Sobreviviente de El Salado recibió la casa gratis número 100.000

Sobreviviente de El Salado recibió la casa gratis número 100.000

Osiris Cárdenas y sus 4 hijos recibieron del presidente Santos un techo propio y gratuito.

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26 de noviembre 2015 , 08:05 p.m.

Cuando apenas tenía un año de edad, Laura Pinilla Cárdenas dio sus primeros pasos en el monte, para huir de las balas. Estaba con su mamá, Osiris Cárdenas, y con sus dos hermanos mayores, que estallaron de júbilo por el acontecimiento de verla caminar; todo esto, al tiempo con el miedo por la masacre que cubrió de sangre y luto este corregimiento, en el 2000. (Fotos: así fue la entrega de la casa 100.000 por parte del Gobierno).

“¿Quién iba a imaginarse que nos íbamos a tener que desplazar, cuando teníamos una vida tan tranquila?”, se pregunta Osiris. Tampoco imaginaba que casi 16 años después iba a tener su casa propia, ni que el reconocimiento del dolor y la zozobra viene con techo, paredes, piso y ventanas.

Ella es la persona número 100.000 en recibir una de las viviendas gratuitas prometidas por el Gobierno Nacional en abril del 2012. Al fin, al cabo de tres lustros de andar detrás de los subsidios, de mendigar una ayuda del Estado que poco se materializó en tanto tiempo, recibe algo concreto, como un espacio y un techo para habitar.

Entró así, como un niño abre un regalo: no se detuvo a contemplar, sino que se asomó rápido a la sala, a un cuarto, al otro. Salió a los baños y luego al patio, que tiene un techo de palma, como las casas tradicionales de la costa Caribe, y llegó a la cocina, a su cocina. Acariciaba las paredes de ladrillo mientras iba de un espacio a otro.

Abrió la canilla del agua de su nueva casa, y las lágrimas deshicieron la compostura que llevaba puesta como una armadura, tal vez porque antes de ver la casa todo le seguía pareciendo un sueño.

“Yo soñaba con tener mi casa, nunca había tenido la oportunidad, iba de un lado para otro; por ellos me aguanté tanto tiempo. Ahora sí puedo salir a visitar a mi mamá a Cartagena, sabiendo que después van a volver a casa rodeados de personas y no solos”, dijo con las manos entrelazadas y temblorosas, mientras el agua fresca de su propia tubería se derramaba sobre ellas, por primera vez.

El silencio les salvó la vida. Fueron cinco días escondidos en el monte, regañando a sus tres hijos para que se callaran, temiendo que alguno de los paramilitares los encontrara y los asesinara, como hizo con 60 saladeros inocentes, sin importar su edad, género o condición. “Los pellizcaba, pero no era maldad, sino por los nervios, porque quería hacerlos callar”, relata. Con siete, tres y un año de edad, fue una proeza mantenerlos sin hacer ruido.

La Fiscalía General de la Nación reconoció en el 2008 que no fueron 60, sino más de 100 las víctimas fatales. Fue uno de los peores ataques de una escalada en la que los grupos paramilitares perpetraron más de 45 masacres solo en el área de Montes de María, departamento de Bolívar, entre 1999 y el 2001.

Según el Centro de Memoria Histórica, 450 paramilitares del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), comandado por Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, llegaron a El Salado por tierra y en helicópteros para sitiar la población durante seis días, entre el 16 y el 21 de febrero del 2000, con la excusa de que había guerrilleros y simpatizantes de las Farc encubiertos.

Hubo torturas, violaciones, muerte y toque de queda. Así lo recuerda Hermides Cohen, de 36 años, otro beneficiario de las 100 viviendas gratuitas entregadas este jueves por el presidente Juan Manuel Santos; el vicepresidente Germán Vargas Lleras, y el ministro de Vivienda, Luis Felipe Henao. También estuvieron la ministra de Transporte, Natalia Abello, y el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas.

