Estimulando el perdón

Estimulando el perdón

El mejor aporte de la sociedad civil al proceso de paz en marcha es el del perdón.

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22 de noviembre 2015 , 09:55 p.m.

La participación de las víctimas comienza con el perdón. ¿Qué es lo que se debe perdonar? ¿Para qué perdonar? ¿Quiénes pueden perdonar? Según la teología cristiana, o desde la perspectiva de Dios, no hay nada imperdonable. Si Dios perdonara solo lo perdonable, dicen con razón, en cierto sentido se mantendría en el nivel de la justicia humana.

Desde un plano más secular, Derrida llegó a conclusiones similares. Dice que lo único que se puede perdonar es lo imperdonable, ya que es más razonable y fácil perdonar las faltas leves, los pecados veniales, las transgresiones de poca monta.

Nuestros instintos no privilegian el perdón. Se inclinan, en el mejor de los casos, a la proporcionalidad de la justicia, cuando no a la venganza contra el ofensor. Pero la justicia y la reparación totales son imposibles. El castigo del culpable no logra ser proporcional a la culpa. A veces el perdón también es imposible porque no podemos devolver la vida a quienes les fue arrebatada. Solo las víctimas pueden perdonar.

El perdón cristiano es mucho más que una virtud teologal, porque implica una dimensión antropológica revolucionaria. El perdón es gratuito e incondicional. Desde los tiempos de Ulpiano. “Justicia es dar a cada uno lo suyo”. Pero ¿qué es lo ‘suyo’? La ley lucha contra la desigualdad, pero en muchas ocasiones la mantiene y legitima.

El perdón es un ensayo sobre lo imposible. Cuando ni la justicia ni la reparación ni el castigo son suficientes, solo queda la instancia del perdón.

El mejor aporte de la sociedad civil al proceso de paz en marcha es el del perdón. Las muchas cicatrices y grietas que la violencia nos ha dejado en el cuerpo social permanecerán allí si no concurre el perdón.

No hay perdón cuando sospechamos de las bondades de la paz, cuando conspiramos contra sus posibilidades, cuando estropeamos e interferimos los esfuerzos de quienes la procuran, cuando divulgamos mentiras e insidias capaces de empobrecer su ocurrencia, cuando atacamos la paz solo para lastimar a quienes la intentan, cuando construimos una memoria selectiva capaz de estimular el odio y el círculo infernal de la violencia perenne.

No tengo ninguna propuesta concreta sobre cómo estimular en los colombianos el perdón, pero se puede empezar hablando con la sociedad civil sobre las posibilidades de una reconciliación total, fundada en el perdón. ¿Por qué razón los ciudadanos del común somos reacios a un perdón al que las propias víctimas están acudiendo?

Importa destacar, además, la decisión del Gobierno de someter, con cualquiera de las opciones disponibles, los acuerdos de paz a la refrendación democrática de los ciudadanos. No obstante que soy de quienes creemos que no era perentoria esa refrendación, no porque los últimos debates electorales tuvieran tal carácter legitimante, sino porque la paz es una de las obligaciones fundamentales de un gobierno y su consecución, un logro tan inmanente, es decir que tiene su fin dentro de ella misma, que parecería poco menos que superfluo someterla a decisiones electorales.

Nos preguntamos qué haríamos en el caso improbable pero verosímil de que un acuerdo con las Farc no fuese refrendado por los ciudadanos. Es uno de esos casos aberrantes en que la democracia puede incurrir cada vez que propósitos fundamentales e inmanentes sean sometidos a decisiones electorales.

Más allá de la refrendación electoral de lo acordado en La Habana, es el hecho mismo de la paz lo que constituye un acontecimiento político de grandes dimensiones, el de una paz que tal vez nunca tuvo la República desde sus orígenes.

ARMANDO BENEDETTI
Senador de la República

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