Los fundamentalistas

Los fundamentalistas

No sabe uno adónde iremos a parar con este oscurantismo que se cree tan inteligente y tan original.

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18 de noviembre 2015 , 06:45 p.m.

Decía Immanuel Kant (y me perdonan este comienzo tan jarto y tan peye) que la Ilustración es la superación, por parte de los seres humanos, de su minoría de edad mental, de su inmadurez y su incapacidad para pensar y actuar por sí mismos. Solo quien se atreve a asumir los riesgos de la libertad y la razón, decía más o menos el filósofo alemán, puede ser de verdad un ciudadano de la Modernidad.

Al decir eso Kant estaba respondiendo, se nota, a la gran pregunta de su tiempo, el siglo XVIII, que era justo esa: ¿qué es la Ilustración? O para decirlo en términos más generales y comprensibles y menos restringidos solo al nombre de una época, ¿qué es la Modernidad? Y fueron muchas las respuestas que surgieron en ese momento a esa inquietud, pero la de Kant es quizás la mejor o al menos la más completa y aceptada de todas.

Porque la Modernidad –no en vano la escribo así, con mayúscula– es sin duda muchas cosas a la vez y muy complejas, claro que sí; y eso es algo que llega hasta hoy. Pero ante todo es eso: un proyecto político y cultural surgido en Occidente desde el siglo XVI, caracterizado a muy grandes rasgos por el triunfo del racionalismo sobre el pensamiento religioso y las supersticiones y los temores de la fe.

Sé que estoy generalizando; sé que es un resumen muy pobre, aunque todos lo son. Y sé también que detrás de eso que se llama la Modernidad está el triunfo de la burguesía y la lógica económica del capitalismo, y está la ruptura política y religiosa que se produjo en Europa después de la reforma protestante, cuando la autoridad del catolicismo quedó hecha pedazos en buena parte de sus viejos dominios.

De ahí también surge el espíritu moderno: de las guerras de religión entre católicos y protestantes que asolaron a Europa desde el siglo XVI y que al final obligaron a que la sociedad encerrara a Dios en las casas o en las iglesias o en la consciencia individual para no seguir matándose en su nombre. Así se vuelve secular Occidente, así deja la fe: porque ese era el único camino que le quedaba para sobrevivir.

O más que “dejar la fe”, lo que hace Occidente es remplazarla por otra: una nueva fe desmesurada y arrogante solo en el hombre y la razón, el progreso, la riqueza. Incluso mejor si todo eso lo escribe uno en mayúsculas. Por eso tantos filósofos del siglo XVIII, como Kant, querían librarse del ‘oscurantismo’ medieval y demostrar que su tiempo era todo lo contrario: el Siglo de las Luces, la Ilustración, la Modernidad...

Lo interesante es que ese proyecto utópico e ilustrado, ya con 500 años a cuestas, vino a encontrar su consumación y su plenitud en internet. O al menos así lo parecía en teoría: un espacio enciclopédico que habría fascinado a los maestros del siglo XVIII, en el que todos los saberes están al alcance de la mano y todas las ideas se pueden discutir y ventilar en libertad. La plaza pública perfecta, la mayoría de edad.

Y resulta que ha sido al revés y que lo que impera ahora –en internet y en todas partes, pero internet tiene mucho que ver con eso– es más bien lo contrario: un espíritu feroz de linchamiento y solemnidad; un fundamentalismo absurdo y cositero a propósito de las mayores tonterías, o de lo que sea, con gente juzgándolo y censurándolo todo en actitud de permanente indignación y desgarramiento.

No sabe uno adónde iremos a parar con este oscurantismo (este sí) que se cree tan inteligente y tan original y que es tan sobreactuado e infantil. Este fanatismo laico; esta “algarabía de eunucos en celo”, como dijo, a propósito de otra cosa, don Nicolás Gómez Dávila.

Bueno: es que igual se nos olvida que de la Ilustración también nacieron la guillotina y el terror. Y me perdonan lo peye.


Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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