Una profesión de alta complejidad

Una profesión de alta complejidad

Los profesionales en el trabajo pedagógico con niños no deben seguir siendo asimilados a cuidadores.

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16 de noviembre 2015 , 10:09 p.m.

“Los niños de América Latina y el Caribe siguen sufriendo retrasos en áreas críticas como el lenguaje y las capacidades cognoscitivas. El problema comienza en los primeros cinco años de vida porque muchos de esos niños no reciben la estimulación requerida para asegurar el desarrollo adecuado”. Este texto hace parte del prólogo de Luis Alberto Moreno, director del BID, a un importantísimo estudio publicado este año por esa organización.

Más adelante añade que las inversiones tienden a estar concentradas de manera desproporcionada en infraestructura física, pero “las más recientes investigaciones demuestran que los retornos más altos pueden provenir de programas modestos que se concentren en mejorar las primeras interacciones cruciales entre los niños y los adultos”.

La publicación, titulada ‘Los primeros años’, muestra que si bien hay progresos importantes en la región, todavía hay un enorme rezago con respecto a países desarrollados. Las grandes brechas en el desarrollo individual entre los más pobres y quienes están en los estratos más altos se generan en este período. También se evidencia que las inversiones oportunas y bien orientadas en la educación inicial, y no solo en los aspectos de protección, aseguran la eficiencia en educación básica, pues los esfuerzos que se realizan entre los dos y los cinco años mejoran sustancialmente los desempeños en la primaria.

Pero un factor esencial es la formación de personal profesional idóneo para trabajar con esta población y, por supuesto, es indispensable contar con programas académicos de la mejor calidad para este propósito.

Me atrevo a decir que entre todas las modalidades de formación pedagógica esta es la de mayor complejidad y la que requiere personas con más altas expectativas académicas y personales. Desafortunadamente, en el imaginario social se ha considerado que quienes se dedican a la atención de niños pequeños no requieren mayores exigencias, salvo el gusto por trabajar con ellos. Sobre las calidades intelectuales no se suele insistir y, por el contrario, para quienes han trazado la política pública ni siquiera el bachillerato completo resulta necesario. Esta concepción obedece a una tendencia que considera que si no hay discursos, tareas y evaluaciones no hay educación.

La psicología contemporánea ya ha avanzado mucho en la trascendencia de cada instante de vida desde el nacimiento y la marca que las experiencias tempranas dejan en el desarrollo del adulto. Gente sin capacidad analítica, disciplina científica y sensibilidad entrenada no puede entender esto, máxime cuando su trabajo se hace con personas todavía incapaces de sentarse a componer frases y discursos juiciosos sobre lo que les gusta o no les gusta, sobre lo que les produce miedo o lo que son incapaces de hacer.

Los profesionales expertos en el trabajo pedagógico con niños pequeños no pueden seguir siendo asimilados a cuidadores, jardineras inexpertas o técnicos. En los próximos años se requerirán centenares de ellos de muy alto nivel que no solamente estén en los jardines infantiles interpretando las necesidades más urgentes de niños cuya vida, en muchos casos, estará marcada por un buen o mal maestro o maestra inicial, sino que harán falta en los organismos públicos para hacer políticas de atención, investigación sobre desarrollo infantil, producción de materiales para uso de las familias o para difusión en medios de comunicación.

Esta es la visión de largo plazo que nos ha llevado a ofrecer el programa de licenciatura en educación inicial en la Fundación Universitaria Cafam, reforzando la labor que desde hace años la caja de compensación realiza en los jardines infantiles que tiene en el país. Estamos convencidos de que este es uno de nuestros esfuerzos más prometedores.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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