La ruta del banano

La ruta del banano

Remberto Bello sucumbió a los encantos de este corregimiento hace 15 años.

27 de noviembre 2015 , 05:51 p.m.

emberto Bello, nuestro guía y quien conduce la canoa que atraviesa el hidrosendero, sucumbió a los encantos de este corregimiento hace 15 años cuando a la espera de que el mar se tranquilizara hizo una pausa en su viaje de regreso a Quibdó, la capital de Chocó. El mar se apaciguó, pero Remberto se quedó.

Él de repente interrumpe su relato para alertarnos de la presencia de un jaguar. Un silencio tenso reina por segundos, pero se rompe con su oportuna y graciosa aclaración: ¡Tranquilos que el jaguar ya almorzó!”. Se ríe con picardía y dice que si bien las huellas parecen frescas no es probable que el depredador esté cerca y menos que se meta con los humanos. No sé por qué le creemos, pero recuperamos el aliento y volvemos a sumergirnos en el silencioso recorrido.

Remberto y otros pescadores están aprendiendo a vivir de la apicultura, un oficio reciente para estos campesinos que velan por la conservación de los imponentes manglares que abrigan sus humildes viviendas de madera y zinc. Tienen una conciencia inspiradora del valor de su ecosistema. Ellos no cuentan con acueducto, usan letrinas y cocinan sus alimentos con agua lluvia. Y a cada turista le piden que lleve una bolsa para que la basura que genere la deje a su regreso en Turbo.

Y son recursivos. Se dieron cuenta de que las abejas africanas producen una deliciosa miel a partir del néctar de las flores de los manglares y aprendieron a trabajar con ellas a pesar de sus embestidas. Remberto ha recibido más de 28 picaduras. “Quedé vacunado y ya me respetan”, apunta con humor e insiste que aprendió a convivir con sus socias, pero por seguridad mantienen el apiario alejado del caserío.

Bocas del Atrato

La población de Bocas del Atrato es afrodescendiente y su estilo de vida está más asociado al Río Atrato y al Chocó, aunque son antioqueños. Foto: Ana María García / EL TIEMPO

Tras disfrutar un suculento almuerzo típico de la región (anchoa, arroz con coco, patacón y aguapanela con limón), partimos a Simona del Mar, Centro Ecoturístico y de Convenciones a 10 minutos de Turbo en carro y enclavado en medio de un bosque tropical. Pavos reales, perezosos y guacamayas entretienen a los visitantes de esta posada ecológica que tiene como otro de sus atractivos su deliciosa gastronomía en la que, por supuesto, no pueden faltar el plátano y el banano.

Los sirven en cualquier cantidad de presentaciones. Simona es a donde se escapan los enamorados para ver una puesta de sol y las familias que desean pasar unos días en las playas La Martina, vía Necoclí.

Una perla de oportunidades

Precisamente en Necoclí –conocido como La Perla del Golfo de Urabá y que fue uno de los primeros asentamientos de los españoles en América–, no se sabe qué sobrecoge más: si sus paisajes o ese talante de su gente. Sorprenden los ejemplos de emprendimiento. Jaime Franco es uno de ellos. Dueño del hotel Kaluwala, llegó como juez a este municipio urabaense hace 14 años.

“Aquí operaba el bloque Elmer Cárdenas de Urabá. Fue una época triste. Pero con la desmovilización y la presencia del Estado, la situación cambió completamente”, recuerda Franco, quien renunció a su trabajo y decidió montar un hotel en esta tierra de oportunidades. Así nació Kaluwala, que significa territorio sagrado y rinde homenaje a las comunidades indígenas olo tule y la zenú olo, asentadas en la región.

En Necoclí se comprueba que la belleza natural de Urabá es vasta, exuberante. En aguas del mar Caribe reposa la ensenada de Rionegro, donde llegan los peces a desovar. Localizada a 18 kilómetros del casco urbano de este municipio, es una sala cuna de peces, crustáceos y moluscos y un banco de ostras de gran calidad, que crecen en las raíces de los mangles rojos y colorados. El lugar perfecto para detenerse a mirar al horizonte, respirar con calma, y nada más.

Los pescadores, para descansar de sus correrías diarias, construyeron un ranchito con palos de madera y una cocina rudimentaria. Allí se detienen a ver pasar el tiempo sin afanes, como lo hicimos nosotros hasta que nos sorprendió una patrulla de la Armada Nacional. Las operaciones de control marítimo son un trámite regular en este punto que se convirtió en un corredor hacia Panamá de inmigrantes ilegales de Cuba, Haití, África y otras partes del mundo.

