El drama de la familia símbolo de tragedia causada por avioneta

El drama de la familia símbolo de tragedia causada por avioneta

María Paula no sabe que perdió a sus padres y seguirá en el hospital Simón Bolívar hasta marzo.

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16 de noviembre 2015 , 09:09 p.m.

“Mi papá nos abrazó y algo nos empujó hacia los lados”, eso es lo poco que ha podido contar María Paula Vargas en sus momentos de lucidez. A sus 11 años, en una sala de cuidados intensivos, no sabe que sus padres murieron.

Es la víctima viva más grave de la tragedia que envolvió de tristeza al barrio El Luján, en el occidente de Bogotá, después de que la aeronave Beechcraft 60, con al menos 40 años de uso, se precipitara a tierra sobre una vivienda el pasado domingo 18 de octubre.

Esta semana le desconectaron la sonda a través de la cual tenía que nutrirse y comenzará a recibir alimentos, pero su recuperación inicial tardará más meses, así como su incertidumbre de poder ver su rostro y saludar a sus papás. Tiene quemaduras en el 50 por ciento de su cuerpo. “Ha pedido un espejo, pero aún no es el momento”, contó su tío Eustasio Vargas González, hermano de Pedro Pablo Vargas González, el papá de María Paula, quien fue una de las víctimas fatales de la tragedia.

Solo un año antes, toda la familia lo había homenajeado. El primero de noviembre del 2014 cumplió 50 años y en compañía de su esposa, Constanza Ramos Jiménez, de 44 años, otra de las víctimas fatales, habían celebrado con toda la familia. “La pasaron tan felices, tenemos fotos muy bonitas de ese día”, contó la familia.

La tragedia

El día anterior a la tragedia, Eustasio y su hermano fueron a un matrimonio de la familia. “Como íbamos a tomar dejaron el carro en mi casa y al otro día lo recogían. En esa fiesta recuerdo que bailé mucho con la nena, la pasó feliz”.

Como estaba planeado, el domingo siguiente, la familia llegó a la casa a recoger el vehículo y desde allí partió rumbo al barrio Sabana Grande, en donde vivía otra de las hermanas de Pablo. “Yo pude haber evitado que se fuera, porque estábamos hablando de comprar unos pasajes para viajar a Medellín el próximo año, pero nos cogió el afán y ellos se fueron”. Como siempre, salen a flote mil probabilidades de poder evitar lo inevitable.

Pedro Pablo (izquierda), María Paula y Constanza, al lado derecho en un matrimonio familiar.

Pedro Pablo (Izq.), María Paula y Constanza (primera de Der. a Izq.), en un matrimonio familiar. Foto: Archivo particular

Lo cierto es que la familia solía frecuentar la panadería, no solo para comprar presentes para llevar a la visita, sino para sentarse y compartir un tinto o un jugo con los seres queridos. “Era como un sitio de encuentro de mis hermanos”, contó Eustasio.

Una llamada confundió a la familia. “Nos dijeron que Constanza estaba grave en la clínica Partenón. Yo pensé que era una broma y colgué. Luego mis nietas prendieron el televisor y vieron el carro de mi hermano. Fue la confirmación de la tragedia”, contó Eustasio. Solo unos minutos antes, una avioneta se había venido en pique sobre el negocio en donde estaban.

Todo se revolucionó aquella tarde, sobre todo cuando vieron la escena en redes, en las que sus allegados salían quemados de la panadería, unicamente con su ropa interior y sus cuerpos heridos, pidiendo ayuda. “Fue muy duro verlos así. Lo raro es que los papeles de mi hermano quedaron intactos”, contó Eustasio.

Los planes de toda una familia terminaron ese día; recordaban mucho un video en el que Pedro decía que su máximo sueño era ver a sus hijos graduados, profesionales, felices. Ese era su ideal, junto con el de Constanza, con quien había compartido 20 años de su vida, en su casa, ubicada en Sabana Grande, en la zona franca de Fontibón. Ambos trabajaban; él era técnico en alineación de carros y ella trabajaba hace muchos años en una óptica.

John Alejandro Vargas, de 22 años, ha cargado también con todo el peso de la tragedia. Perdió a sus padres, los vio con quemaduras en el 80 por ciento de sus cuerpos y ahora tiene que ver padecer el sufrimiento de su hermana. Tendrá que comenzar una nueva vida.

La demanda

La familia ha tenido que emprender un proceso de la mano del abogado Harold Penagos, quien ha manejado casos como el del Agustiniano, pero ahora lo que más preocupa a la familia es el futuro de la niña, no por quién la vaya a cuidar –le sobra familia que la ama–, sino por los daños físicos y psicológicos causados por el incidente.

María Paula tendrá que dejar el colegio en donde cursaba quinto de primaria y recuperarse de todas las dolencias que las quemaduras causaron en su cuerpo. “Cómo es que esa avioneta tan vieja está asegurada solo por 700 millones de pesos. Un carro, entre más viejo, más cuesta el seguro. Eso no alcanza ni para reconstruir la panadería”, dijo Eustasio.

Hasta ahora no han recibido un solo peso, solo cumplen con la entrega de los papeles y requisitos que les piden. “Tenemos que asegurar el futuro de los hijos de mi hermano. Ellos serán los más afectados si esta tragedia se olvida”.

La aseguradora ya ha tenido que pagar los gastos de hospitalización, unos 97 millones, por los padres de la niña, que ya murieron, y ahora por la atención de la pequeña. El temor es que no respondan por lo que sigue después de que salga del hospital Simón Bolívar. La Aeronáutica Civil, la empresa fabricante del avión y la aseguradora tendrán que evaluar su responsabilidad en lo sucedido. Para la familia hubo errores de muchas partes.

Esta Navidad será triste; solían reunirse todos los hermanos y los nietos. Hoy, hasta la madre de Pedro, de 92 años, no se explica por qué tuvo que enterrar a su hijo, y no al contrario, como naturalmente pasan las cosas. “Éramos siete hermanos, ahora somos solo seis”, dice 'Chachito'. Ese era el apodo cariñoso con el que Pedro siempre saludaba a su hermano. “Era incondicional. He quedado muy triste”.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
* Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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