La larga sombra del dictador español Francisco Franco

La larga sombra del dictador español Francisco Franco

Tras 40 años de su muerte, su figura aún pesa sobre la vida política y social de España

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25 de noviembre 2015 , 07:34 p.m.

Barcelona. “Españoles: Franco… ha muerto”. Hace cuatro décadas, la imagen bicolor, compungida y lúgubre de Carlos Arias Navarro, entonces presidente del Gobierno español, anunciaba así la muerte de Francisco Franco por la televisión. El dictador fallecía tras semanas de agonía en un hospital de Madrid.

España, que llevaba 38 años bajo su férreo comando, contuvo la respiración. ¿Qué pasaría?

Navarro prosiguió, lloroso, su alocución. “El hombre de excepción que ante Dios y ante la historia asumió la inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a España ha entregado su vida, quemada hora a hora en el cumplimiento de una misión trascendental”, dijo.

Palabras que reflejaban lo que Franco pensaba de sí mismo, la idea sobre la que construyó su régimen y la concepción de un alma de España que, 40 años después, aún planea sobre la vida del país ibérico.

Franco nació en El Ferrol, un pequeño pueblo gallego, en diciembre de 1892. Su padre perteneció a la Armada Española, de ahí que el dictador y sus hermanos abrazaran la carrera militar con entusiasmo.

El futuro dictador fue un joven uniformado que escaló posiciones en la milicia gracias a sus triunfos militares en el norte de África y a pesar de su pequeña estatura y voz aguda no muy propicia para el mando.

El prestigioso historiador Paul Preston, autor de una de sus biografías, lo muestra como un niño temeroso que vio en la estricta jerarquía militar una manera de huir de sus miedos y contraponerse a un padre libertino. Él era más de su piadosa madre. “Franco rechazaría frecuentemente todo lo que él asociaba con su padre, desde los placeres de la carne a las ideas de izquierda”, escribe Preston.

Se trata de una idea que posteriormente será la columna vertebral del nacionalcatolicismo, esa seña de identidad del régimen en la cual la visión más conservadora de la Iglesia católica y sus principios morales permeaban toda la sociedad.

Franco, en sus apuntes personales, tenía muy claro quiénes eran los enemigos de esa construcción: “la conjura de republicanos, separatistas, socialistas y masones, ateos, traidores en el exilio, delincuentes e infieles en el matrimonio”.

Rápido ascenso

La meteórica carrera de Franco –con 33 años fue el general más joven de Europa desde Napoleón– lo llevó a ocupar un lugar destacado en la cúpula militar cuando, en 1931, se proclamó la Segunda República. Un cambio que llegó tras unas elecciones en que en las ciudades ganaron aquellos que representaban todo lo que el futuro dictador odiaba. Por eso no le costó impulsar el golpe de Estado de 1936, encabezar el bloque nacional durante la Guerra Civil y ser después el jefe de Estado tras la victoria hasta 1975.

Un triunfo en el que Franco administró un país dividido por su propia voluntad entre vencedores y vencidos. La Guerra Civil y la posterior represión a los republicanos dejó un número aún indeterminado de muertos y un país completamente arrasado, con múltiples atrocidades cometidas por ambos bandos.

Preston, en el libro El holocausto español, desglosa las cifras: 300.000 víctimas en batallas, 200.000 ejecutados de manera extrajudicial, medio millón de exiliados y 20.000 fusilados tras la instauración de la dictadura en 1939.
Franco concebía una España unida y uniforme. El catalán, el gallego y el vasco fueron vetados. “En el colegio te castellanizaban el nombre. Mi padre me puso María, porque era el mismo en catalán y en castellano. Pero la monja decidió que yo era Asunción, por si quedaba alguna duda. Cuando quise estudiar para ser maestra fue un problema, pues mi nombre no era el mismo entre mi carnet de identidad y mis notas”, cuenta María Fons, una jubilada de 86 años que recuerda la dureza de esos años. Las sirenas que advertían los bombardeos de los aliados italianos de Franco sobre Barcelona, una madre que les daba la cena a la luz de la vela para que no vieran el moho del pan.

