'La única manera de tener reconciliación es perdonar'

'La única manera de tener reconciliación es perdonar'

Así lo dice el brigadier Rafael Rolón, ganador del Premio Nacional de Paz en la categoría personaje.

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18 de noviembre 2015 , 07:41 p.m.

El día que recibió el telegrama que le anunciaba que había sido aceptado en la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena, Rafael Colón salió corriendo por las calles de Honda, en Tolima, con el papel en las manos y gritando a voz en cuello que iba a ser cadete. Era 1978 y él tenía 18 años. Poco tiempo atrás, había visto el mar por primera vez.

Su papá, que no dejaba de insistirle que entrara a la Marina, reunió ahorros y llevó a la familia a Cartagena. Rafael Colón recuerda ese momento frente al mar, y al cadete que vio desfilar con su uniforme blanco. Pudo haber sido eso, o la sugerencia de su papá. El hecho es que Colón se llenó de entusiasmo y quiso formar parte de la Marina. Y cuando tuvo el papel que le permitía su ingreso, saltó de felicidad. (Ver: General retirado gana Premio Nacional de Paz)

Hoy, el brigadier general de Infantería de Marina (r) Rafael Alfredo Colón Torres es el encargado de liderar la Dirección para la Acción Integral contra Minas Antipersona, que tiene como función principal limpiar los territorios que puedan estar afectados por esas trampas mortales. Es una tarea que se hace en equipo y que lo ha llevado a estar presente en grupos de trabajo de las conversaciones de La Habana, en busca de consolidar estrategias para el desminado. Allá ha tenido que sentarse a conversar con guerrilleros que hasta hace poco eran sus contrincantes en el terreno. “Los colombianos tenemos que entender que la única manera de tener reconciliación es perdonar”, dice Colón, con traje y corbata, en su oficina del centro de Bogotá.

Cuando entró a la Marina, su sueño era navegar. Pero muy pronto, casi de inmediato, la realidad le hizo poner los pies en la tierra y terminó dedicado a enfrentar el conflicto. Su primera misión fue en San Andrés, cuando Nicaragua dio muestras de desconocer los tratados internacionales con Colombia y, como respuesta, el Gobierno colombiano envió a la zona un contingente de infantes de marina. En él iba Colón. A partir de ese momento, su trabajo se concentró en la inteligencia, al punto de que terminó siendo parte del equipo que persiguió el narcotráfico en los años noventa, principalmente a los carteles de Cali y del norte de Valle. “Una de las operaciones que hicimos, en coordinación con la Policía, llevó a la captura de Miguel Rodríguez Orejuela, en 1995”, dice Colón.

Su siguiente paso fue Tumaco. Dos años como comandante de batallón, durante los cuales enfrentó a las autodefensas encabezadas por ‘Pablo Sevillano’, que además dirigía el narcotráfico en la región. “En un año –agrega–, mis tropas incautaron setenta toneladas de cocaína a la gente de ‘Sevillano’ ”.

Colón habla de los logros que obtuvo como activo en la Marina, con el mismo entusiasmo con que describe los que ha empezado a obtener con el equipo de desminado. Quizá lo que está haciendo hoy lo entusiasme un poco más: comenzaron en El Orejón, en Briceño, Antioquia, lugar escogido como proyecto piloto porque concentraba un número elevado de minas antipersona. Según datos de Colón, el desminado ha avanzado allá en un 95 por ciento. “El batallón del Ejército ha retirado cerca de treinta minas y despejado doce mil metros cuadrados”.

Sus siguientes batallas, después de las del narcotráfico, fueron contra la guerrilla. En la misma zona de Tumaco enfrentó al frente 29 de las Farc, que operaba por toda la región. Por esos años era difícil ver a Colón tal cual como es. O como era. Para cumplir su misión de inteligencia, solía disfrazarse con pelucas, gafas, barba o bigote postizos y crear empresas de fachada que le permitían actuar encubierto y acercarse a sus objetivos. Podía ser un fumigador de buques (cuando su intención era rondar al narcotráfico) o tener un negocio de productos veterinarios (cuando iba tras la guerrilla).

En la fabricación de los disfraces jugaba un papel importante su esposa, Victoria Eugenia Silva. Colón la define como una persona fundamental en su vida. Se conocieron cuando rozaban los 20 años. Entonces él tocaba la guitarra y cantaba en la tuna de la Escuela Naval. Cuando se dio cuenta de que ella cantaba y tocaba mejor, abandonó su intención de músico, pero iniciaron un noviazgo. Se casaron cuando él tenía 23 y ella, 21. Tienen dos hijos, el mayor hace una maestría en administración de empresas en Toronto (Canadá), y la menor está cerca de graduarse como comunicadora social. “Si mi esposa no me hubiera acompañado en los momentos más críticos, y educado a mis hijos mientras yo estaba en la guerra, no tendría la familia que hoy tengo”, dice. Ambos son ministros de la Iglesia católica: ella, ministra de la música y la comunión, y él, de la palabra. Colón lee el Evangelio en la misa de la iglesia de Santa Ana, en Centro Chía. Victoria canta todos los días en la misa de las 6 de la tarde, y él se escapa del trabajo cada vez que puede para alcanzar a llegar. Los domingos está siempre. En su celular tiene una aplicación con oraciones. Cuando está en La Habana y llega de noche al hotel –que no ofrece los lujos de otros– busca un lugar con wifi, descarga la lectura diaria del Evangelio y la lee en su habitación.

