Entre David y Goliat

Entre David y Goliat

Hace bien el Estado colombiano en promover la industria criolla de las nuevas tecnologías.

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25 de noviembre 2015 , 06:55 p.m.

Con su marca alusiva a la supremacía teutónica, Uber encarna en el imaginario colectivo aquel servicio de trasporte revolucionario destinado –para unos– a destrozar puestos de trabajo y –para otros– a brindar una alternativa confiable frente al monopolio de los taxis públicos. La aplicación inventada por Travis Kalanick es solo una de las muchas que están cambiando el mapa de la economía mundial. Desde su centro de control planetario, en Silicon Valley, los alquimistas del modelo compartido ('sharing economy') están llegando con sus diabólicas aplicaciones a los cuatro rincones del planeta, arrasando con el establecimiento de muchas empresas tradicionales.

El mantra de la 'new economy' es ‘...cambiar o morir’. Suena intrigante, pero vaya uno a venderle esa misma idea, por ejemplo, al taxista que se endeudó por cien millones de pesos para comprar el cupo de su carrito amarillo. ¿Cómo se baja de semejante lío? El debate arrecia y la posición de los legisladores –por torpeza o pura ignorancia– ha sido la misma en todo el mundo: amanecerá y veremos. Mientras la política decide, aumentan las huestes de empresas zombis: taxis, agencias de viajes, librerías, hoteles, casas disqueras, periódicos. La lista es interminable.

Hace unos días un referendo promovido por hoteleros y otras asociaciones de categoría en San Francisco –la ‘Proposición F’– sucumbió ante el gigante de los arriendos de vivienda privada AirBnB. Uno pensaría que en la meca de internet el problema lo habían resuelto. Todo lo contrario: la disputa sobre el “fin de la intermediación” apenas comienza, y enfrenta a pesos pesados de la talla de Larry Summers (exrector de Harvard) con otros como Allan Krueger, antiguo miembro del Consejo Económico de Barack Obama.

Este último sostiene que la plataforma Uber “genera empleos..., beneficia a los consumidores y no afecta la estabilidad laboral de otros sectores, pues le apunta a un mercado diferente”. La idea es que anulando la intermediación, a la postre toda la economía se beneficia. Para sus contradictores, en cambio, el modelo es una falacia. Si bien es cierto que en la vieja economía muchas migas de pan se perdían por aquí y por allá, ahora –argumentan– una sola tajada termina en manos de pocos intermediarios mundiales. Ejemplo: las Otas (agencias de viaje en línea) cobran a los hoteles hasta un 22 por ciento de comisión. Para rematar, una sola plataforma controla el 45 por ciento de la reservas. ¡Llamar a eso cartel es un eufemismo!

Un estudio de Juliet Schor, de la Universidad de Boston, sobre economía compartida y 'peer to peer' (punto a punto) llega a la conclusión, quizá más sensata, de que “estas nuevas tecnologías son herramientas potencialmente poderosas para la construcción de un movimiento social centrado en prácticas genuinas de intercambio y cooperación para producción y consumo de bienes y servicios. Pero para alcanzar ese potencial será necesario democratizar la propiedad y el gobierno de las plataformas”.

La eficiencia de las aplicaciones inteligentes es indudable, pero preocupa la velocidad de reposición de toda esa riqueza destruida por el nuevo modelo, especialmente cuando de compartido tiene poco. De ahí la necesidad de que los beneficios económicos no terminen solo enriqueciendo a Silicon Valley en el primer round y a Wall Street en el segundo.

Hace bien el Estado colombiano en promover la industria criolla de las nuevas tecnologías. Si la creatividad y el conocimiento nacional le muerden un poco a Silicon Valley, bien venga. En el partidor hay muchas: por ejemplo, Mi Águila, la respuesta nacional a Uber, y Gyffu, un motor de búsqueda ‘made in Quindío’. ¿Un combate entre David y Goliat? Por supuesto, pero hay que hacerle fuerza al primero.


Camilo Ayerbe Posada

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