende entre 10 y 15 billetes, conversa de fútbol con sus vecinos de puesto, anota números “bonitos” que jugará al día siguiente y a las 6:00 de la tarde, cuando los agentes que venden la suerte en el Centro cierran sus ventanillas, el lotero vuela otra vez.

Estación San Antonio, ascensor, Línea B del metro, Línea J del metrocable. De regreso a casa, en Ciudadela Nuevo Occidente, el vuelo a 400 metros sobre las laderas de las comunas 7 y 13 pasa primero por los barrios La Divisa y La Quiebra, que hasta hace 20 años solo eran monte, caminos empantanados, puentes y escaleras improvisados con palos y la mitad de las viviendas que hoy rebosan la montaña.

Entonces, La Divisa y La Quiebra se hicieron el hogar de un número no registrado de desplazados, de familias despojadas de su tierra en Urabá, en municipios del oriente o en las comunas de las zonas nororiental y noroccidental, donde jóvenes vinculados con actividades de organizaciones guerrilleras aprovecharon la ausencia de autoridad para armarse, consolidar milicias y castigar con sevicia cualquier flaqueo de la moral.

Así lo recuerda Marta Avendaño, que perdió el habla durante un mes cuando vio morir frente a su casa de infancia, en la comuna 1, al primer amor de su vida, un soldado que había peleado en la Guerra del Golfo.

A los cuatro días, mataron a una anciana que repartía agua de panela a algunos de los ‘muchachos’, y hasta le propinaron tiros a sus gallinas. La familia de Marta se movió espantada a La Divisa, a un terreno empinado que compraron por $300.000.

No obstante, tampoco escapaban de la zozobra. Eran principios de los 90 y los armados llegaron a la comuna 13 aprovechándose de la ausencia de Estado y de la frontera idónea entre Medellín y la ruralidad.

Primero fueron los enfrentamientos entre pandillas barriales por el territorio. Luego, transitó por allí la guerrilla del Eln, milicianos de las Farc y los Comandos Armados del Pueblo que hicieron de La Divisa y La Quiebra unos de sus fortines. Así fue hasta 2002, cuando los muros fueron marcados con las letras A-u-c y el sonido de las balas y las sirenas se volvieron más frecuentes.

Mientras tanto, la comuna 13 sonaba poco en los barrios más reconocidos de Medellín. Según cuenta Luz Amparo Sánchez, antropóloga en la Corporación Región, la geografía quebrada, la falta de vías y las altas pendientes incomunicaron a este sector del resto de Medellín. “La ciudad no sabía que existía la comuna 13 y la gente de la comuna no se sentía parte de la ciudad”, añade la investigadora.

Con los éxodos urbanos del 2002 y las operaciones militares urbanas, sobre todo Orión (la más grande de la historia del país realizada en una ciudad), la 13 entró al ruido de las noticias sobre violencia, y a los jóvenes les dolió hacerse visibles así, según cuenta Luz Amparo.

Por eso, surgieron infinidad de movimientos artísticos, periódicos, emisoras y líderes que contrarrestaron desde la periferia la sensación de que allí todos habían mordido la manzana podrida.

La iniciativa coincidió con la decisión de construir un segundo metrocable para la ciudad en esa zona, que condujera a unos 13.000 pasajeros cada día desde la parte central de San Javier hasta el corregimiento de San Cristóbal, y pasara por La Quiebra, La Divisa, Olaya y Vallejuelos.

En el 2008, la idea se materializó, cuatro años después de la construcción del metrocable de Santo Domingo Savio, en la comuna nororiental, que dejó un buen saldo de resultados más allá de la movilidad de personas.

Por ejemplo, que durante los tres primeros meses de operación del cable se crearon legalmente más de 32 nuevos negocios comerciales, o que la accesibilidad para personas con movilidad reducida (PMR) en las nuevas estaciones permitió mayores posibilidades laborales y de tránsito por el territorio.

También, que se redujeron los homicidios en un 66 por ciento, que la construcción del metrocable incidió en la reducción de los índices de violencia y aumentó la cohesión social y la confianza en las autoridades.

Las cabinas que penden de esos cables de acero llevan ilusiones, destierran miedos, rompen paradigmas, derrumban fronteras y en el aire, como de la nada, brotan sentimientos de inclusión, igualdad y empoderamiento de unos espacios de ciudad que para sus habitantes, durante años, fueron ajenos”, escribió para un libro del Metro.

Nemesio lee el párrafo, y aunque piensa mucho más de lo que habla, asiente. Asiente, y cuenta que después de su accidente, cuando perdió las destrezas del arriero que se formó en la vereda San Miguel de Cocorná, pensó en morir.

“Es que yo era un verraquito para el trabajo. Allá en la vereda voleaba machete y azadón, sembraba café con buena distancia, alambraba, hacía talanqueras, volteaba bultos, los amarraba y arriaba hasta 12 caballos hasta el Carmen de Viboral”, recuerda.

Llegó a Medellín hace 29 años, expulsado por la violencia, pero “como buen arriero”, insiste, caminó la ciudad buscando el sustento, dominó las rutas de buses y andaba sin problema por las lomas de Santo Domingo, donde vivió antes que en Nuevo Occidente.

De vuelta a casa, en Ciudadale Occidente, lo espera su esposa Alba, que sube por las pendientes desde la estación la Aurora. Foto: David Sánchez Mejía/EL TIEMPO

Cuando perdió la movilidad, la independencia se agotó. Ir al Centro, como era costumbre, solo era posible en un taxi, o en los pocos que mostraban voluntad para cargar una silla de ruedas. La venta de chance y lotería era insuficiente para costear el transporte y estuvo tentado a quedarse en casa, hasta que empezó a sonar el rumor del metrocable y cerca de su sector comenzaron a levantarse las pilonas y cuerdas.

Su argumento, 11 años después, es sencillo: “El cable me reduce los costos y me hace mucho más fácil transportarme”, pero su esposa Alba, que tuvo que aprender a andar Medellín a la fuerza para solucionar los temas médicos de él, lo interrumpe y le dice que acepte que el metrocable lo salvó de encerrarse o de darse un disparo.

Nemesio, que todos los días juega dos o tres billetes de la lotería, asiente sin mucha convicción, pero más tarde advierte que si se gana la lotería le daría casa a unos cuantos que conoce sin techo, y aunque sueña conseguir un taxi, dice que seguiría volando por los cables de la ciudad.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
MEDELLÍN

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