España se encerró en sí misma. Franco obligó a doblar al español todas las películas tras una estricta censura, expulsó de la Administración y del magisterio a todos aquellos que tuvieran un pasado republicano. La vida política solo se podía hacer a través del Movimiento, un aparato que agrupaba el único partido (la Falange, de génesis fascista), el único sindicato (los de clase estaban prohibidos) y una red de organismos que buscaban instruir a la juventud en los principios del régimen.

Los cargos públicos, por ejemplo, tenían que jurar su adhesión a los principios del Movimiento, en cuya cúspide estaba Franco. El propio dictador, en 1958, aprobó dichos principios dentro de lo que llamó las leyes fundamentales del reino, su Constitución. Estos establecían, por ejemplo, que “la fe es inseparable de la conciencia nacional” o que “el servicio a la unidad, grandeza y libertad de la Patria es deber sagrado y tarea colectiva de todos los españoles”.

La visión del mundo de Franco también se hizo piedra. El dictador inauguró en 1959 el Valle de los Caídos, un colosal mausoleo, que alberga los restos de 33.833 personas, un tercio sin identificar, según el Ministerio de Justicia.

El Generalísimo ordenó inhumar restos de cementerios y fosas por toda España, sin importar el bando o la opinión de la familia. El propio Franco fue enterrado allí y, cada 20 de noviembre, algunos visitan su tumba y le ofrecen un saludo romano, de la mano alzada, idéntico al nazi. Algo impensable en Italia o Alemania.

“Todos los intentos de juzgar a los responsables políticos del franquismo y resarcir el daño a las víctimas han sido detenidos”, recuerda Carles Santacana, director del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona.

Al exjuez de la Audiencia Nacional Baltazar Garzón casi le cuesta la inhabilitación, que después le llegó por otro proceso. En 2010 se presentó una querella en un juzgado de Buenos Aires que aún sigue su curso. “Las bases de la transición hacia la democracia fueron amnistía para los franquistas y amnesia para los republicanos. Fue un pacto tácito real y operativo”, dice Carlos Barrera, profesor de la Universidad de Navarra.

Barrera reivindica ese espíritu pactista como la base de un consenso que permitirá la Transición hacia la democracia. Un proceso cuya efectividad ahora muchos ponen en duda, por ejemplo, a raíz de las aspiraciones independentistas de una gran parte de Cataluña. “Ahora puede que no entendamos ese pacto, pero era lo viable”, asegura el profesor.

En el 2003, siguiendo una decisión del ayuntamiento de Ponteareas, un busto de Franco fue retirado de la plaza central del pueblo. AFP

Todo preparado

Lo cierto es que nunca hubo una ruptura radical con el régimen franquista. Franco siempre quiso dejarlo todo atado y bien atado. Fue él quien decidió que el ahora abdicado rey Juan Carlos asumiera la jefatura del Estado a su muerte.

El Gobierno sigue recaudando impuestos para la Iglesia, muchas de las personas que lideraron el régimen siguieron en sus cargos tras la llegada de la democracia, por ejemplo”, recuerda Santacana. Uno de los ejemplos más paradigmáticos es el de Manuel Fraga. Este vicepresidente de Franco fue presidente fundador del Partido Popular y senador de la misma formación hasta 2011, un año antes de su muerte.

O dentro del mismo Ejército. El 23 de febrero de 1982, ya en democracia, un grupo de guardias civiles intentó dar un golpe de Estado. “Una de las frases del dictador era ‘Haga como yo, no se meta en política’. Él creía que los militares tenían que administrar porque los políticos eran incapaces. La sociedad española ha heredado cierta animadversión a la política”, explica Santacana.