Hermides fue uno de los hombres que ayudaron a construir las 100 viviendas que le correspondieron al corregimiento, sin saber que una de ellas sería suya. En todo el país, estos proyectos generaron 115.000 empleos, según el Ministerio de vivienda.

No fue algo que le reconocieran a este saladero de inmediato. Tuvo que pelear. “No salí postulado, pero en una presentación del Gobierno reclamé que había sido desplazado dos veces y que el Presidente había prometido que las casas serían para quienes no tenían vivienda y para las víctimas. Luego volvieron y una muchacha dijo que sacó a dos personas que ya tenían casa y me llamó a mí, y me nombraron en la segunda lista. Estoy agradecido, aunque lamento que muchos compañeros se quedaron sin casa y les dieron a muchos que sí tienen en dónde vivir”, dice Hermides.

Vive en una casita modesta, de fachada verde, con su joven esposa y su hijito, Daniel. Adentro tiene apenas lo necesario: una nevera, un mueble con estantes, una mesita con sillas plásticas y una habitación con una cama. Afuera hay varios patos y un cerdo que sacrificará y venderá, pues en su nuevo hogar no puede tenerlos. Paga por todo 50.000 pesos mensuales, pero ya no tendrá que pensar de nuevo en el arriendo.

Y Osiris, quien habita en una porqueriza con cerdos y dos galpones en los que a veces hay hasta 300 gallinas, puede dejar de pensar en recolectar agua en un tanque y bañarse a totumadas. La vida nueva tiene sus propios retos, pues aún no sabe cómo conseguirá el pan diario, si ya no podrá cuidar las gallinas con las que a veces obtiene hasta 200.000 pesos mensuales para alimentar a sus hijos, a los que cuida sola desde que su esposo los dejó.

“La verdad es que no sé, no sé decirle”, responde con una expresión vacía que le roba la sonrisa.

Heridas indelebles

“Yo tengo que matar a mis tres”, le dijo un paramilitar joven a Hermides Cohen. Entre esos tres estaba su papá, un campesino de la tercera edad, quien le dio su nombre. “Sé que me van a matar, pero soy inocente de esta guerra que está pasando aquí”. Luego, Hermides vio cómo tiraron a su papá al piso y le dieron un tiro en la cabeza. Fue el último en morir ese 18 de febrero, tres días antes de que el horror acabara.

Lo cuenta con la voz firme, pero es la única vez que baja la mirada. Tiene aún ánimos para decir que lo alivia no haber visto que lo ultrajaran, como sí hicieron con otras víctimas. “A ellos sí les hicieron maldades, los pateaban, les daban con palos, les dieron puñaladas con los cuchillos que tenían en la punta de los fusiles”, recuerda.

Él, dice, también es uno de los 100 beneficiarios de El Salado, y recibió las escrituras y las llaves de su nueva casa.

La indignación revive por lo que vio en febrero del 2000. “Cogieron las cédulas y contaban de uno en uno; al que le caía el 21 sabía que se iba a morir. Jugaban y luego los llevaron a la cancha. Se ha dicho que jugaron a la pelota con las cabezas de algunos, pero yo no vi nada de eso”.

Los recuerdos perseguían a Osiris en sus sueños y le robaban la tranquilidad. Pero el tiempo, que sana todo, la ha recuperado: “Hace dos años que no tengo una pesadilla así, no sé por qué”.

El reporte de Memoria Histórica puede recrear algunas de esas escenas de extrema crueldad. Aunque el 16 de febrero comenzaron las matanzas, mientras la avanzada militar se abría camino para llegar a El Salado, el 18 de febrero fue el día más sangriento. Separaron a los hombres de las mujeres y de los niños, incendiaron vehículos, degollaron decenas de personas, quemaron casas...

“A mi primo, Emilio Cohen, lo señalaron, lo llevaron hacia la trampa frente a la cancha, lo amarraron con un cordoncito de la oreja, lo pateaban, le pegaban con el puñal y luego le dieron dos rafagazos”, narra Hermides. Después pudo escapar con un hermano, y pasó tres días en el monte. “Volví, enterré a mi papá, recogí lo poquito que tenía, los animalitos los vendimos y nos fuimos para el Carmen en un camión que contratamos”.

