Un día con Stefan Sagmeister, el 'bad boy' del diseño

Un día con Stefan Sagmeister, el 'bad boy' del diseño

El gurú del diseño gráfico pasó por Bogotá para hablar sobre qué parte de la belleza importa.

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20 de noviembre 2015 , 07:40 p.m.

Caratulas famosas como la de 'Bridges to Babylon', uno de los discos de la legendaria banda The Rolling Stones, o portadas de CD de grupos como The Talking Heads, Lou Reed y David Byrne han sido diseñadas por Stefan Sagmeister, el genio de la creatividad, transgresor y agresivo, conocido como el “bad boy” del diseño, y quien no concibe incumplir un horario impuesto, que sus alumnos lleguen tarde.

Quince minutos después de las 8:30 a.m., la hora a la que tenía que comenzar su taller en Bogotá el pasado octubre, el mismo Sagmeister, sorprendido, preguntó a los asistentes: “¿Por qué no hemos comenzado todavía?”.

Sagmeister, podría ser el Marilyn Manson del diseño gráfico. Su locura lo llevó una vez a tatuarse con un bisturí un cartel publicitario para el American Institute of Graphic Arts (Aiga) en su propio pecho, lo que le ha colocado en el nivel de leyenda.

Tenerlo enfrente dispuesto a dictar un taller de cuatro horas implica cruzar los dedos y rezar para que no nos pida que hagamos un ejercicio en ‘carne propia’.

A este gurú, se le conoce por sus poco ortodoxos métodos para desarrollar su trabajo, pero también por su buen humor. Por eso cuando nos pide que hagamos el primer ejercicio, un retrato de nuestro compañero, lo primero que me viene a la mente es la anécdota que corre sobre un amigo suyo proveniente de Austria que le fue a visitar a Nueva York y le contó su preocupación sobre si las mujeres de esa gran urbe lo ignorarían.

Sagmeister empapeló las paredes del barrio con una foto de su amigo y una frase debajo que decía: “Queridas chicas, por favor, sean amables con Reini”.

Cinco minutos después de simular un retrato más o menos abstracto, viene la segunda parte del ejercicio: “Dibujen otra vez, pero con un estilo diferente”. Algunos hicieron caricaturas, otros probaron con un ‘Picasso’, con la boca por arriba y los ojos cubistas, otros solo dibujaron líneas.

Sagmeister colocó todas las pruebas en la pared y comenzó a examinarlas. En pocos segundos, saca un dato estadístico sobre los trabajos.

“Hay un 48 por ciento de personas que solo han repetido la imagen. En los demás, el cerebro ha interpretado de forma diferente la imagen de nuestro compañero. Normalmente uno se casa con un estilo, un trazo con el que se siente cómodo, y no experimenta más allá”.

Ese es, de hecho, uno de los mayores desafíos de ser un diseñador, tal vez uno de los mayores retos del ser humano, explica Sagmeister: “¿Cómo mantenerse interesado en algo si uno tiene que hacerlo una y otra vez?”.

Tal vez por eso, una de las frases más famosas de su agencia de publicidad es “style=fart” (“estilo=pedo”). Para el diseñador, la belleza está asociada a la funcionalidad. Un objeto es bello si le sirve a la sociedad, más allá de la estética que lo rodee.

El desafío sigue así: teníamos que hacer un regalo, un presente para una persona que no conociéramos tanto, pero que a la vez, al entregárselo, la conmoviera. Algunos de los participantes estaban tan equipados que parecía que llevaban un taller portátil para trabajar con ellos.

Uno de los compañeros había traído una brocha y una cartuchera repleta de pinturas, marcadores y lápices de colores. Otros comenzaron a hacer un video. Uno más empezó a doblar un papel hasta hacer una figura de origami, le tomó fotos y creó un gif. Otros solo llevaban creatividad.

Algunos trabajos merecieron un ‘I love it’ (me encanta) de Sagmeister. A otros les falló la tipografía o no tenían mensaje; sobre uno más comentó el color y el estado de ánimo.

Supongo que es difícil impresionar a alguien así, como lo hizo este genio en 1987. Ese año ganó una beca Fulbright para estudiar en el Pratt Institute de Brooklyn, en Nueva York. Estando allí, una amiga le pidió que le diseñara tarjetas de presentación que no costaran más de un dólar cada una. Sagmeister las diseñó y las imprimió en billetes de un dólar. ¡Brillante!

El último ejercicio fue escribir una carta para nuestro yo del futuro. Como cuando Marty Mcfly se encuentra consigo mismo 30 años después en una de las cintas de la trilogía Back to the Future. Pero esta vez, el mismo Sagmeister prometió guardarlas en una cápsula del tiempo y enviárnoslas a casa dentro de 3 años. Habrá que esperar.

El gurú del diseño pasó por Bogotá, pero sus enseñanzas quedaron grabadas en la mente de varios de nosotros, dejándonos una idea, que va creciendo como una semilla en nuestra mente, la funcionalidad es belleza.

 Francisco Andrés Catama
Para EL TIEMPO

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