Franco murió en su cama, como ningún otro dictador del siglo XX, por su habilidad para habilitar el desgaste. Supo alejarse a tiempo de Hitler y Mussolini. La dictadura de los años 40 no fue la misma de los 70. A finales de los años 50, sus planes de estabilidad económica conectaron a España con el mundo. Floreció una clase media que no existía.

“Era una apertura y cambios económicos que iban en contravía de su visión del mundo, pero que entendió que se tenían que hacer”, agrega Santacana.

La fórmula de amnesia y amnistía no ha sido monolítica. Un ejemplo es la ley de memoria histórica promulgada por el gobierno socialista en el 2007. Entre otras cosas, imponía retirar estatuas conmemorativas del levantamiento militar o de la represión. El Estado también ayudaría a realizar exhumaciones. Hace dos años que no se dota presupuestariamente.

La norma fue criticada por sectores de la derecha al considerar que “reabre viejas heridas”. “Hay un ejercicio de negación de la memoria por el actual Gobierno”, asegura Emilio Silva, nieto del primer republicano encontrado en una fosa que ha sido identificado gracias a una prueba de ADN. Silva es presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Tras años sin dinero, un premio de 100.000 euros (el Alba/Puffin), entregado por el activismo a favor de los derechos humanos, le dio un poco de aire.

Mientras que en Barcelona, por ejemplo, ya no hay símbolos franquistas en la calle, ciudades como Santander o Valencia aún tienen calles llamadas en honor a militares que lucharon junto a Franco. Se trata de reticencias muy difíciles de vencer dentro de ciertos sectores que, según Santacana, “creen que no hay que buscar valores democráticos en una etapa anterior, se quedan en la Transición”. Barrera considera negativa “la utilización partidista de la historia”. “Resucitar continuamente a Franco en la vida política es una mala cosa”, agrega.

Con la proximidad de las elecciones generales, se trata de un tema que seguramente volverá a salir en el ruedo político. Una y otra vez los socialistas piden exhumar el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos para que deje de ser un símbolo exclusivo de los vencedores. Algo que nunca hizo cuando gobernó.

En España existe la Fundación Francisco Franco, cuyo objetivo principal es “difundir el conocimiento de la figura del dictador y enaltecerla en sus dimensiones personal, política y militar”, y que ha recibido dinero público. Su página web anunciaba hace unos días las misas por el alma del caudillo y “todos los caídos por Dios y por España”.

A la fundación la conoce bien Eugenio Merino. En 2012, este artista madrileño llevó a la Feria Arco una creación suya, Always Franco, en la que una figura hiperrealista del dictador reposaba dentro de un frigorífico. La pieza no fue retirada, pero el director del centro de convenciones, el exalcalde de Madrid José María Álvarez del Manzano, la calificó de “indignidad” e “inadmisible”. La fundación lo demandó por la pieza y, tras años de proceso, la Audiencia Provincial de Madrid le dio a Merino la razón hace un mes. “Franco sigue vivo y coleando”, ironiza el artista.

En Madrid, calles todavía llevan nombres franquistas

Varios llamamientos fueron lanzados el 20 de noviembre, con ocasión de los 40 años de la muerte de Franco, para que Madrid acelerara el cambio de nombre de las calles que siguen vinculadas a la dictadura de Francisco Franco. La alcaldía de Madrid, dirigida desde junio por la exjueza Manuela Carmena –surgida del movimiento de los ‘indignados’–, afirmó hace meses su voluntad de cambiar esos nombres. La capital todavía mantiene más de 170 calles, plazas y pasajes con nombres de personajes destacados del franquismo y la Falange, partido de inspiración fascista fundado en 1933. Plaza de Arriba España y Calle de los Caídos de la División Azul son algunos ejemplos de los nombres que buscan cambiar en el futuro.

CAMILO SIXTO BAQUERO
Para EL TIEMPO

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