Editorial: Premio al coraje

Editorial: Premio al coraje

Personas que pese a haber vivido en carne propia la guerra se aferraron a su condición humana.

22 de noviembre 2015 , 09:55 p.m.

El Premio Nacional de Paz que recibieron la semana pasada no es lo único que tienen en común las mujeres tejedoras de Mampuján y el general de infantería de Marina en retiro Rafael Colón Torres.

Los une el haber tenido el coraje que se necesita para ir contra la corriente. Postura que es aún más valerosa si se trata de un escenario de guerra. Mientras ellas alzaron su voz para hablar de dignidad, sanación, verdad y, sobre todo, para dibujarle un futuro a una comunidad a la que la barbarie paramilitar le había arrebatado hasta la voluntad de mirar hacia adelante, el oficial tuvo la valentía para recordarles a sus compañeros de filas una verdad que se diluye conforme se profundiza en el fango de la violencia: que el hecho de que se encuentre en un bando opuesto no despoja al enemigo de su condición humana ni del trato digno que ella merece.

Y no solo eso. Colón también tuvo el mérito de nunca olvidar –porque ha habido quienes lo han olvidado– que una Fuerza Pública que le da la espalda a la gente corre un riesgo inmenso no solo de perder su esencia, sino de terminar siendo funcional a intereses que van en contravía de la ciudadanía.

Cuánto hay, pues, para aprender de la trayectoria de las tejedoras y de la historia de vida de Colón a la hora de trazar la hoja de ruta del posconflicto, y qué bueno que existan galardones como este para visibilizarlos. Cuánta necesidad hay en el país de realzar historias como estas, de personas que pese a haber vivido en carne propia la guerra y sus horrores, se aferraron a su condición humana para sobreponerse y asumir que no hay lógica que justifique el que toda una sociedad tenga que estar condenada irremediablemente a este círculo de odios y venganzas.

En pocas palabras: que lo que nos hace humanos es, justamente, esa fuerza que nos permite reflexionar, decir algo y hacer lo que esté a nuestro alcance para encauzar nuestras vidas y las de nuestros pares por nuevas sendas en las que la dignidad y la realización personal llenan los espacios que durante décadas estuvieron copados por el desasosiego y la humillación.

EDITORIAL
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