La fe lo ha acompañado desde niño. Su abuela materna cantaba en la misa de la iglesia principal de Honda. Poco tiempo antes de morir, su papá –que también se llamaba Rafael– hizo una especie de árbol genealógico. Según sus datos, su tatarabuelo, de nombre Cristóbal Colón, llegó a tierras americanas por Venezuela, pasó a Colombia y estuvo un buen tiempo en el Tolima. Cuando quiso regresar a su tierra española, tomó camino hacia Cartagena pero murió antes de llegar, al parecer muy cerca de Carmen de Bolívar.

Cuando el general Colón estuvo como comandante en los Montes de María –años importantes durante los cuales enfrentó con éxito primero a las autodefensas, en especial las lideradas por alias Cadena, y luego a frentes de las Farc– visitó el cementerio en busca de rastros de su familiar. No encontró nada. Sus abuelos paternos murieron muy jóvenes y su padre decidió recorrer el país: trabajó como botones en el Hotel Nutibara, en Medellín, luego vivió en Barranquilla y se enroló como soldado del Ejército.

Se retiró y llegó a Honda, donde trabajó en el Ministerio de Obras Públicas. El salario no era alto y don Rafael ya tenía esposa y tres hijos. Optó por buscar ingresos en otras tareas, como la fabricación de puertas y ventanas. Colón recuerda cómo, de niño, le ayudaba a pulirlas y pintarlas. Su papá no perdía ocasión para repetirle: “Mijo, usted tiene que entrar a la Marina”. Rafael y sus dos hermanos estudiaban en el Instituto Nacional General Santander. Iban a la jornada de la mañana. En la jornada de la tarde del mismo instituto estudiaba Félix Antonio Muñoz, que hoy es conocido por su alias: Pastor Alape, miembro del secretariado de las Farc. “Nos volvimos a encontrar ahora, en La Habana”, dice Colón.

Su periodo en los Montes de María ha sido, según dice, el más duro de todo lo vivido. Fueron casi siete años desde cuando llegó como miembro de inteligencia, luego como teniente y después como teniente coronel. Al llegar, Colón notó que no iba a ser fácil. La comunidad no confiaba en la Fuerza Pública. “Ustedes llegan hoy, pero se van mañana. En cambio, nosotros nos tenemos que quedar”, le decían.

“Me dediqué a demostrarles que yo había llegado para quedarme y me concentré en ganarme la confianza de la gente”, explica Colón. Los fines de semana, cuando en bares y cafés de los pueblos jugaban billar o tomaban una cerveza, él llegaba, entraba a estos sitios, tomaba una tiza y, en el mismo tablero donde llevaban el marcador del juego, escribía: “Soy el general Colón, estoy buscando a ‘Cadena’. Si alguien tiene información, este es mi número celular”.

Pasaron dos años antes de que empezara a llegarle información. Pero llegó, lo mismo que la confianza de la comunidad. Colón cuenta que una tarde, en San Onofre (Sucre), miles personas lo recibieron con letreros de apoyo. Eso lo animaba, aunque también vivió momentos menos gratos con la gente: en 2008, en un acto con las comunidades de Chengue y El Salado, una mujer que había perdido a su hijo en una masacre lo señaló y culpó de su pérdida a la Fuerza Pública. Al tomar la palabra, Colón no dudó en pedir perdón si por algún error de la institución eso había sucedido. A varios de sus superiores no les gustó el gesto. Le dijeron, además, que él no era el llamado para hacerlo. Hoy, sin embargo, Colón se reafirma: “No necesitamos llegar a etapas de juicio para reconocer una falta. Si como militares no las reconocemos oportunamente, generamos más confusión en la comunidad”.

Rafael Colón es un convencido de la paz y de los diálogos no solo con las Farc, sino con el Eln. Desde cuando su tarea era enfrentar cara a cara al narcotráfico, a la guerrilla o a las autodefensas, tenía la certeza de que en algún momento la guerra tendría que parar. Veía antes a la persona que al enemigo. Después de la batalla, cuando estaba frente al cadáver de un guerrillero caído, Colón se arrodillaba y se persignaba. “Así cometieran errores, eran seres humanos y había que perdonarlos”. Entre algunos compañeros se oía que Colón era “de corte socialista”. Él no entendía por qué lo decían: “No se puede calificar así al que lucha porque las comunidades vivan bien”, Después de pasar dos años como comandante de la Fuerza Naval del Sur, en Puerto Leguízamo, Putumayo, Colón anunció su baja a sus superiores. Había vivido un periodo duro en Putumayo, perdido hombres en combate. “Era un momento de zozobra. Sentí que había llegado la hora de mirar el futuro, de reflexionar y centrarme en la familia”, dice. Cuando estuvo en combate en los Montes de María, Colón tuvo que ver cómo, en un año, cerca de 50 de sus hombres fueron víctimas de minas antipersona.

Eso marcó su vida, dice. Ahora, precisamente, lidera el trabajo para que, incluso con el apoyo de miembros de las Farc, el país empiece a quedar limpio de esa amenaza. Colón concluye: “Siempre pensé en un retiro ayudando a construir la paz”.

Quiénes lo otorgan

El Museo Nacional de Bogotá, se concedió el decimoséptimo Premio Nacional de Paz.

Los otorgantes fueron el Pnud, EL TIEMPO Casa Editorial, Caracol Radio, Caracol Televisión, Proantioquia, la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (Fescol) y Alquería. El jurado estuvo conformado por Jorge Orlando Melo, Darío Echeverry, Ana María Ibáñez, Juan Luis Mejía, Francisco De Roux, Socorro Ramírez, el general (r) Manuel José Bonnet, Mónica de Greiff, Sylvia Escobar y Juan Gossaín.

Notas relacionadas:

- Hilvanando ideas de paz y reconciliación.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redactora de EL TIEMPO

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