Bosques de manglar y ciénagas en Necoclí (Antioquia). Foto: Ana María García / EL TIEMPO

Verificada nuestra nacionalidad y lo que hacíamos allí, proseguimos nuestro viaje hacia La Marimonda, una extensa ciénaga a 45 minutos en carro, desde zona urbana de Necoclí. A este tesoro natural se llega después de 15 minutos de caminata desde la vereda Marimonda. Reina el silencio hasta que entran en escena las aves acuáticas, la guacamaya ara macao y los monos araña, aullador y tití. Los grandes espejos naturales de agua dulce en los que se refleja el azul del cielo y la vegetación circundante regocijan el alma.

Para cerrar el día, resulta toda una terapia escuchar los relatos de un grupo de campesinos que cristalizaron su sueño de tener sus cabañas ecoturísticas. Son habitantes de la vereda El Carlos.

Estos abuelos, en su mayoría, confirman que para perseguir los sueños no hay edad. El más joven bordeaba los 50 años en 2004 cuando empezaron a luchar por su proyecto ecoturístico.

Hoy, estos 17 hombres recuerdan con alegría lo que es quitarse un gran peso de las espaldas. “Nos sentimos muy satisfechos de volver a la legalidad porque cuando uno está en cosas ilícitas vive sobresaltado. Se siente muy atacado por la conciencia”, dice Francisco Meneses, sentado a la entrada de su Centro Ecoturístico y Arqueológico, que está a 3,5 kilómetros de la zona urbana.

Ellos forman del parte del programa de sustitución de cultivos de coca por plátano, ñame y yuca. “Da menos plata, pero vive uno más tranquilo”, recuerda Francisco. Este proyecto de turismo autosostenible, que nació con el apoyo de la Asociación Guardagolfo y Naciones Unidas, está enclavado en una montaña y tiene el único hotel en su género con museo arqueológico. Como parte de los planes ofrecen una caminata ecológica y ascenso a un mirador desde donde se contempla el Golfo de Urabá en todo su esplendor.

Volcanes terapéuticos

La siguiente estación es Arboletes (Antioquia), a una hora de Necoclí en carro. Está en la denominada ruta del mar, volcán y bullerengue. Por supuesto, uno de sus grandes atractivos es el volcán Arboletes, donde se practica la lodoterapia.

En Arboletes (Antioquia) puede darse un baño de lodo, como lo hizo Emilie Vaucamps.

 De sus beneficios contra la artritis, problemas circulatorios y el estrés saben al otro lado del charco. Julien Bertoloti y Emilie Vaucamps son una pareja a la que sorprendemos jugando en esta piscina de lodo. Pero ¿qué hace este par de franceses en Arboletes y con el lodo hasta el cuello? Leyeron del sitio en una guía de viajes y no lo pensaron dos veces. “Queríamos descubrir un poco más de este maravilloso país que es Colombia”, apunta Julien.

Estos educadores ambientales llevan tres meses viajando por Colombia y se declaran maravillados “con los sitios vírgenes y no tan llenos de gente como este”, dice. ¿Cuánto tiempo se quedarán en el lodo?, les preguntamos. “Más o menos unos dos días. ¡Nooo, ya voy a salir!”, grita Julien en broma desde el ojo del volcán que escupe una gran burbuja de lodo y lo voltea provocando la burla de Emilie.

Su próximo destino, al igual que el nuestro, es Triganá (Chocó), la ruta final de nuestro recorrido por este territorio repleto de tesoros naturales que comienzan a salir poco a poco a la luz.

Triganá es sinónimo de las tortugas marinas caná –las más grandes del mundo–, de hechizantes atardeceres y paisajes selváticos que arrebatan los sentidos. El punto de partida es el muelle El Waffe en Turbo (Antioquia), pero también se puede salir desde Necoclí. Gastamos una hora de viaje en lancha bordeando el delta del Atrato y atravesando cinco de las 22 bocas que se le adjudican a este emblemático río.

Allí se vive otro tipo de turismo, diferente al de sol y playa de las grandes ciudades. Triganá también ofrece sol y playa, pero en medio de la selva virgen. Sus hosterías y cabañas turísticas no pavonean estrellas, pero hacen sentir al huésped como una estrella. Está a solo 20 minutos de Capurganá. Y es el destino de los que quieren aprender a bucear en el mar, pero también en su mundo interior. Este pedacito del Chocó y Urabá es un tesoro de esa Colombia inexplorada que con cierta timidez espera ser descubierta.

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