Barça, sin piedad, goleó a un Real Madrid de espanto

Barça, sin piedad, goleó a un Real Madrid de espanto

En el clásico del fútbol español, el equipo catalán ganó 0-4 en el Santiago Bernabéu.

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21 de noviembre 2015 , 01:59 p.m.

Real Madrid pareció un equipo de fantasmas. Los 11 titulares vestidos de blanco –y sus respectivos suplentes espectrales– vivieron un partido de terror; inferiores, invisibles. Barcelona, su peor rival, fue su peor pesadilla. Los goleó 0-4 en el estadio Santiago Bernabéu. Los hizo ver un equipo de espanto. (Mire las mejores imágenes del partido).

El clásico del fútbol mundial tuvo un amo y señor, un Barcelona que no tuvo compasión –o quizá sí, pudo ganar 0-5– de un rival ausente. Iniesta se encargó de liderar la sinfonía. Hizo mover a sus compañeros a su compás, a sus órdenes, de izquierda a derecha, en bloque, mientras la defensa del Madrid, paralizada, consternada, simuló ser una zaga de futbolín.

En los primeros minutos, cuando se espera la habitual prudencia, el estudio obvio entre rivales, el Barça ya era amenazante. Fue un comienzo de esos que no permiten pestañeo, con máxima atención en cada movimiento y destello catalán. Iban 10 minutos y el Barcelona ya ganaba 1-0.

Y como el Barcelona no se permite goles feos, se esmeró en que el primero fuera de lujo. Una tocata intensa, desesperante para cualquier rival; la pelota de un lado a otro, rememorando la reciente época de oro azulgrana. Sergi Roberto hizo el cambio de velocidad, corrió de derecha hacia al centro y vio cómo Suárez le pasó en diagonal; le puso el balón y el uruguayo, con total puntería, con un remate de borde externo –de esos que llaman de tres dedos–, hizo que la red se inflara.

El estadio Santiago Bernabéu, que hasta ese momento solo se pronunció con los abucheos a Gerard Piqué –el símbolo catalán– tuvo que presentir lo peor. Un gol tan temprano, tan bello, provoca esos pánicos.

No hubo reacción merengue. No hubo clemencia azulgrana. El partido transcurrió con la misma intensidad, con Iniesta organizando, haciendo olvidar que Lionel Messi estaba en la banco de suplentes.

Lo de Madrid, que alineó a lo mejor de su nómina –con Bale, Benzema y Cristiano arriba, con James desde atrás–, careció, curiosamente, de armas de ataque. No tuvo conexión entre volantes y delanteros. No tuvo ideas. Y atrás cómo sufría, sin tener quién destruyera. Su primer tiempo se puede resumir en lujos innecesarios: un ocho de fantasía de Ronaldo a Mascherano, que lo dejó desparramado, y un remate de James que no pasó a mayores. James, que finalmente fue titular, no pasó desapercibido quizá porque se ganó una amarilla y por una patada a Mascherano, que lo sacó del partido.

Barcelona preparaba una de sus tantas jornadas épicas. Cada que la pelota llegaba a Iniesta se presentía una emoción. Así fue. Iniesta pegó el balón a su guayo, se desmarcó, avanzó, y con su habitual sutileza endiablada le metió un pase filtrado a Neymar que no dañó la mágica acción –mientras Ramos levantaba su brazo en clara señal de estar habilitando– y la terminó con el segundo gol.

Quedó claro que Real Madrid no iba a tener reacción, que se le avecinaba lo peor. Incluso, Marcelo despejó de milagro un remate de Suárez desde la línea de gol, justo antes del descanso. El intermedio debió ser anhelado por los jugadores fantasmales del Madrid, que necesitaban tomar aire, echarse agua, despabilar. Se fueron al camerino con cara de derrota, en medio de abucheos incrédulos. Su pesadilla no terminaba de empezar.

La segunda parte le deparaba un suplicio mayor. Esos jugadores de blanco, fantasmagóricos, corrían por el campo sin ningún orden, sin ninguna estrategia. James metió un remate que solo sirvió para que el arquero Bravo también quisiera protagonismo. Lo desvió al tiro de esquina.

Fue cuando Barcelona recuperó la pelota y ya no la quiso prestar. Neymar pateó un tiro libre que exigió a Navas; Suárez metió un remate que pasó cerquita a un vertical. Sufría el Madrid, mientras Cristiano se lamentaba, mientras Rafa Benítez sudaba, con un rostro enrojecido, quizá por el rubor. Calentaba Messi...

Entonces, como era de esperarse, llegó el tercero. Iniesta demostró que no solo tiene magia en sus piernas, que también tiene potencia. Clavó uno de esos remates que pueden descabezar a cualquier imprudente que finja osadía. 0-3.

Casi en forma simultánea, James se marchó, impotente, mientras Messi entró para agudizar el sufrimiento de un equipo, de un estadio consternado.

Messi asumió la batuta y para no quedar fuera de la hazaña, gestó el cuarto gol. Arrancó con la pelota casi desde la mitad de la cancha, metió un pase improbable a Neymar, y el brasileño, con tacón incluido, le cedió a Suárez para que, con toda la parsimonia, con dos amagues incluidos, venciera a Navas. Iban 29 minutos de la parte final, la goleada ya era histórica.

El resto del partido fue para que Bravo agrandara su leyenda en el Bernabéu. Le sacó un cabezazo a quemarropa a Benzema, otro idéntico a Cristiano, un remate al mismo Cristiano, con la frente. Para ese entonces, las tribunas ya comenzaban a despoblarse, mientras los más iracundos batían pañuelos blancos –signo inequívoco de descontento–. Real Madrid terminó desencajado. Isco –que reemplazó a James– fue expulsado por una patada criminal a Neymar.

Y si no llegó el quinto gol fue por pura casualidad. Porque Munir debió asustarse al sentirse tan solo en el área y mandó la pelota afuera. Perdonó.

Pero la pesadilla ya estaba consumada. Mientras el Barça celebraba, los 11 fantasmas del Madrid desaparecieron presurosos, aterrorizados, tan invisibles como en todo el partido.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
@PabloRomeroET

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