La Playa de Belén, un tesoro escondido

La Playa de Belén, un tesoro escondido

En Norte de Santander hay un lugar tan bello que pareciera ocultarse.

notitle
23 de noviembre 2015 , 08:58 p.m.

Estoy en La Playa de Belén, un pueblecito en cuyo casco urbano neocolonial habitan poco más de 8.395 seres humanos, según el último censo. Un lugar insólito, en el que ninguno de sus habitantes tiene memoria de un atraco, de un asalto o un robo. Este bucólico, ordenado y sencillo municipio, atravesado por tres únicas calles: la calle del Comercio, la Del Medio, y la De Atrás o carrera de San Diego, está circundado por un paisaje de postal.

Gracias al ramillón, un sistema de riego heredado de sus ancestros –que consiste en rociar los cultivos mediante una totuma al final de una vara de madera–, los labriegos transformaron las ásperas tierras en fértiles, capaces de producir fríjol, tomate, limón o cebolla –el principal de esta región–, ahuyama, banano, naranja, pepino, tabaco y mango, que reafirman la impresión de que aquí hasta las piedras se reproducen. La Playa de Belén, 241 kilómetros cuadrados y quebrados, es una despensa agrícola no solo para Ocaña y Ábrego, sino para buena parte del norte de la costa Atlántica.

Esa demostración de exuberancia vital contrasta violentamente con un entorno árido, polvoriento y primitivo como un planeta en ruinas: los estoraques, proyectiles minerales que son, aparte de un espectáculo, el mayor atractivo de La Playa de Belén.

Para llegar a La Playa, como le dicen los raizales, he debido hacer un vuelo de cincuenta minutos desde Bogotá y luego seis horas de carretera en una camioneta desde Cúcuta. A medida que nos acercamos al pueblo el paisaje va de yermo a casi desértico, y luego a pétreo. Y de pronto, allá abajo, riachuelos transparentes, que pasan corriendo frente a pequeños cultivos trazados sobre la tierra como verdes encordados de una raqueta de tenis. Cuarenta minutos después, la camioneta deja la carretera principal y toma por San Francisco, un desvío que se va metiendo en el mundo prehistórico que conduce a ese lugar que de tan escondido parece construido como un secreto: La Playa de Belén.

No obstante su aspecto colonial, es un pueblo joven. Nada más en julio del 2005 fue declarado Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional y pasó a formar parte de la Red de Pueblos Patrimonio del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y Fontur. Siglo y medio atrás no pudo haberlo imaginado doña María Claro de Sanguino al levantar en Llano Alto su casa. Tampoco pensarían en eso al construir las suyas un tiempo después sus amigos Juan Esteban Vega, dueño de esas tierras, Tiburcio Álvarez y Jesús Rueda.

El templo parroquial de San José de La Playa de Belén es el edificio más alto del pueblo, y bajo sus naves y cúpulas neoclásicas, revestidas en cobre, se ora, se vela, se consagra, se absuelve, se implora. Entre sus más preciados tesoros está la venerada la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, traída en 1932 de Barcelona (España). Junto con la casa parroquial, el templo es un símbolo a la vez espiritual y estético para los playeros.

Singularidad de lo igual

No solo en la estética de su arquitectura sino en su democrática definición es singular el pueblo: ninguna fachada difiere de la otra en absoluto. Todas las casas, excepto una de dos pisos junto a la iglesia, son de una planta. En esas casas, que en su interior pueden ser completamente diferentes, y suelen serlo, no parece haber diferencia. “Bajo las alegres casas de cuatro, tres, dos aguas –dice Luis Eduardo Páez, García, un ocañero hechizado por el lugar–, los hijos de La Playa de Belén se reencuentran a diario con sus oficios, su núcleo familiar inalterado, sus canciones de antaño, sus ensueños campestres y su orgullo ancestral. Los detalles han sido resueltos con elegancia, y cada cosa en su sitio; es también el resultado de cerca de 150 años de historia, en los que la tradición demarca las costumbres y es fuente de alegría y civilidad”.

Las puertas coloniales y las ventanas de balcones arrodillados, igual que zócalos y bordes de andén, están pintados del mismo color chocolate. Mucho más sofisticadas que las de los aleros, las alargadas sombras que proyectan sobre el blanco de las paredes las nomenclaturas en hierro forjado les dan a las fachadas un algo de intaglio, de reloj de sol con extrañas horas invariables, quizá porque el tiempo en La Playa no tiene prisa.

Si el guía que le conduce camino de los estoraques a través del bosque seco jamás lo menciona, sino se refiere a las “formaciones geomorfológicas...”, él sabe lo que dice. Los estoraques, en realidad, no existen. Los verdaderos estoraques eran los árboles que mucho tiempo atrás sombreaban con sus hojas blancas esta tierra arenosa, y de allí provino el nombre equívoco con el que se conoce hoy a estos “cánceres de la tierra”, como se les llama vulgarmente.
El Área Natural Única de los Estoraques es un bosque seco, el más pequeño del país: 640 hectáreas creciendo alrededor de los estoraques, que son como cuellos de piedra tratando de estirarse uno por sobre el otro. A los pies de todo ese arsenal apuntando al profundo azul celeste, en medio de la arena erosionada, hay flores, camaroneras y sofisticadísimas orquídeas reales y silvestres, y otras más que salpican de color el piso. Y agarrados a la montaña, arrayanes, mantequillos, y rampachos, por los que corren lagartijas y una que otra tímida culebra.

