Editorial: En lugar de embarazos, sueños

Editorial: En lugar de embarazos, sueños

Se requieren estrategias más allá de los anticonceptivos, que den opciones de futuro a las menores.

16 de noviembre 2015 , 10:08 p.m.

La de los 408 nacimientos diarios cuyas madres están entre los 10 y los 19 años es, a todas luces, una de las cifras más preocupantes para el país, porque le da forma a un indicador centinela del desarrollo integral de la sociedad que parece no dar tregua: el embarazo en adolescentes.

Hay que reconocer que si bien en la última década se reportó una leve disminución de la tasa de embarazos en menores de edad, las instituciones públicas y privadas que han desplegado políticas y campañas orientadas a atenuar este fenómeno no han logrado impactarlo de manera significativa y presentan, dicho sea de paso, enormes falencias en los procesos de atención integral a la población joven.

De hecho, la última Encuesta Nacional de Demografía y Salud (2010) indica que una de cada cinco adolescentes ha estado alguna vez embarazada, lo que ubica a Colombia entre las peores naciones de la región en este tema, con el agravante de que la situación empeora en las zonas rurales, donde alcanza un vergonzoso 26 por ciento, principalmente en los departamentos con más carencias, como el Chocó, La Guajira, Vichada, Guainía y Amazonas.

Está demostrado que la maternidad y el embarazo tan prematuros inciden negativamente en el estado de salud de madres e hijos y en la estructura familiar, el desempeño escolar, las oportunidades laborales y la independencia económica, condiciones que perpetúan la pobreza y las inequidades. Además, de acuerdo con Unicef, las complicaciones relacionadas con la gestación y el parto son las principales causas de muerte en mujeres de entre 15 y 19 años en todo el mundo, y sus hijos tienen 60 por ciento más riesgo de morir que los niños de mujeres mayores.

Semejante panorama justifica suficientemente la decidida intervención contra este fenómeno. La tarea, sin embargo, no tendrá éxito si no se actúa con objetividad sobre sus determinantes, lo que empieza por darle valor preponderante a la evidencia que demuestra que no pocas adolescentes pobres asocian la maternidad con una alternativa de vida.

En efecto, muchas consideran que eso les otorga un estatus de adultas que les garantiza algunos beneficios casi inmediatos, frente a la incertidumbre de opciones a largo plazo como la escolaridad y la permanencia en el seno de familias deshechas.

Sin desconocer otros factores –los culturales o el entorno social, entre otros–, hay que impedir que las niñas sigan viendo el embarazo como una posibilidad de realización personal. Focalizar políticas en las poblaciones más vulnerables, que sean capaces de incorporar estrategias que no se limiten a la manida educación sexual y el acceso a métodos anticonceptivos. Estas deben proporcionarles a las adolescentes elementos que les permitan construir proyectos de vida distintos de la maternidad. Cerrar brechas sociales e impulsar el desarrollo de poblaciones enteras son rutas que apuntan en esa dirección.

Si la campaña ‘En lugar de embarazo, mis sueños’, que esta semana presentó el ICBF, cuenta con esas herramientas que deben ser provistas por el Estado entero, tal vez el país logre, al menos, reducir la cifra de embarazo adolescente del 19,5 por ciento de hoy a la del 12 por ciento que se tenía en 1990.

EDITORIAL
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