Guerra-dentro

Guerra-dentro

La verdadera guerra que libra el hombre es contra sí mismo.

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25 de noviembre 2015 , 05:56 p.m.

El escenario de la guerra es un sancocho de gente iracunda, resentida de lado y lado, humillada, saqueada, hambrienta de poder y de dinero, secuestrada por su propia desesperación y por sus supuestos “ideales”, que describe así la incomprensible cruzada de la humanidad. Infortunadamente, ninguna causa que no incluya el perdón es legítima. Pero mientras la lucha interna del hombre no cese, la guerra seguirá siendo su principal modo de expresarla, ya que, de otro modo, el ser humano tendría que vérselas en soledad con su propio vacío, y para esto se necesita más valor que para empuñar un arma.

La verdadera guerra que libra el hombre es contra sí mismo. Todos los problemas de este mundo, tan trascendentales y definitivos, forman parte de la juguetería que nos inventamos para no advertir eso. Si el ser humano solo se dedicara a conseguir su paz, simple y modesta, y la aplicara juiciosamente en su vida diaria a las situaciones más sencillas, la guerra, negocio impagable además, no se volvería un hecho mundial. Por ahí tendríamos que empezar, pues la pregunta por la paz no es un asunto de seguridad de los gobiernos, sino un tema que le concierne al espíritu.

Algún día nuestro afiebrado planeta desaparecerá por ley cósmica y se llevará envueltas en su cataclismo las pequeñas historias de los hombres. En el espacio negro que hoy ocupa la Tierra no habrá más ideas, ni descubrimientos, ni obras maestras, ni víctimas, ni victimarios, no habrá más odio con qué ungir la violencia. Ese majestuoso silencio, antes y después de millones de años de bulla, es lo que merecemos invocar en momentos íntimos de meditación, ahí donde no hay individuo y donde adquirimos la consciencia de cuán inútil es nuestra soberbia. Ese y solo ese segundo de reconocimiento es el que acaba con la guerra que nunca debió haber comenzado.

Creo más en el proceso de paz “pequeño”, ese que debe operarse dentro de mí misma, al revisar y observar compasivamente mi resentimiento cotidiano, para poder transformarlo en algo que les genere paz a los que tengan que ver conmigo de cualquier forma y, por consiguiente, a mi propia persona.

No habrá jamás guerra más despiadada que la que se libra dentro de una mente incapaz de reconocer en su propia inocencia el reflejo luminoso de la de los demás.


Margarita Rosa de Francisco

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