Liberados

Liberados

En los esfuerzos de la negociación aflora la conciencia, enredada entre odios e ideologías.

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18 de noviembre 2015 , 05:59 p.m.

El padre Teodoro González Bustacara, coordinador diocesano de la pastoral de reconciliación, me llamó para acompañar a monseñor Jaime Muñoz, obispo de Arauca, en la Comisión Humanitaria conformada por la Conferencia Episcopal, la Cruz Roja Internacional y la Defensoría del Pueblo para recibir a los soldados Andrés Felipe Pérez y Kleider Antonio Rodríguez, prisioneros de guerra del Eln en la dolorosa confrontación del 26 de octubre.

La liberación tuvo lugar en la mañana del lunes pasado, en las sabanas profundas de Arauca, y el acto lo hizo el Eln desde el frente de guerra oriental ‘Manuel Vásquez Castaño’. Allí, el comandante Danilo Gutiérrez leyó una declaración y entregó a los soldados; la representante de la Cruz Roja respondió desde la posición humanitaria y neutral de la CICR, reconociendo el valor de la liberación; y monseñor Muñoz, con sobriedad y claridad, hizo una llamada al respeto por la vida y la persona humana e invitó a todos a construir la paz. Después del examen del estado de salud de los detenidos, la Comisión se trasladó al batallón del Ejército colombiano, Grupo Revéiz Pizarro, en Saravena, para entregar a los soldados.

La declaración del Eln expresa el respeto con los prisioneros de guerra, entregados sanos y salvos para tranquilidad de las familias; alude a los sufrimientos de la gente por el “copamiento territorial de las fuerzas estatales” con motivo de este episodio, presenta de manera sucinta las razones de su lucha y reitera la decisión del grupo por la paz.

Vivir un episodio así en medio de esfuerzos físicos y tensiones, al lado de gente generosa de la Cruz Roja, la Defensoría y la Iglesia, deja muchas impresiones: la guerra colombiana es una locura. Cuando sentimos al mismo tiempo el respeto del Eln para con la Comisión y el trato amable y de caballeros que nos da el batallón del Ejército, invitándonos a almorzar y sin ninguna pregunta improcedente; y cuando, en la tranquilidad de sentirse libre, uno de los soldados se preguntaba: ¿por qué nos matamos, si somos igualitos, jóvenes que queremos sacar adelante este país, y puestos en un absurdo donde si usted no mata al otro, el otro lo mata?

Este no es el terrorismo de París, donde están condenados todos, civiles y militares, a morir en las calles, los restaurantes y los estadios si no se someten a la teocracia violenta del Estado Islámico. Entre nosotros es distinto. Por eso, en los esfuerzos de la negociación, del diálogo, de las entregas, aflora la conciencia, enredada entre odios, injusticias e ideologías, de que definitivamente nos importa lo mismo: el ser humano en Colombia, donde tenemos la misma raza, las mismas tradiciones culturales y espirituales, la misma pasión por la vida. En un drama que todavía es cínico y trágico porque aún sigue la guerra, aún se da el secuestro extorsivo, que desbarata a las familias y despedaza la dignidad de los secuestradores; aún golpean la memoria los ‘falsos positivos’ y siguen el paramilitarismo y la extorsión.

Llegará un día en que sea posible recorrer la belleza de las sabanas de Arauca sin tener que contemplarlas desde el conflicto, que vuelve incierto el paisaje. Pero hay motivos para la esperanza: un obispo que, con su clero, trabaja por la paz en la tradición de monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, asesinado por el Eln, y de seis sacerdotes más matados en la guerra. Un monasterio de clarisas que han llegado para orar por la reconciliación mientras se construye el santuario a la Virgen herida del piedemonte y la sabana; un movimiento ecuménico cristiano que lucha por la paz, la elección del médico humanista Ricardo Alvarado como nuevo gobernador, y una llamada insistente del pueblo para que se inicie ya la mesa formal de negociación y termine definitivamente la guerra cruel y sin sentido.


Francisco de Roux

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