La mujer que retornó al río Atrato y le puso fin a una pesadilla

La mujer que retornó al río Atrato y le puso fin a una pesadilla

Victoria Mendoza regresó a Quibdó luego de enfrentar una red de trata y sufrir sus represalias.

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24 de noviembre 2015 , 08:07 p.m.

Victoria Mendoza lleva más de 20 años con una espada atravesada en el pecho, y el pasado fin de semana comenzó a sacarla. Es la etapa final de un azote que se inició en Quibdó, donde trabajaba como médica voluntaria.

Esta cartagenera de 50 años, toda una combinación de serenidad y dulzura y que ahora vive en Inglaterra, decidió volver a ese lugar que se convirtió en un polo fundamental de su vida, el río Atrato.

Regresa en medio del Festival Ni con el Pétalo de una Rosa, que lucha contra la violencia de género, y de la mano de Alejandra Borrero, para presenciar un monólogo que escribió para la actriz y en el que cuenta cómo, mientras luchaba contra el cólera, se enteró de que había una red de trata de personas que estaba secuestrando niñas indígenas para obligarlas a trabajar en prostíbulos.

Todo sucedió a comienzos de la década de 1990, cuando Mendoza llegó a Quibdó como parte de una organización misionera. “Éramos muy jóvenes los que veníamos acá. Vivíamos desconectados, estábamos concentrados en ayudar y nunca pensamos que estábamos en peligro, sino que teníamos que llegar a tal pueblo, hacer una brigada de salud, limpiar unas aguas, hacer unos pozos sépticos”.

Quibdó era el centro de operaciones y el Atrato, su residencia. Por allí viajaban en chalupa para llegar a pueblos y resguardos, y durante esos viajes fue como ella y su compañera, Helena, se dieron cuenta de que había niñas que estaban desapareciendo. La culpable era una red invisible, que se movía en las tinieblas. “Era una fuerza mayor que todo el mundo –dice Mendoza–, pero nadie podía pelear con ellos porque nadie sabe quiénes eran, no tenían rostro”.

Ella y Helena se fueron convirtiendo en una fuerza incómoda por sus averiguaciones, tanto que un día un hombre, que llevaba un arma visible en el cinturón, las amenazó diciéndoles que le tenían que entregar toda la penicilina en 24 horas. Era solo eso, una amenaza para desestabilizarlas y para mostrar poder, porque el hombre no volvió.

Pese a esas intimidaciones, las dos decidieron enfrentarse a esa organización tenebrosa luego de que secuestraron a Kío, una pequeña niña indígena que ambas habían salvado de una fiebre. Empezaron a recorrer el Atrato buscando a Kío, pero la persecución finalizó cuando unos hombres en una lancha las interceptaron, pidieron ver sus papeles y luego las llevaron a una casa en una población deshabitada.

Primero las amarraron, recorrieron sus cuerpos con pistolas y cuchillos, las golpearon y luego las separaron. Todo era oscuro, dice Victoria, quien también recuerda que a esa casa entraron más de cinco hombres para hacerle cosas irrepetibles. E hicieron lo mismo con Helena.

“A nosotras no nos iban a matar, querían que desapareciéramos de ahí. Ellos no eran estúpidos, aunque no les hubiera costado nada matarnos y desaparecernos, pero eso hubiera llegado a la prensa porque mis padres y todo el mundo iban a hablar”.

Las dos sobrevivieron, pero Victoria nunca volvió a hablar con Helena y una de las cosas que más le duelen es que el último recuerdo de ellas dos juntas sea esa noche terrorífica. Meses después, el padre de Mendoza, que fue a Chocó a rescatarla, murió de un infarto y ella decidió salir del país, hacia Inglaterra.

Uno de los momentos más emotivos de la actividad en Quibdó fue la visita al malecón del río Atrato.

***

La noche anterior a su llegada a Quibdó, Victoria no pudo dormir. En el avión se sentía mareada y toda la mañana estuvo tan nerviosa que no pudo comer, todo por ese nudo en el estómago que se comenzó a amarrar meses atrás, cuando Borrero la invitó a volver a Quibdó.

En el retorno, a su lado permanece siempre Borrero, una suerte de ángel guardián, preparada para cualquier reacción.
La emotividad del reencuentro pone a tambalear su entereza, pero en el exterior Mendoza se muestra segura. Y de pronto los nervios se convierten en curiosidad cuando empieza a caminar por las calles e inspecciona las esquinas tratando de recordar los detalles del Quibdó que le tocó dejar. Los cambios no son muchos, ahí sigue su gente de alegría exuberante, de ese desparpajo que contagia. Ahí se mantienen su olor a chontaduro y a pescado seco, sus calles sin pavimentar, su humedad desgastante. Ahí estaba la tierra que siente como suya y no de sus verdugos.

Su primera parada es una reunión con varias entidades, como la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer y Usaid (Agencia para el Desarrollo Internacional, de Estados Unidos), que ofrecen un corte de cuentas sobre la lucha contra la violencia de género en la región. Todos celebran con efusividad la presencia de Mendoza, quien recibe los aplausos con una sonrisa tímida.

