Todo pasa por Jerusalén

Todo pasa por Jerusalén

En los análisis de los acontecimientos terroristas no nombran el conflicto entre Palestina e Israel.

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22 de noviembre 2015 , 09:55 p.m.

El conteo macabro demuestra que el extremismo religioso islámico causó, en mes y medio, más de quinientas víctimas en diferentes lugares del mundo. De París a Ankara y de Bélgica a Malí, pasando por Beirut y el Oriente Próximo, la barbarie terrorista se dio un festín de crueldad sin precedentes.

El mundo está luchando por entender los alcances del fenómeno del Estado Islámico y por definir un conjunto de acciones que generen realmente efectos duraderos y sostenibles en la lucha contra el terrorismo. Como lo demuestran los múltiples análisis publicados en días recientes, el espectro de opciones que se escuchan es demasiado amplio para alcanzar un mínimo consenso en cuanto a la adopción de estrategias coherentes y claras para enfrentar el desafío y para resolver a largo plazo el problema.

Ante el estupor causado por la audacia perversa de los terroristas, se ha creado un respaldo a la opinión de adopción de medidas y acciones rigurosas. Infortunadamente, la historia confirma que el amplio margen de maniobra que les generan a los gobiernos esos ataques tiende a esfumarse con bastante rapidez. Construirles viabilidad política doméstica a las medidas represivas y militares se vuelve un esfuerzo cada vez más difícil. Además, objetivamente, esa aproximación no parecería haber resuelto de manera definitiva ninguno de los conflictos político-sociales-religiosos que residen en las causas que se esconden detrás de esta barbarie.

Sorprende que en un barrido, a vuelo de pájaro, de los análisis sobre los últimos acontecimientos terroristas brillan por su ausencia las referencias al conflicto entre Palestina e Israel. Este asunto no ocupa un lugar central en el diagnóstico, y mucho menos en la discusión de las posibles soluciones. Eso es una equivocación porque es precisamente esa guerra la que dio origen al terrorismo nacionalista, que luego trasmuta en el terrorismo religioso de hoy en día.

La legitimidad que reclaman los terroristas para sus acciones barbáricas nace, en gran medida, precisamente de lo que entienden como una actitud pasiva de parte de Occidente frente al conflicto palestino-israelí. En eso hay que hallarles bastante razón a los gringos y a los europeos, dado que –desde la perspectiva geopolítica– Israel ha sido la punta de lanza estratégica en la contención de las acciones de guerra en su zona de influencia.

Pero también hay que reconocer que mientras persista esa herida sin cerrarse –abierta hace más de medio siglo en el corazón de Oriente Próximo– no hay forma de cooptar a las fuerzas moderadas ni a muchos grupos radicales convencionales, para hacer una alianza transversal entre musulmanes-cristianos-judíos, que efectivamente se convierta en pivote de la lucha contra el extremismo religioso. Si el Estado Islámico sigue avanzando nos llevará, inexorablemente, a una nueva guerra convencional global en la cuna de la civilización. Ese sería el precio por pagar si el Estado israelí no entiende que le llegó la hora de dejar atrás su guerra privada con los palestinos, porque es la que ha alimentado todas las demás.

Obama, Occidente y los amigos de Israel –entre los que me incluyo– deben usar todos sus recursos de influencia y de presión diplomática para cerrar el capítulo de la confrontación entre judíos y palestinos. Si eso se da, es el comienzo del fin del Estado Islámico y de sus secuaces, que se nutren originariamente del odio a la indolencia de Occidente frente al sufrimiento palestino. Jerusalén –no París, Londres o Moscú– es otra vez el centro del mundo.

Díctum. Llegar a la paz bien vale un cónclave. Encierren a los cardenales hasta que haya humo blanco.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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