El vecindario

El vecindario

Renace la esperanza en Argentina y Venezuela. Pero la crisis brasileña puede afectar a la región.

21 de noviembre 2015 , 08:53 p.m.

El vecindario está agitado. Las elecciones de hoy darán fin a doce años de populismo en Argentina. Y las del 6 de diciembre marcarán el comienzo del fin del chavismo en Venezuela si la presión internacional logra frenar los intentos de fraude y golpe. Pero esas buenas noticias se opacan con el efecto que puede tener la profundización de la crisis brasileña sobre el resto de la región.

Los analistas predicen una contracción económica de 3 % este año en Brasil y de 1,5 % en el 2016. Puede ser peor, pues han ido ajustando sus proyecciones a la baja. Esa contracción perjudica mucho a sus socios de Mercosur, cuyas exportaciones dependen críticamente del mercado brasileño y para los cuales la inversión de las empresas de ese país es su mayor fuente de inversión extranjera.

Pero, aunque la crisis brasileña afecta principalmente a sus vecinos del sur, puede terminar golpeando también al resto de la región y a otras naciones en desarrollo. El mercado de bonos y acciones brasileño es uno de los más grandes y líquidos de los países emergentes. Si los inversionistas internacionales pierden mucha plata en Brasil, venderán activos financieros de otras naciones latinoamericanas y en desarrollo (para compensar sus pérdidas y restaurar su liquidez) y retraerán sus inversiones por temor a una crisis más generalizada en los mercados emergentes. Este tipo de ‘contagio financiero’ ya nos ha afectado en otras ocasiones, en particular después de la crisis rusa de 1998. La crisis colombiana de 1999 se desató precisamente porque perdimos el acceso a los mercados financieros, después de que los inversionistas perdieron mucho en Rusia, y ese hecho desencadenó una retirada de fondos en Brasil y los demás países emergentes. ¡Y eso que no teníamos vínculos económicos con Rusia! Ahora estamos bastante más fuertes que entonces, pero podemos sentir el cimbronazo.

El detonante de un proceso de contagio puede ser la pérdida del grado de inversión de Brasil, pues ya dos de las tres agencias calificadoras han bajado su calificación de riesgo. Para evitar este resultado, Brasil tiene que hacer un ajuste fiscal severo, pues la crisis de confianza se originó en el deterioro reciente de sus finanzas públicas. Brasil mantuvo desde la crisis de 1999 un superávit fiscal primario –sin contar el pago de intereses– mayor al 3 % del PIB, durante todo el segundo gobierno de Cardoso y los dos de Lula. Pero ahora tiene un déficit primario de casi 2 % del PIB. Como consecuencia, su deuda pública se ha disparado. Y la crisis de confianza elevó las tasas de interés, aun por encima de los aumentos que tuvo que hacer el Banco Central para frenar las presiones inflacionarias. Con ello crecieron los pagos de intereses del Gobierno y se elevó aún más el déficit fiscal total. De seguir esta espiral, Brasil eventualmente no podrá pagar su deuda pública. Y una moratoria brasileña ocasionaría una ola de contagio financiero que nos afectaría mucho.

¿Cómo puede detenerse esta debacle? Con un paquete fuerte de ajuste fiscal y el apoyo del Fondo Monetario*, que existe precisamente para estos casos. La presidenta Dilma Rousseff nombró hace poco un ministro de Hacienda ortodoxo, que presentó un paquete fiscal ambicioso al Congreso. Pero la crisis política ha dificultado su aprobación. Y ella no quiere acudir al Fondo por razones ideológicas. La cosa se está poniendo fea. Los demás presidentes latinoamericanos deberían aconsejar y apoyar a Dilma, por su propio interés.

Al lado de Brasil, los argentinos votan hoy esperanzados por un nuevo gobierno, que promete dejar atrás el populismo que llevó al país a su crisis económica actual. Pero salir del hueco actual no les será fácil, y menos aún con su principal socio comercial en crisis.

* Como acaba de recomendar el Claaf (Comité Latinoamericano de Asuntos Financieros)

GUILLERMO PERRY

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