Nuestro París

Nuestro París

París es de toda la humanidad. Que los prejuicios no rompan su libertad, igualdad y fraternidad.

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17 de noviembre 2015 , 04:55 p.m.

Sé que es poco lo que uno puede poner en esta columna, sin repetir lo que otros escritores han dicho o vayan a decir, sobre los horrendos crímenes perpetrados en los ataques yijadistas del viernes pasado en la capital francesa. Mi generación, de los años 60, como varias de las anteriores y de algunas posteriores, crecimos ideológica e intelectualmente a la sombra de París.

Todo aquel que tuviera alguna inquietud de cualquier rama de la creación y del pensamiento humano deseaba llegar a París. Allí crecieron el arte moderno, la literatura, la música y el pensamiento humanista, al amparo de la libertad, la igualdad y la fraternidad. El mundo de hoy sería incomprensible sin lo que ocurrió allí desde fines del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX. Los jóvenes, que de todo el mundo llegaban a la Ciudad Luz, se inspiraban por la pléyade de los artistas e intelectuales que los precedían.

París es nuestro porque es de toda la humanidad. Tengo una larga lista de amigos que allí vivieron, que estudiaron y de algunos que se quedaron. Son artistas, escritores, abogados, psiquiatras, biólogos y mucho más. Todos llevan el sello de París, del progreso. Volver a París significa recorrer calles, plazas, cafés, museos y lugares que tanto nos dicen. Con algunos recorremos los sitios de 'Los miserables', de Víctor Hugo; de 'En busca del tiempo perdido', de Proust; o los de 'Rayuela', de Cortázar. Oímos los ecos de Sartre, Beauvoire, Picasso y Braque. Allí están las palabras de Althusser, de Lacane, de Lévi-Strauss. En el Teatro de los Campos Elíseos todavía se oye la 'Consagración de la primavera'.

Ahora, a París lo han herido los terroristas de la sinrazón, para lograr el imposible de destruir el espíritu de lo que esta ciudad significa. “Lo grave es no saber dónde está el peligro”, dice una parisina. Pero el terror y la rabia, que hoy afectan todas las mentes, no pueden llevar a la confusión y a un mayor prejuicio. Eso es lo que quieren Al Qaeda y el Estado Islámico (mal llamado así). Pues, árabe no es sinónimo de terrorista. Los árabes que conocemos son cultos, gente de bien, generosos, éticos y morales.

El islam no debe ser visto como el estimulador del terror. Los musulmanes respetan la paz, prohíben hacer la guerra a los inferiores, atacar a los indefensos o matar mujeres y niños. No es por la religión que matan estos terroristas. Solo usan abusivamente el nombre de un dios, de Alá, para desatar su insensatez. Nunca hay una guerra santa.

Los informes y análisis que nos llegan nos muestran que existe un fuerte enfrentamiento entre un islam retardatario y un islam que busca la transformación y el progreso. El conflicto es mayor entre ellos que con Occidente. La intervención de Occidente en ese conflicto generó toda clase de alteraciones negativas. Con la oscura guerra de Irak disolvió el ejército de Hussein, y esos desechos alimentaron a Al Qaeda y hoy al Estado Islámico, que considera que no puede compartir esta tierra con los occidentales.

Es verdad que las ciudades europeas, y París en especial, han concentrado amplias poblaciones de origen árabe, cuyos jóvenes se sienten aislados, sin identidad y arrinconados por los prejuicios de los que erróneamente ven en los árabes al enemigo. Muchos de estos jóvenes son captados por la demagogia del Estado Islámico. Los jóvenes árabes de los alrededores de París no pueden sufrir más el prejuicio y la marginalidad. El esfuerzo de este mundo occidental no debe basarse solo en el uso de las armas para arrasar al enemigo. Solo la integración y la inserción social serán la solución a largo plazo. Que los prejuicios no rompan al París de la libertad, la igualdad y fraternidad.

Carlos Castillo Cardona

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