Igual ocurre con las gualas cabecirrojas, halcones, toches, mirlas, pájaros ardilla y pericos, que encuentran dónde instalarse cómodamente entre las rocas y el bosque seco premontano. Los campesinos las llaman cuevas, pero técnicamente son cárcavas, hendiduras en la roca formadas por la erosión hídrica. Las más grandes se conocen como cuevas: la de los Esqueletos, la del Oasis, la del Amor. Según la leyenda, cuando la tribu de los patatoques existía, se celebraba la elección de las parejas en este lugar.

Muros, aleros y zócalos de las casas están pintados de los mismos colores. Las diferencias se ven por dentro. Filiberto Pinzón / Archivo EL TIEMPO

Mirador de los muertos

Las guías turísticas aconsejan visitar el cementerio, cuya espléndida vista de 360 grados domina el pueblo y el valle. En realidad, se trata de un camino pavimentado de rampas y escalas que van llevando al último destino de los playeros. Serpentea hasta la cabeza de un monte pelado, en el que las tumbas compiten por su desnudez.
La mayoría son túmulos, las lápidas son ostentosas excepciones. Pascuala M. de Sánchez. Octubre 11 de 1947. Recuerdo de sus hijos. Fechas, apellidos y nombres pintados sobre cruces de fierro inclinadas, cuyos brazos carcomidos por la herrumbre parecen testimonios del olvido. Un paisaje rulfiano con todo y polvo, aire caliente y óxido.

A comer y a bailar

La mayoría de las fiestas patronales en La Playa son de carácter religioso: la Semana Santa y las fiestas de San Antonio de Padua, de la Virgen del Carmen, de la Virgen de las Mercedes, patrona del pueblo; y también las de Santa Catalina de Alejandría, patrona del corregimiento de Aspasica.

Quizá el más importante evento del pueblo sea el Festival del Retorno, que se celebra entre el 27 y el 30 de diciembre, porque en él emerge el arraigo de los naturales a su terruño.

Los emigrados regresan para recuperar los espacios, los sabores y aromas: una arepa ocañera, cocinada en fogón de leña, cubierta con queso “criollo” rallado y mollejas de gallina, o en su defecto carne desmechada, y huevos de codorniz, son algo difícil de resistir u olvidar. Así pasa con el ajiaco ocañero, las torrejas, las crujientes costillas de res y de cerdo, el arifuque, la sopa de fríjoles, los tamales (pasteles), las ruyas, el plátano. Para refrescar la garganta de los comensales desfilan por la mesa la horchata (masato) y la ancestral chicha. Los más resueltos se acomodan unos cuantos Boleganchos, un licor pa’ machos que destilan en la región.

El mejor vividero

Los playeros no creen que más allá de su municipio el mundo sea lo bastante atractivo como para irse.
Érika Ortiz Tarazona, madre de dos jovencitas y playera de nacimiento, gerencia la empresa de servicios públicos, Coserplay. Acueducto, alcantarillado y aseo son su responsabilidad, pero es también la Coordinadora Comité de Educación Ambiental, y en ese aspecto trabaja ahora con su secretaria. Se acerca la Feria Escolar de la Creatividad, el proyecto bandera del Comité, que este año llega a su sexta versión. Pero siempre hay mil cosas más por resolver, aparte de la feria.

Los habitantes del municipio producen mensualmente 13 toneladas de basura, por lo cual, señala Érika, el municipio ha desarrollado un programa de reciclaje en la fuente que las familias observan depositando en una bolsa material orgánico y en otra el inorgánico, los lunes y los viernes, cuando las recoge una volqueta dentro de la cual viaja un reciclador, que va seleccionándolas según su destino final. Parte de esto se procesa en una trituradora para convertirlo en abono destinado a un vivero del municipio y las veredas.

En otro frente, el Comité Ambiental trabaja de la mano con las instituciones educativas a través del Prae, un plan ambiental de carácter nacional mediante el cual estudiantes del colegio José María Arévalo se empeñan en la reforestación de La Playa y las 48 veredas que conforman el municipio. Recolectan semillas y siembran, además de guayacán, patevaca, barbatusco y urapán, entre otras especies, y guadua en las cabeceras de los afluentes para proteger las cuencas hídricas. La pedagogía ambiental no cesa, pero “todavía no es suficiente, todavía hay quemas, personas que arrojan basuras a las quebradas”.

En contradicción con su nombre, La Playa padece problemas de abastecimiento de agua. De la quebrada La Honda depende que tengan el vital líquido, por eso la han sabido proteger y ahora, después de más de dos años de sequía, aún sigue surtiéndoles de agua con sus últimas reservas.

Érika, viviendo la diáspora de los naturales de La Playa, que siempre están pensando en el retorno, después de graduarse como bachiller viajó a Ocaña para estudiar Administración de Empresas. Allí se enamoró y se casó, y casi de inmediato regresó para trabajar durante tres años en el hospital. Luego ingresó a su empleo actual, de eso hace ya casi tres lustros. Su esposo trabaja en Ocaña, pero vive aquí, y sus hijas adolescentes, sorprendentemente, prefieren la inalterable calma del pueblo a las posibilidades de Ocaña o Cúcuta. Ella tampoco entiende muy bien, porque piensa que los jóvenes lo que buscan es acción, pero con ellas la cosa no funciona así.

“No sé, no sé –dice Érika cuando explica su apego al lugar–, como que uno a veces dice ‘bueno, quisiera que aquí las cosas se resolvieran más rápido’, pero al mismo tiempo no quiere irse para ningún otro lado”.

Los güiros, como los llama el resto de Norte de Santander a los de La Playa, son amables e inteligentes. Están orgullosos de su origen, de las singulares bondades de su región y de haber construido y mantenido un pueblo tan bello que ellos mismos se admiran, al punto de considerarlo el mejor vividero del mundo… El visitante, al partir, tiene la misma grata sensación.

GUSTAVO REYES RODRÍGUEZ

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.