En los cafés bogotanos

En los cafés bogotanos

La iniciativa 'Bogotá en un café' recobra la vocación de la ciudad a celebrar y recrear su pasado.

20 de noviembre 2015 , 06:54 p.m.

No fue fácil que los bogotanos se congregaran, como tantos ciudadanos de tantas ciudades del mundo, en los cafés relucientes del siglo pasado: “el ambiente político y el estado casi permanente de guerra civil impedían la reunión pública, la tertulia de café”, escribió el escritor Hernando Téllez.

Sin embargo, una vez superada la peor de las confrontaciones, las célebres reuniones intelectuales que se dieron en las casas santafereñas, de las sesiones de El Mosaico a las fiestas paródicas de la Gruta Simbólica, a principios de 1900 comenzaron a ser remplazadas por encuentros diarios en los cafés: en la Botella de Oro, en la Rueda de Ferris, en la Bodega de San Diego. Y pronto aquellos lugares se convirtieron en el foro de debate que una vez fue el atrio de la catedral en la plaza de Bolívar. Para algunos, un anuncio de la modernidad.

Vino entonces, en la esquina de la 13 con 7.ª, el famoso Café Windsor. Siguieron el Riviere, el Colombia, el Gato Negro. Vinieron las largas conversaciones en la Gran Vía, en el Automático, en el Pasaje, en el San Moritz. Y poco a poco, entre los periodistas, los políticos y los escritores –que en aquellos tiempos, además, muchos de ellos ejercían los tres oficios al mismo tiempo sin asomos de culpa– se fue formando una cultura de la tertulia que fue callada estruendosamente aquel 9 de abril de 1948. Es esa cultura, y esos lugares de aquella Bogotá que aún no vivía con el fantasma de una posible revuelta demoledora y era reconocida por sus intelectuales, la que el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural se propuso recuperar hace ya dos años (bajo el título ‘Bogotá en un café’) en el marco del plan de revitalización del centro tradicional.

Se trata de un acierto, sin duda, pues recobra la vocación de la ciudad a celebrar y recrear su pasado. Quien haya asistido la semana pasada al primer festival ‘Bogotá en un café’, y haya sido testigo del bello trabajo de restauración que se ha hecho en estos lugares que defienden el pasado, se dará cuenta de la importancia de la propuesta. Significa, ni más ni menos, reconocer que esta ciudad no empezó ayer, aunque a veces lo parezca.

editorial@eltiempo.com

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