Editorial: Lo que viene ahora...

Editorial: Lo que viene ahora...

La reacción de Francia, y en general de Europa, para derrotar al EI no se debe quedar en lo bélico.

17 de noviembre 2015 , 08:12 p.m.

El enemigo que hoy desafía a buena parte del planeta no tiene cara. Combina múltiples formas de lucha –en toda la amplitud de la expresión– y ya no habita países lejanos o pelea batallas en parajes extraños, sino que habla a la perfección francés o inglés, tiene pasaporte europeo y, así como combate en Siria e Irak para restaurar un califato histórico, tiene la capacidad de convertir en campo de batalla las calles de París, volar en Egipto un avión de pasajeros ruso (como todo parece indicar) o detonar una bomba en un feudo de Hezbolá en el Líbano.

No es como Al Qaeda, que estaba conformado por células que operaban independientemente para luego dar crédito a la central, sino que hay un verdadero cerebro, el Estado Islámico, que opera y brinda la logística necesaria para que el terror tenga éxito. Pero no es tan sencillo.

¿Qué hace que un joven de los suburbios de París, de origen arabemusulmán, pero nacido en la ciudad, inicie un proceso de radicalización que lo lleva a viajar a combatir en Oriente Próximo para luego regresar a su ciudad y convertirse en una bomba humana, o disparar indiscriminadamente contra sus conciudadanos? Fanatismo, se dice, pero evidentemente faltan claves para entender un fenómeno que asusta.

Ante el terrible hecho, como sucedió con los ataques del 11-S, por los que EE. UU. invadió Afganistán para atacar a Al Qaeda, París, ahora en asocio con Moscú, ha optado por arreciar sus bombardeos contra el Estado Islámico en Siria, una reacción natural, pues, como dijo el presidente François Hollande, el país está en “guerra”. Hay que entender, además, que la presión militar de los últimos meses ha hecho que el EI pierda importantes territorios en su proclamado califato, por lo que ha tenido que escalar en una fase de su lucha, que es la de atacar con terrorismo objetivos en las capitales occidentales. Por eso es que la reacción de Francia, y en general de Europa, no se debe quedar en lo bélico.

La respuesta también se debe dar en varios frentes, y uno de ellos tiene que atender lo que sucede en los barrios periféricos de las ciudades, llenas de inmigrantes y de sus hijos, ya de tercera generación, que no logran integrarse y que cargan con múltiples estigmas de marginación y desarraigo. Caldo de cultivo perfecto si se suman ciertas prédicas de odio.

Y si bien es cierto que gran parte de la solución tiene que ver con el arreglo de los conflictos en Siria e Irak, también es clave entender que la batalla por la influencia en el mundo musulmán entre suníes y chiíes pasa por el apoyo a estos grupos yihadistas, como se sospecha, de Arabia Saudí y Catar, dos muy gruesas chequeras que no rinden cuentas.

Por lo visto, ya no parece prioritario tumbar la dictadura de Bashar al Asad en Siria. Los esfuerzos se concentrarán en derrotar al EI. Pero llama la atención el hecho de que se confirme la tesis de muchos de que los únicos que lograban contener el yihadismo eran los viejos tiranos del mundo árabe. A medida que las prodemocráticas primaveras árabes los fueron tumbando, el fenómeno yihadista se potencializó. No se sabe cuál es el peor de los males. De lo que sí no hay duda es que la arremetida aérea debe acompañarse de una terrestre a cargo de diplomáticos.

editorial@eltiempo.com

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