El miedo y su nuevo valor estratégico

El miedo y su nuevo valor estratégico

Esta arma descompone sociedades y las somete a normas que pueden no acabar con el terrorismo.

21 de noviembre 2015 , 10:26 p.m.

Los ataques terroristas ocurridos en París el viernes 13 de noviembre y la respuesta aérea de los aliados, con bombardeos sobre Siria, han puesto al mundo ante un estado de guerra hasta ahora no conocido.

“Mientras persistan los bombardeos de Francia en Siria, los franceses no tendrán paz. Tendrán miedo hasta de ir al mercado”, sentenciaron voceros del Estado Islámico (EI). “Francia hará lo necesario para destruir al Estado Islámico”, respondió el presidente François Hollande.

Por primera vez, el Gobierno francés recurre al llamado de solidaridad de la Unión Europea para enfrentar la guerra que ha declarado. El problema es que ya no se trata de una confrontación marcada por el poder militar de ejércitos regulares que se enfrentan ni por la delimitación de los territorios y los teatros de operaciones que vimos durante la llamada Guerra Fría. Ahora el mundo está ante nuevas formas de guerra, que desbordan la esfera de la confrontación militar para volcarse sobre la sociedad civil, a la que han convertido en el nuevo objetivo estratégico. La de ahora es una guerra en la que una de las partes es etérea, irregular y capaz de actuar en cualquier parte del mundo. Basta un pequeño grupo de personas dispuestas a una acción suicida, una planeación detallada, una orden por las redes y ya está listo un golpe que puede arrodillar al más poderoso de los Estados.

Se trata de confrontaciones en las que el mayor poder de fuego de una de las partes y el despliegue de todo el poderío militar ya no definen para quién es la victoria. Son las llamadas guerras de cuarta generación o asimétricas, ya no entre Estados, sino entre estos y organizaciones armadas irregulares o por fuera de la legalidad que los desafían, mediante el terrorismo o el crimen organizado, o una combinación de ambos.

El reto que representan estas estructuras armadas es mucho más complejo que el que representaban los ejércitos regulares o las amenazas nucleares. En primer lugar, estas guerras no están sometidas a los códigos de “conducta” que se establecieron en los acuerdos de Ginebra o en el Tratado de Roma. En estas guerras no hay distinción entre combatientes y no combatientes. Los terroristas pueden atacar acueductos, escuelas y mercados, así como usar escudos humanos. Aquí ya no se habla de crímenes de guerra ni de delitos de lesa humanidad. No hay códigos que valgan.

En segundo lugar, la población civil es el nuevo objetivo estratégico. Ya no se atacan los Estados. Ahora se ataca a las personas, al corazón de las sociedades. Es el nuevo soft target (blanco suave) de las guerras asimétricas. No solo por la facilidad operativa que implica un ataque de pocos ‘soldados’ pero con un amplio impacto ante el mundo. También, por la lección que dejan las nuevas amenazas: por más potencia militar que sea un Estado, ha dejado de ser un referente de protección para sus ciudadanos, que ahora se sienten expuestos ante el peligro. Ni los ejércitos más sofisticados, ni el poder de fuego más desproporcionado resultan suficientes para garantizar la seguridad a sus ciudadanos.

Y en tercer lugar, las victorias no se miden por el número de bajas o los territorios que se ocupen, sino por la capacidad que se tenga para producir miedo colectivo. Se trata de crear zozobra e incertidumbre. Es el nuevo valor estratégico que se busca agregar en estas guerras. Por eso no hay límites en atacar y destruir monumentos históricos, lugares religiosos o grandes obras que sean referente de los valores de Occidente.

Las nuevas guerras tienen su primera gran expresión con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, en septiembre del 2001. Y se consolidan a partir del 2003, cuando Estados Unidos quedó a las puertas del infierno luego de la “rápida” victoria militar sobre el régimen iraquí, y fue perdiendo a miles de sus militares contra una multiplicidad de grupos terroristas, liderada por Al Qaeda.

Es el mismo territorio en el que años después, en el 2006, de Al Qaeda emergió una organización alterna llamada Estado Islámico de Irak (ISI, por su sigla en inglés). Y, cuatro años más tarde, de la mano de Abu Bakr al Baghdadi, en su propósito de combatir al presidente de Siria, Bashar al Asad, fusiona las fuerzas de Irak con milicias sirias, creando lo que se llamó Estado Islámico de Irak y el Levante (Isis).

Es la paradoja de las guerras asimétricas: EI comparte con Francia y EE. UU. el objetivo de derrocar al mandatario de Siria, pero dejan en claro que los ciudadanos de los países “aliados” no tendrán paz mientras persistan los bombardeos sobre esta nación del Medio Oriente. Tras los ataques a París, han advertido, Occidente estará cercado por el miedo.

En las guerras asimétricas, el campo de batalla es un espacio vacío en el cual ya no hay batallas decisivas y donde ni los bombardeos ni la eliminación de los principales cabecillas de la organización significan el fin de la guerra; simplemente, el surgimiento de una nueva estructura.

En estas guerras, lo clave está en ganar las batallas políticas, pero el problema es que eso no se logra con acciones militares. Como explicaba el excanciller israelí Shlomo Ben Ami, la asimetría entre la naturaleza de las amenazas y la respuesta en forma de bombardeos de Francia, Alemania o los Estados Unidos “pondrá a la potencia militar superior en posición de inferioridad estratégica”. Y allí la disputa es a otro precio.

En las guerras del pasado existía la posibilidad de la victoria al quebrar la máquina militar del enemigo. Ahora, en las guerras asimétricas, desaparece el principio de Clausewitz de que la batalla decisiva se convertía en la antesala de la rendición del enemigo y la imposición de la paz por parte del ejército victorioso. Aquí la rendición está lejos. El enemigo etéreo e irregular lleva la delantera. Por ahora, ha logrado hacer del miedo colectivo el mayor activo de guerra.

PEDRO MEDELLÍN TORRES
Para EL TIEMPO
Doctor en Ciencias Políticas de la U. de París III y candidato a doctor en Ciencias Económicas de la U. de París XIII.

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