'La Terreur' que sigue al terrorismo

'La Terreur' que sigue al terrorismo

Las reacciones que produce el terror generan confusión sobre la distribución de las culpas.

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22 de noviembre 2015 , 09:55 p.m.

Los ataques terroristas del pasado viernes 13 de noviembre en París estremecieron al mundo. Por segunda vez en el año, la capital de Francia fue el blanco de los yihadistas. Aunque las circunstancias del atentado contra ‘Charlie Hebdo’ en enero y las de la masacre de ese viernes son distintas tanto en el móvil como en los perpetradores, las reacciones que produce el terror comparten el hecho de generar enorme confusión sobre la distribución de las culpas por la debacle. A este respecto, quiero desarrollar cinco ideas que contribuyen a esclarecer el debate sobre los ‘responsables’ de los atentados y lo que está por venir:

1. Nada, absolutamente nada justifica el asesinato a sangre fría de civiles inocentes. Ningún país o pueblo puede ‘merecer’ que su población sea masacrada, sin importar el tipo de políticas, incluso segregacionistas, que implementen sus gobiernos. París fue escogida por ser la ciudad más visitada del mundo y, por lo tanto, la mejor caja de resonancia mediática para que cunda el terror. Los ataques fueron además una retaliación directa del Estado Islámico (EI) por los bombardeos de la fuerza aérea francesa contra algunas de sus posiciones en Siria el pasado 27 de septiembre. Se trató entonces de un claro “acto de guerra” (tal como lo interpretó el presidente François Hollande), al que debía responderse como tal: los bombardeos franceses del domingo en Siria y los demás que vengan son una reacción legítima y necesaria de un Estado que se encuentra bajo el fuego de otro “Estado no reconocido”.

2. El directo responsable de los ataques, EI, es una organización terrorista integrada por aproximadamente treinta mil fanáticos religiosos armados que profesan una interpretación radicalmente violenta del islam. Lo anterior no debería conducir a la injusta estigmatización de los 1.500 millones de musulmanes que existen en el mundo y practican versiones moderadas de la doctrina de Mahoma, ni tampoco al aumento de la segregación contra los siete millones de practicantes de esta religión que viven en Francia. Recordar la época de las Cruzadas y la Santa Inquisición debería bastarnos para entender que la violencia extrema de inspiración religiosa no es exclusiva de un monoteísmo. La religión puede funcionar, alternativamente según el tiempo y el lugar, como motor tanto del altruismo como de las peores miserias humanas.

3. Es inevitable el crecimiento de la inteligencia contraterrorista y, por lo tanto, de la vigilancia en Europa como consecuencia de los ataques. Esto significará una reducción de los derechos de las personas y, eventualmente, un fortalecimiento de las ideologías políticas más radicales. En Francia, por ejemplo, es de prever que el miedo generalizado sirva de combustible electoral para un partido nacionalista de extrema derecha como el Frente Nacional, que podría llevar a la presidencia en 2017 a Marine Le Pen, junto con sus políticas abiertamente xenófobas. Trágicamente, los países que son víctimas del terrorismo pueden terminar siéndolo también del peor veneno que existe para la viabilidad de cualquier democracia: el extremismo político. “El terrorismo es la voz colérica del radical perdido”, escribió Nicolás Gómez Dávila. De manera paradójica, también podría ser la brújula que conduzca al poder a los radicales por vías democráticas. La época de ‘La Terreur’ posrrevolucionaria le recuerda a Francia que la represión y los excesos del Estado pueden llegar a ser tan temibles como sus enemigos.

4. La segregación étnica no justifica pero sí explica en alguna medida que Francia se haya convertido en uno de los blancos preferidos por los yihadistas. Lo que la Constitución francesa llama “unidad de la República”, uno de sus principios fundamentales que aspira a ser un modelo de integración social, se traduce en la práctica en un modelo de segregación racial institucionalizada a partir de la negación brutal de la diferencia por motivos de origen y religión, que les da a ciertos ciudadanos un tratamiento de segunda categoría. Piénsese, por ejemplo, en el uso desviado que ha hecho el Estado francés del principio de “laicismo estatal”, convirtiéndolo en herramienta para discriminar a quienes practican la religión musulmana en su territorio al impedirles portar los signos distintivos de su credo en ciertos espacios públicos.

5. El mundo ha rodeado solidariamente a Francia frente a los atentados terroristas, a todas luces repudiables. Pero la crisis no debería convertirse en un obstáculo adicional para que el país galo se observe y se cuestione por el mal tratamiento que les está dando a sus ciudadanos musulmanes. Una organización criminal tan violenta y radical como el EI no deja opción distinta del exterminio por parte de las fuerzas legítimas de los Estados. Sin embargo, no es menos cierto que la construcción de una sociedad pluralista, incluyente y en paz a largo plazo pasa por la aceptación (y no la negación) de la diferencia. El principio constitucional rector de un Estado multiétnico como el francés no debería ser la unidad, sino la diversidad de la República.

JOSÉ FERNANDO FLÓREZ RUIZ
Abogado y politólogo, profesor de la Universidad Externado de Colombia
@florezjose

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