Finalmente llega el momento del monólogo en el que condensó todo su sufrimiento, y que ahora recitará Borrero. Todo sucede en una sala abarrotada, y con ese calor inclemente que parece derretir el horizonte. Desde el momento en el que la actriz entra al lugar, Victoria cierra los ojos y concentra su ansiedad en un juego distractor con un pequeño cargador negro que lleva en sus manos.

No es la primera vez que escucha su historia en la voz de la reconocida actriz, ya lo había presenciado esa misma semana en Santa Marta y en Riohacha, pero en esta ocasión el termómetro de la emotividad es mucho más elevado. Requiere no solo de la valentía de revivir el pasado más terrorífico, el propio, sino de hacerlo en el lugar en el que todo sucedió.

El relato está lleno de una sinceridad y una potencia que logran silenciar todo el ambiente. Las lágrimas brotan, al igual que el sudor, ante ese bochorno delirante y Borrero trata de conectar su mirada con la de Victoria, pero ella sigue concentrada, con los ojos cerrados. Fue una situación que la descontroló, confiesa.

“Yo tenía preparado algo para hablar del perdón pero no pude, nada me salía. Sentía como si alguien estuviera hablando por mí, porque estaba totalmente bloqueada, fue un momento bastante difícil”.

Mendoza dice que hay una estrella invisible que las conecta a ella y a Borrero con el Chocó. Ella, obviamente, disfrutó y sufrió en ese departamento, mientas que la actriz y activista lleva varios años trabajando allí con asociaciones de mujeres víctimas del conflicto. Fue ese trabajo el que animó a Victoria a contarle su historia. “Nunca pensé que Alejandra iba a usar nada de eso. Hablamos mucho, y ella me dijo: ‘Escríbelo’. En Londres, con la calma de mi refugio, terminé de hacerlo y se lo mandé. Fue una liberación”.

El doloroso testimonio se incluyó en la obra Ella en Shakespeare, dirigida por Manolo Orjuela, que entrelaza fragmentos de obras del bardo inglés con casos de violencia de género. Borrero fue descubriendo que el relato de Victoria era uno de los momentos más conmovedores del montaje y decidió condensarlo en un relato de más de 20 minutos con la aprobación de su autora.

“Después me comenzó a contar cómo estaba evolucionando, cuántas veces lo ha presentado y la reacción de la gente. Alejandra me decía: ‘Vicky, está bien contado, pero, sobre todo, tiene tu corazón y tu arte’ ”.

Borrero ya lleva más de un año interpretando ese unipersonal. Su plan es presentarlo en más de 20 puntos del país en menos de dos meses. Uno de esos puntos fue Popayán, donde una de las espectadoras reconoció la historia y se acercó a la actriz para contarle que fue tanto el impacto y el cariño que le tenían a la médica en Quibdó que una mujer decidió ponerle su nombre a su hija. Pero, en una de las muestras más puras del realismo mágico colombiano, la niña no se llama Victoria sino ‘Promotora de Salud’.

***

La familia de Mendoza siempre ha tenido una inclinación por las causas benéficas y por la religión. Su bisabuelo fue un cura jesuita que viajó del sur de España a Colombia para ayudar las comunidades afro, y su padre también fue pastor.

Eso fue una influencia para volverse médica voluntaria, y también para ingresar, en Inglaterra, a la religión anglicana, de la cual exhibe una muestra, en la misma sala donde escuchó el monólogo. Allí ofrece una eucaristía con pan y vino, vestida con una túnica blanca impecable, sin importar el calor. La mejor muestra de la elegancia británica.

El día continúa en el río Atrato, en el que Borrero y su equipo prepararon una ceremonia simbólica para resignificar esa artería vital del país por la que llegaron muchos desplazados y en la que cayeron tantos cadáveres en las épocas más oscuras de nuestro flagelo.

Pero aquí el dolor se cambia por los sonidos de una chirimía y por los acordes de una canción que las mujeres del Chocó crearon en su proceso de trabajo con ‘Ni con el pétalo de una rosa’. Divididas en cuatro chalupas, con los músicos marcando el paso, las mujeres llegan a un pequeño islote en el que Mendoza reza un salmo y Borrero dice con convicción: “Que la oscuridad no reine más nunca en este pueblo y que la luz las ilumine a todas”.

Es así como Mendoza comienza la recta final en esta pesadilla. Ella asegura que es una mujer feliz, que tiene una vida feliz pero no completa, que ese vejamen a la que la sometieron “la ha jodido por años”, y que si no hubiera vuelto al Chocó, tal vez hubiera tenido que seguir así. Pero ella quiso perdonar, aunque nadie le pidiera disculpas, y también decidió que el perdón no es un sentimiento sino una decisión, y por eso tiene que hacerlo todos los días, para terminar de sacarse la espada.

Al día siguiente, con el sopor del sol de las doce, Mendoza se encuentra con dos de las mujeres que la acompañaron en la ceremonia. Le preguntan que cuándo piensa regresar y le piden que no olvide a su Chocó. Ella responde: “Voy a volver, voy a volver, para escuchar esa música tan linda que me alegra el alma”.

YHONATAN LOAIZA GRISALES
Cultura y Entretenimiento

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