Molenbeek, un barrio entre el radicalismo y la discriminación

Molenbeek, un barrio entre el radicalismo y la discriminación

EL TIEMPO visitó el distrito y habló con sus habitantes, que temen la estigmatización.

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21 de noviembre 2015 , 06:21 p.m.

Unos 2.000 vecinos de Molenbeek, el distrito de Bruselas donde nacieron y vivieron algunos de los terroristas que atacaron París y que ha estado conectado con otros atentados en Europa, salieron el miércoles a la plaza principal para homenajear a las víctimas de los atentados y pedir que no se estigmatice a las más de 90.000 personas que viven en el sector por los crímenes de un puñado.

Entre velas, niños con dibujos y un minuto de silencio, intentan quitarse de encima las miradas del mundo y las sospechas de albergar un nido del yihadismo europeo.

A la Place Communale de Molenbeek se entraba tras pasar un firme cordón policial y ser requisado, las mujeres separadas de los hombres. Los agentes preguntan: “¿Qué llevas?” y van filtrando uno a uno a quien entra.

Los niños miran con curiosidad. Nunca tuvieron sus calles tanta atención, tal vez nunca vieron tantas cámaras de TV juntas. Pero a la mayoría de los vecinos no les gusta tanta atención.

“Los vecinos no podemos hacer nada contra los yihadistas. Eso es trabajo de los policías y de los ‘servicios’ –se refiere a la seguridad del Estado–, pero somos nosotros los que vamos a pagar, todo el planeta conoce Molenbeek por estos crímenes”, dice con tristeza Fátima, de 42 años y madre de dos adolescentes.

El sentir de la gente que llega a la plaza para la concentración es similar. Temen la estigmatización, que se les señale a todos como radicales. Nabil, de 60 años, cuenta a EL TIEMPO que le pareció “impresentable” la declaración del ministro del Interior Jan Jambon. El ministro dijo en televisión que iba “a limpiar” Molenbeek. “Mire usted, ¿está esto sucio?, hay sitios peores en Bruselas y en media Europa. Lo que tienen que hacer es poner los medios para detener a los radicales, no señalarnos a todos. Llevo aquí 40 años y no he hecho más que trabajar”, se indigna Nabil.

Las autoridades belgas dejaron durante años que fuera creciendo el huevo de la serpiente. No tomaron –porque no veían el peligro o porque no tenían medios para detectarlo– medidas para frenar la radicalización que fomentaban ciertos imanes salafistas (muchos autoproclamados y que predican en centros ilegales, no en mezquitas reconocidas).

Así, Molenbeek se fue convirtiendo en el lugar de paso o descanso de yihadistas de media Europa, principalmente franceses, pero también algún español o del norte de África. Desde Bruselas salían hace 10 años los primeros franceses que se unieron a Al Qaeda en Irak y Afganistán contra Estados Unidos.

La situación ha llegado a tal extremo que las autoridades elevaron el viernes el nivel de alerta al máximo, lo que en teoría indica que tienen indicios muy serios de la inminencia de un ataque.

Ante esto, las autoridades se miran ahora unas a otras. El gobierno federal señala al antiguo alcalde socialista Philippe Moureaux, a quien acusa de haber dejado hacer temiendo ser tildado de islamófobo. Él clama que nunca tuvo los medios suficientes.

En esta bronca entra la batalla política belga. El ministro Jambon es un nacionalista flamenco, gran enemigo del socialismo. Como la actual alcaldesa, la liberal Françoise Schepmans.

Un empleado –belga de origen marroquí– de los servicios sociales del Ayuntamiento de Molenbeek contó a este diario que en parte todo es verdad: “Aquí no hay medios de inteligencia para infiltrar esas redes yihadistas y algunos jóvenes, desplazados, con fuertes problemas de integración y educativos, ven a esos que van a Siria como héroes, como ejemplos para imitar”.

Tiene más de una década de experiencia tratando con asociaciones juveniles de diversa índole y cree también que hay miedo entre la población de origen magrebí: “Muchas niñas se tapan no por convicción sino para que las dejen tranquilas, pues para los hombres está mal visto no ir a la mezquita. La anterior generación, la que inmigró aquí, no era así. Los rigoristas son sus hijos”.

También hay una discriminación que no ayuda a integrar a esos jóvenes: “Si te llamas Ahmed o Abdel y vives en Molenbeek va a ser más difícil encontrar un empleo que si tienes un nombre francófono y vives en otro barrio”, agregó.

Tras recibir las críticas, Bélgica intenta defenderse. Los servicios secretos y la Policía tienen limitaciones, entre ellas la falta de agentes arabófonos y la compleja estructura institucional del país, que complica la cooperación. Además de carecer de los medios personales y logísticos que sí tienen países más grandes como Francia. Pero Bélgica se defiende y dice que si hubo fallos fueron generalizados en Europa, como los aciertos. Francia eliminó la célula yihadista de Saint-Denis el miércoles gracias a información de los servicios secretos belgas, según anunció el primer ministro Charles Michel. Y nadie paró al presunto organizador de los atentados, Abdelhamid Abaaoud, cuando en 2014 tomó un vuelo desde Colonia (Alemania) hasta Turquía.

El portavoz de la Fiscalía Eric Van Der Sypt reconocía el miércoles que sabían que los hermanos Abdeslam –uno murió en París y el otro sigue en fuga– “estaban radicalizados y podrían ir a Siria, pero no mostraban signos de ser una posible amenaza. Aunque se lo hubiéramos dicho a Francia, dudo que hubiéramos podido detenerlos”.

La justicia belga ha condenado este año a más de 160 personas por radicalismo yihadista, pero su actitud parece más reactiva que proactiva. El Parlamento ya anunció una investigación para saber si hubo fallos en el trabajo de los servicios de inteligencia.

El diario flamenco De Morgen cita a una fuente de la seguridad del Estado que afirma que “los miembros de la célula terrorista pudieron comprar material para explosivos, armas y alquilar autos. En nuestra jerga, eso se llama una falla de inteligencia intolerable”.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Para EL TIEMPO
Bruselas.

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