El retorno y el renacer

Osiris y Hermides no pudieron, no quisieron estar mucho tiempo lejos de esa tierra llena de ondulaciones que llaman hogar. Ella retornó en el 2004 con sus hijos y su esposo, antes de que él los abandonara. Como él consiguió empleo como conductor de ambulancia, volvió al poco tiempo.

Lo que encontraron fue la soledad, colonizada por los matorrales; plantas que crecían en medio de las calles y por las grietas de las paredes, las casas destruidas; una polvareda que lo cubría todo. Era un pueblo fantasma que poco a poco se repobló. Hoy hay alrededor de 1.000 habitantes.

Cien de ellos recibieron su casa nueva este jueves. Bautizaron la urbanización, de casas ordenaditas y de techos verdes, como Villa Beatriz Linares, en honor de la exdirectora de la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema (Anspe) y quien falleció en febrero de este año. El terreno fue donado por la fundación Semana.

La entrega se hizo con la urbanización como telón de fondo. Bajo una carpa blanca, enorme, los beneficiarios, los funcionarios públicos invitados, los medios de comunicación. Entre el público, en primera fila, estuvo el expresidente chileno Sebastián Piñera, a quien Santos llamó “un amigo personal”. Al exmandatario lo sacó a bailar una de las beneficiarias, que ondeó su falda morada al ritmo de Carmen de Bolívar, de Lucho Bermúdez, interpretada por la cantante Adriana Lucía.

Cada vivienda tiene 76,23 metros cuadrados, redes de acueducto y energía, y serán de estrato 1 durante 10 años. Sus nuevos dueños no podrán venderlas en ese periodo, para evitar que sean despojados por avivatos que vean oportunidades inmobiliarias.

En esas 100 casas de El Salado se invirtieron 4.227 millones de pesos. Con ellas se cumplió la meta del Gobierno Nacional de dar viviendas gratuitas a personas que vivían en extrema pobreza y sin capacidad de endeudamiento. Hay 283 proyectos en 29 departamentos. Se requirieron 4,4 billones de pesos.

El 70 por ciento de los colombianos que fueron elegidos son víctimas de desplazamiento forzado, el 15 por ciento está vinculado a programas sociales de la Nación para superar la pobreza extrema y el otro 15 por ciento son víctimas de desastres naturales.

“Demagogos, mentirosos, populistas, tramposos. Eso nos decían cuando lanzamos el programa de las 100.000 viviendas. Nos decían que era imposible”, dijo Santos. Al final llamó a Osiris y le dio un abrazo, que ella recibió con timidez. “Qué bueno, Osiris, que tú y tus dos hijas y dos hijos tienen futuro y ahora pueden vivir con su madre, en una casa decente”.

450 mil casas para el 2018

Los esfuerzos del Gobierno le apuestan a impulsar 450.000 viviendas más en diferentes programas y estratos, para el 2018. La segunda fase ofrecerá 40.000 unidades a las familias más vulnerables en municipios de categorías 4, 5 y 6. También está el programa Mi Casa Ya, que comenzó a gestionar 130.000 para quienes ganan entre 2 y 4 salarios mínimos. Otra iniciativa es el subsidio a la tasa de interés para respaldar 135.000 créditos de $ 45 millones a $ 87 millones, a través de Fonvivienda. Avanza Casa Ahorro, plan que permitirá construir otras 86.000 viviendas prioritarias para personas que ganan hasta 2 salarios mínimos. Además, está listo el Confis que avala más de $ 1 billón para el subsidio a la tasa de interés que, desde enero del 2016, respaldará 50.000 créditos para viviendas de entre $ 87 millones y $ 215 millones.

NATALIA GÓMEZ CARVAJAL
Subeditora de Bogotá

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